Sara García Alonso estudió biotecnología en la Universidad de León y se doctoró en biología molecular del cáncer con premio extraordinario en la de Salamanca. Hoy dirige su propio grupo de investigación en el CNIO. En 2022 fue seleccionada como astronauta en la reserva de la ESA y, desde entonces, combina su investigación oncológica con los entrenamientos periódicos en el Centro Europeo de Astronautas en Colonia y con una labor permanente de estímulo del interés público por la investigación. Se ha convertido en un verdadero altavoz a favor de la ciencia, ahora materializado en Órbitas, un libro aparecido a principio de este año.
Decir que Sara es una mujer excepcional no hace justicia a la realidad. Su curiosidad insaciable, desde que era una niña, le ha llevado a explorar una infinidad de mundos, desde las bases moleculares del cáncer, pasando por una autodisciplina física estricta, hasta alcanzar algo para lo que no se había preparado pero que quizá se escondía en algún rincón de sus sueños: ser astronauta. No tuvo una adolescencia fácil y se curtió a sí misma en una búsqueda permanente de respuestas, viajando en esas órbitas que nunca se detienen «en continua exploración». Ella ha encontrado en la investigación oncológica y en la aventura como astronauta una manera de mantenerse, como dice, en «aprendizaje vitalicio» y en convertirse en la mujer que siempre quiso ser «por dentro y por fuera».
El libro se estructura en seis «órbitas», cada una acompañada de una sugerente ilustración de Sara Herranz, y nos narra la evolución de la autora desde su niñez en León hasta el proceso, largo y tremendamente complejo, de la selección de astronautas por la ESA. Hay partes muy duras de su camino en busca de una personalidad propia y muy libre. Situaciones en las que Sara vive al límite de su capacidad de resistencia o asumiendo riesgos extremos –no me atrevo a desvelar aquí los detalles de esos entrenamientos casi militares, esas experiencias con el buceo, la espeleología o el paracaidismo (añadir aquí un escalofrío).
Me quedo con los mensajes reconfortantes de la Sara actual a su yo adolescente –¿alguien se puede imaginar que esta científica tan comunicativa fue una vez una «adolescente chunga», por usar su misma terminología? Me quedo con su defensa acérrima de la ciencia como parte indisociable de la cultura humana y con su manera de aceptar la imperfección y la incertidumbre, su flexibilidad ante lo inesperado, su atrevimiento con lo erróneo, su capacidad de acción y reacción a pesar del miedo. Me quedo, cómo no, con su pasión por la música –por cierto, el libro se acompaña de una lista de reproducción de las canciones que van jalonando las órbitas.
Tuve el privilegio de acompañar a Sara durante la presentación de su libro en la pasada Fira del Llibre de València. Fueron unos minutos que disfruté mucho conversando con ella y, además de los diferentes aspectos del libro y de su experiencia como escritora, me permití plantearle lo que me parece a mí que va a ser un tema de debate cada vez más presente. Una cuestión sobre la que los científicos, en general, y los estudiosos de la vida, en particular, deberíamos tomar posiciones. Justo cuando me llegó Órbitas estaba leyendo las últimas páginas de The decline and fall of the human empire: why our species is on the edge of extinction (Picador, 2025) de Henry Gee. Se trata de una argumentación muy bien documentada de por qué, con toda probabilidad, a la especie humana le quedan unos diez milenios de existencia. La conclusión de Gee, en la línea de otros científicos como Stephen Hawking y, lo que es peor, de los multimillonarios que se han metido en el negocio del espacio, es que la especie humana solo alargará su existencia colonizando otros planetas. Personalmente creo que es una conclusión decepcionante para un libro que, por otro lado, me fascinó. El neocolonialismo espacial me parece una falacia evolutiva disfrazada de ciencia ficción banal y que, me temo, nos enfrenta a unos escollos éticos y legales fabulosos. Órbitas no se refiere explícitamente a la cuestión del futuro de nuestra especie fuera de la Tierra. Pero no me resistía a conocer la opinión de alguien como Sara García Alonso, una bióloga que también trabaja en fortalecer la capacidad de exploración espacial de la Unión Europea. Y no pude estar más de acuerdo con ella en su defensa de la investigación científica, el desarrollo tecnológico y las innovaciones que se derivan de esa ansia sin límites de conocimiento sobre el universo, al mismo tiempo que, con humildad, reconoció que la especie humana no tiene un planeta B al que recurrir, que lo que nos quede hasta la extinción como especie lo pasaremos aquí, sin remedio, sobre esta delicada y maltratada canica azul.