Los cambios que se están produciendo en el escenario global están impulsando iniciativas en pro de una toma de conciencia sobre los valores de la ciencia y de la investigación científica para afrontar los retos mundiales y dar soluciones coordinadas a los problemas que surgen.
La Declaración de Milán, redactada hace un año durante la celebración del 60º aniversario de FEBS en Milán -29 de junio de 2024- y firmada por el secretario general de FEBS y los presidentes de IUBMB, FAOBMB, FASBMB y PABMB, resalta «los diversos retos mundiales a los que se enfrentan todos los países exigen dar prioridad a una colaboración científica mundial genuina y sin fisuras, desprovista de sesgos y prejuicios». Según los datos publicados en FEBS, 55 Premios Nobel y 99 organizaciones han respaldado públicamente la declaración, firmada por más de 2.400 personas.
La Federación Europea de Academias de Ciencias y Humanidades (All European Academies, ALLEA por sus siglas en inglés), que representa aproximadamente a 60 academias de 40 países europeos, también se ha pronunciado a este respecto. ALLEA ha publicado una Declaración alertando sobre las amenazas a la libertad académica y a la colaboración internacional en investigación, a la que SEBBM se ha adherido. Así mismo, las Academias nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina de EE. UU. (U.S. National Academies of Sciences, Engineering and Medicine) han enviado un SOS, a través de una carta abierta, pidiendo el cese del asalto generalizado a la ciencia estadounidense; un sistema de investigación construido durante más de 80 años que ha sido envidiado por gran parte de la comunidad científica internacional y, que hoy, con sorpresa, el nuevo gobierno lo está desestabilizando. A estas iniciativas se suman los artículos en Nature, Science, eLife, entre otras revistas, y en periódicos generalistas de gran tirada que se hacen eco de los preocupantes cambios y alertan de la situación; y las movilizaciones y demandas de universidades como Harvard o Yale.
Es evidente que ante los cambios en el escenario geopolítico europeo y mundial provocados por las divisiones Ucrania/Rusia, a los que se suma la nueva presidencia en EE. UU., y las incertidumbres sobre el desarrollo de la actividad científica colaborativa entre países, sin restricciones, la diplomacia científica debe jugar su papel. La actividad científica es dependiente, no sólo de colaboraciones entre colegas e instituciones, sino de instalaciones, productos y servicios exteriores. La deslocalización de las cadenas de producción afecta el día a día de las investigaciones –lo vivimos durante la pandemia COVID19– y la incertidumbre surgida en este agitado presente puede afectarnos y alterar seriamente el sistema de ciencia y tecnología.
La colaboración sin fronteras promovida a finales del s. XX y principio del s. XXI fue un gran logro que ahora se cuestiona. Las relaciones internacionales están tensionadas y esto frenará posiblemente las políticas científicas colaborativas puestas en marcha. Es evidente que todos nos beneficiamos de los avances científicos, independientemente de donde se produzcan, y todos saldremos perdiendo si se destruyen los sistemas de investigación consolidados.
¿Por qué damos marcha atrás? Posiblemente hayamos vivido en un espejismo creyendo que se había conseguido una unanimidad completa en cuanto a los beneficios de los avances científicos y los acuerdos logrados. No hemos tenido en cuenta que las voces discordantes que no eran oídas y no contaban en las conclusiones finales, continuaban teniendo peso. Ahora el balance es otro, es diferente.
Es evidente que se está cuestionando la unanimidad, conseguida con esfuerzo, sobre los valores de la ciencia para responder a los retos que surgen. Y se ha roto en una sociedad vinculada al desarrollo científico y a la innovación que hemos admirado y tenido como referente. Hay que contar que las voces discordantes pueden asumir la dirección política y desequilibrar los sistemas científico-tecnológicos. Cuando socavamos la infraestructura científica, no sólo perdemos la investigación actual, sino que comprometemos el conocimiento adquirido y sus ventajas, así como la formación de capital humano necesario e indispensable.
Me pregunto si la sociedad española valora lo suficiente la ciencia y la investigación científica y tecnológica, pues nos jugamos mucho. Los datos no son muy optimistas. Las encuestas bianuales que realiza FECYT desde 2002 sobre Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología en España revelan que el interés espontáneo de los ciudadanos por la ciencia y la tecnología no supera el 16%. Y aunque en los primeros años (2002-2012) ascendió del 6,6% al 16%, sorprende el descenso al 12,3% en la última encuesta de 2022. Podríamos pensar que estos porcentajes se ven compensados por un aumento del interés espontáneo por la medicina y la salud, o por el medio ambiente y la ecología. Sin embargo, no hay una clara tendencia al alza, con la excepción del interés que suscitó COVID-19 en la encuesta de 2020. La ciencia y la tecnología despiertan un interés intermedio (puntuación 2,8 – 3,36 en una escala de 1 a 5, con ligeras fluctuaciones); los temas de medicina y salud, y de medio ambiente y ecología obtienen puntuaciones medias de 3,87 y 3,67, respectivamente. Deberíamos estudiar los motivos fundados que pueda haber tras esta desestabilización y desprestigio de la ciencia, y actuar sobre ellos para fortalecer la colaboración mundial, y no socavarla. Es necesario no decaer en el intento y seguir impulsando iniciativas que reviertan el desequilibro y la ruptura sobrevenidos.