Conocí a Lluís Montoliu en septiembre de 2022 durante el Curso de Iniciación a la Investigación en Bioquímica y Biología Molecular, organizado por la SEBBM y dirigido a estudiantes de grado. Recuerdo que nos impartió una charla sobre integridad científica. Durante la conferencia, su presencia y su voz imponían respeto y atención, propios de alguien con una trayectoria consolidada y amplia experiencia en comunicación científica. Sin embargo, a la hora de la comida, con 22 años y el título de Biotecnología recién estrenado, dejando a un lado mi timidez, me senté justo enfrente de él y empezamos a hablar. Aquella figura profesional dio paso a algo más cercano: la de un científico accesible y profundamente humano, interesado en acercarse a quienes dábamos nuestros primeros pasos en la investigación. Volví a pensar en ese primer encuentro al leer Ser científico desde mi posición actual como investigadora predoctoral.
Ser científico no es un manual técnico ni una autobiografía al uso. Es una reflexión honesta sobre lo que implica dedicarse a la ciencia a lo largo de toda una vida profesional, contada desde la experiencia de Lluís Montoliu, investigador del CSIC y genetista de referencia en el estudio de enfermedades raras. No es casual que el propio autor describa su trabajo con una definición tan clara como sencilla —«yo investigo sobre enfermedades raras, como el albinismo, y uso modelos animales, ratones modificados genéticamente, para descubrir cómo se origina la enfermedad y qué se puede hacer para curarla»—, una forma de comunicar que refleja el espíritu del libro. Su excelente trayectoria, que combina investigación con una intensa labor de divulgación y compromiso institucional, se traduce en una mirada amplia sobre la práctica y el funcionamiento del sistema científico.
El libro recorre la vía «canónica» de la carrera científica, la misma que ha seguido Montoliu —licenciatura y doctorado en España, estancia posdoctoral en el extranjero y regreso al país para establecer su propio laboratorio—, pero sin presentarla como el único camino posible. Así pues, muestra otras trayectorias —empresa, servicios técnicos, docencia o una carrera desarrollada en el extranjero—, todas ellas distintas, pero igualmente válidas, maneras de «ser científico». A partir de este recorrido, el libro amplía el foco hacia aspectos transversales de la carrera investigadora, como congresos y sociedades científicas, evaluación, integridad y divulgación de la ciencia, sin olvidar una etapa rara vez mencionada: la jubilación, incorporada con naturalidad como recordatorio de que la carrera científica también tiene, afortunadamente, un final.
Una de las reflexiones más interesantes aborda el sentido mismo de la investigación científica. La pregunta —«¿investigamos para publicar o para aumentar el conocimiento del mundo que nos rodea […]?»— sirve como punto de partida para cuestionar la lógica del publish or perish y denunciar las consecuencias del exceso de publicaciones: la sobrecarga del sistema de revisión por pares, la pérdida de calidad o la proliferación de revistas depredadoras. La comparación entre España y otros países revela un contexto de precariedad que, unido a la presión por publicar, incrementa el riesgo de prácticas poco éticas. Frente a ello, Montoliu apunta vías de cambio como la reforma de la evaluación científica promovida por la Coalition for Advancing Research Assessment (CoARA), orientada a repensar los actuales sistemas de evaluación, basados en gran medida en métricas simplistas.
La divulgación ocupa también un lugar central en la obra. Montoliu amplía la conocida afirmación de que «sin ciencia no hay futuro» añadiéndole otra frase, que dice: «y sin divulgación, la sociedad no se entera de los avances científicos, ni de lo que hacemos los investigadores», una preocupación respaldada por la encuesta de percepción social de la ciencia de la FECyT de 2022, según la cual solo un 12,3 % de la población muestra un interés espontáneo por la ciencia. El tono no es resignado, sino exigente, pues divulgar es una responsabilidad inherente a la profesión científica. Esta idea se ve reforzada por el enfoque práctico del libro, repleto de consejos aplicables al día a día del investigador. Entre ellos aparece uno que me resultó inmediatamente reconocible: tener siempre preparada una frase sencilla que defina nuestra investigación. Leerlo fue como volver a aquel primer encuentro durante el curso de la SEBBM, cuando Montoliu compartió con nosotros la frase con la que él mismo define su trabajo —citada más arriba—, una muestra de que comunicar bien también se aprende.
En resumen, Ser científico trasciende el relato personal para ofrecer una reflexión profunda sobre los elementos que configuran el sistema y la profesión científica, sin caer en la idealización ni en el desencanto. A lo largo de sus páginas se perciben con claridad la honestidad e integridad de su autor, quien nos invita a ejercer esta profesión con responsabilidad y una pasión que, pese a todo, sigue siendo el mejor motor de la ciencia.