La portada del libro de Resúmenes del Congreso de la SEB de 1975, celebrado en Sevilla, mostraba un Erlenmeyer con un clavel rojo. En la documentación entregada había unas hojas ciclostiladas en las que se podía leer «En la FACULTAD DE CIENCIAS tenemos bar… y sala de estar donde se pueden hojear los dos matutinos de Sevilla» o recomendaciones de lugares a visitar «CUANDO ACABAN LAS SESIONES». El clavel rojo y el contenido de las hojas muestran el espíritu de Enrique Cerdá, gran figura de la ciencia española que nos ha dejado a finales del pasado diciembre. El clavel rojo aludía a la Revolución de los Claveles portuguesa del año anterior que tanto ilusionó en la España de entonces; el contenido de las hojas mostraba su afán de ser distinto, de epatar.
Enrique, granadino de nacimiento, se formó como ingeniero agrónomo y como biólogo en Madrid, después marchó a Estados Unidos donde realizó su Tesis doctoral en Biología en Stanford, dirigido por Philip C. Hanawalt, uno de los descubridores de los mecanismos de reparación del ADN. Fue después investigador posdoctoral en CalTech con Max Delbrück, premio Nobel de Fisiología y Medicina y gran impulsor de la biología molecular. Hanawalt y Delbrück provenían de la física, disciplina de cuyo método Hanawalt escribió: «aprendemos a reducir las preguntas al modelo más sencillo posible que podamos probar». Enrique se empapó de esa forma de pensar y del rigor experimental y de interpretación de los experimentos de sus maestros.
Al regresar a España en 1969, se incorporó a la Universidad de Sevilla donde fue el primer catedrático del nuevo departamento de Genética que se convirtió en pionero de la enseñanza y la investigación en Genética y Biología molecular en España.
Enrique eligió bacterias y hongos, como modelos «sencillos y baratos, que no requerían infraestructuras ni medios costosos». Con ellos realizó importantes descubrimientos porque supo plantear preguntas y diseñar abordajes experimentales rigurosos e ingeniosos. Sus trabajos fundamentales los realizó con el hongo Phycomyces, organismo propuesto por Delbrück para estudiar, a nivel molecular, fenómenos complejos de comportamiento en respuesta a estímulos externos. Especial relevancia merecen sus estudios sobre biosíntesis de carotenoides y compartimentación metabólica, que le condujeron a interesantes hipótesis sobre la evolución del metabolismo.
Enrique fue también un innovador y magnífico docente, con gran capacidad de entusiasmar a los alumnos. Especial mención merece la famosa asignatura «Biología molecular» en la que los doce alumnos que la cursaban cada año se iniciaban en el trabajo experimental, y en el proceso de la creación y la formación científica. Numerosos alumnos que la cursaron se formaron como investigadores con Enrique y han desarrollado brillantes carreras en centros de investigación de España y el extranjero llevando el mensaje de la importancia de la genética y la biología molecular en el estudio de cualquier fenómeno biológico.
En una conversación con Enrique siempre se aprendía algo, dada su extensa cultura; las discusiones, apasionadas, eran enriquecedoras, sustentadas con datos precisos y sin rodeos. Evolucionista convencido, sostuvo que «la naturaleza juega a los dados continuamente», posiblemente de acuerdo con la idea de Richard Dawkins de que «la evolución no es finalista, aunque la vanidad humana pretenda que nuestra especie es el cénit de la evolución».
Enrique fue distinguido con numerosos premios entre los que cabe mencionar, el Premio Rey Jaime I de Investigación Científica, el Premio Nacional de Genética o la Medalla de Andalucía.
Los que le conocimos guardaremos con admiración su memoria.