La práctica antes del término
Cuando Benjamín Franklin llegó a París en diciembre de 1776 los franceses sabían exactamente quién era: el científico que había domesticado el rayo, inventor de la estufa que llevaba su nombre, el filósofo natural que correspondía con las mentes más brillantes de Europa. No llegó como diplomático de carrera, sino como científico, y fue esa credibilidad la que convirtió su misión en un éxito extraordinario. Convenció a Francia de apoyar la independencia estadounidense no solo con argumentos políticos, sino con la autoridad de quien había demostrado, en el laboratorio y en la vida pública, que las ideas podían transformar al mundo.
Benjamín Franklin no usaba el término diplomacia científica. Nadie lo usaba entonces. Pero sí la practicaba con una maestría que pocos han igualado. La práctica antecede al término por siglos. Lo que hoy llamamos diplomacia científica tiene raíces profundas en la historia de cómo las naciones han usado el conocimiento, los científicos y las instituciones científicas para construir puentes donde la política sola no alcanzaba.
El término fue popularizado a partir de 2010 por la Royal Society del Reino Unido y la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia de los Estados Unidos. Ambas propusieron una tipología centrada en tres dimensiones: la ciencia en la diplomacia, la diplomacia para la ciencia, y la ciencia para la diplomacia. Útil como punto de partida y referencia fundacional, esa tipología resulta insuficiente para capturar la complejidad de la práctica contemporánea. Este reconocimiento no es solo académico. En febrero de 2025, ambas instituciones redujeron su marco a dos dimensiones: la ciencia que incide sobre la diplomacia y la diplomacia que incide sobre la ciencia. Ese mismo mes, un informe de expertos de la Comisión Europea propuso una cuarta dimensión sobre la tipología original, la «diplomacia en la ciencia»; ese trabajo nutrió la propuesta que la Comisión presentó y que el Consejo de la Unión Europea adoptó en mayo de 2026. Tanto la tipología original como estas revisiones organizan el campo principalmente por función. La taxonomía que propongo opera en un nivel de análisis complementario: no por su función, sino por quién tiene autoridad para comprometer al Estado y en qué condiciones esa autoridad puede ejercerse o perderse, un eje que atraviesa todas esas dimensiones, no solo una de ellas.
Una definición para un mundo complejo
Desde mi experiencia, la diplomacia científica es el uso deliberado del conocimiento científico, sus instituciones y conexiones, por actores estatales y no estatales, para avanzar objetivos de política exterior y construir cooperación transfronteriza, utilizando canales gubernamentales o intergubernamentales, al servicio de desafíos compartidos donde la ciencia provee lo que la política sola no puede ofrecer.
Cada elemento importa. «Deliberado» distingue la diplomacia científica de la colaboración científica ordinaria: dos laboratorios que comparten datos o un investigador que se desplaza entre países hacen colaboración científica, no necesariamente diplomacia científica. «Actores estatales y no estatales» reconoce que el Estado no es el único protagonista, aunque frecuentemente sea un articulador central; los actores no estatales califican cuándo su trabajo utiliza o construye hacia canales gubernamentales o intergubernamentales, ya sea desde su origen o por reconocimiento posterior. «Utilizando canales gubernamentales o intergubernamentales» establece el vector necesario: la conexión, originada desde o eventualmente reconocida por actores gubernamentales, con los mecanismos a través de los cuales se construye la cooperación transfronteriza. Y «donde la ciencia provee lo que la política sola no puede ofrecer» captura la esencia: hay desafíos, y momentos, donde la confianza, el conocimiento técnico compartido, o la viabilidad de implementación son el déficit principal, y la ciencia es el instrumento más poderoso para resolverlos.
Esta definición distingue la diplomacia científica de dos campos adyacentes con los que se confunde frecuentemente: la política científica, que organiza y financia los sistemas de investigación e innovación dentro de un país, y el asesoramiento científico, que usa evidencia para informar decisiones de política pública. La diplomacia científica opera en la intersección entre el conocimiento científico y la gobernanza de los asuntos internacionales. Es un campo propio, con sus propias competencias, actores e instituciones.
Los tres modos de práctica en la diplomacia científica
Propongo comprender la complejidad de la diplomacia científica contemporánea mediante una taxonomía de tres niveles (Figura 1). El criterio organizador no es la naturaleza del actor, sino la autoridad que ostenta con relación al Estado: quién puede comprometer oficialmente al Estado (Track 1), quién puede explorar ideas con conectividad gubernamental reconocida (Track 1.5), y quién actúa de manera completamente independiente (Track 2). En la práctica, la división entre niveles puede volverse borrosa, y en ocasiones la ambigüedad es parte de la estrategia. La pregunta decisiva no es cuán cerca está un actor del poder, sino si tiene autoridad para comprometer al Estado o solo capacidad para influir en él.

Esquema de los actores nacionales e internacionales de la diplomacia científica y su relación con Track 1, Track 1.5 y Track 2, según su autoridad formal, capacidad de influencia y relación con el Estado.
El Track 1 es la diplomacia científica ejercida desde dentro del aparato del Estado con mandato formal: el científico diplomático en la cancillería, en la embajada, en la agencia de financiamiento científico con proyección internacional. Mi experiencia en la Oficina del Asesor Científico y Tecnológico del Departamento de Estado de los Estados Unidos, como Consejero Científico en la Embajada de Estados Unidos en México y en la Oficina Internacional de la Fundación Nacional de Ciencias, ilustra este track con claridad. Allí la diplomacia científica era una función formal del Estado, con mandato, recursos, contrapartes gubernamentales, y el objetivo explícito de avanzar la política exterior del gobierno de aquel momento. Lo que aprendí es que la formación científica no es un adorno: el científico que llega a la mesa de negociación entiende no solo el contenido técnico sino la cultura epistémica de sus contrapartes, cómo razonan, qué consideran evidencia robusta, dónde están las incertidumbres reales y dónde están las incertidumbres estratégicamente exageradas. Esa capacidad de navegación epistemológica es difícil de adquirir sin haber practicado la ciencia.
El Track 1.5 es el espacio intermedio y, en muchos sentidos, el más importante estratégicamente: es donde la exploración independiente de ideas se convierte en acción institucional sin perder la flexibilidad que los canales oficiales no siempre permiten. Aquí los actores no estatales han alcanzado reconocimiento gubernamental o intergubernamental, conectando la autoridad científica con la toma de decisiones políticas con impacto real.
El Protocolo de Montreal, adoptado en 1987, ilustra cómo los tres tracks pueden operar en un mismo proceso para producir un resultado que ninguno hubiera logrado por separado. El protocolo es Track 1 en su resultado: negociado y firmado por representantes gubernamentales con autoridad plena. Pero el proceso dependió decisivamente de actores Track 1.5: la comunidad científica que documentó el agotamiento de la capa de ozono creó las condiciones epistémicas para el acuerdo, y el sector privado, incluido como actor con capacidad de influencia real, terminó desarrollando las alternativas tecnológicas que hicieron viable su cumplimiento. La ciencia proveyó el diagnóstico; la diplomacia del Estado construyó el acuerdo; los actores Track 1.5 aportaron la viabilidad que la política sola no podía generar.
Mi trabajo actual en las Academias Nacionales de Ciencia, Ingeniería y Medicina ilustra cómo una misma institución puede operar en Track 1.5 o Track 2 según su conectividad gubernamental. Las Academias son instituciones privadas e independientes, con una relación histórica con el gobierno federal establecida por su carta constitutiva y una función reconocida de asesoramiento científico. Cuando una actividad tiene una solicitud o conexión gubernamental explícita, esa conectividad puede situarla en Track 1.5. Cuando construimos relaciones científicas sin ese vector gubernamental, operamos en Track 2, creando las condiciones para que eventualmente pueda existir un vector hacia el impacto político.
El Track 2 es la diplomacia científica ejercida completamente fuera de los canales gubernamentales formales, sin mandato ni conectividad reconocida con el Estado. Su valor reside en esa independencia: puede explorar ideas y construir relaciones donde la participación gubernamental directa sería contraproducente o políticamente imposible. El Track 2, aunque carezca de conectividad gubernamental en el momento en que opera, potencialmente pudiera ser diplomacia científica: construye las condiciones relacionales y epistémicas que hacen posible el vector gubernamental cuando las condiciones políticas lo permiten.
El ejemplo más poderoso son las Conferencias Pugwash, iniciadas en 1957 por científicos preocupados por el riesgo nuclear en plena Guerra Fría. Como institución, Pugwash operó en Track 2: nunca tuvo autoridad para comprometer a ningún gobierno. Su impacto sobre los tratados de control de armas nucleares, reconocido con el Premio Nobel de la Paz en 1995, se produjo porque varios de sus participantes eran individuos con acceso cercano a decisiones gubernamentales, con capacidad de llevar ideas exploradas en Pugwash de vuelta a los canales oficiales. Eran actores Track 2 en Pugwash y simultáneamente actores Track 1.5 en sus contextos nacionales: lo que define el track no es la persona sino el rol y la autoridad que ejerce en cada contexto. SESAME, el sincrotrón en Jordania establecido originalmente bajo los auspicios de la UNESCO que reúne a científicos de Israel, Palestina, Irán y otros países de la región, ilustra un Track 1.5 desde su origen: conectividad intergubernamental e influencia real, pero sin autoridad para comprometer a ningún Estado, haciendo lo que solo ese nivel puede hacer en una región donde la cooperación política directa es virtualmente imposible.
| Track 1 | Track 1.5 | Track 2 | |
| Autoridad | Puede comprometer al Estado formalmente | Puede influir, no comprometer | Actúa independientemente del Estado |
| Actores típicos | Cientificos diplomáticos y diplomáticos cientificos, attaches, agencias gubernamentales | Academias de ciencias, universidades, fundaciones, ex funcionarios, organismos intergubernamentales | Redes científicas independientes, organizaciones de la sociedad civil |
| Vector gubernamental | Originado desde el Estado | Reconocido por el Estado | Ausente o no reconocido formalmente |
| Fortaleza | Autoridad para producir acuerdos vinculantes | Capacidad de explorar ideas sin comprometer posiciones oficiales | Independencia para operar donde la política no puede llegar |
| Vulnerabilidad | Subordinado directamente a prioridades políticas del gobierno de turno | Vulnerable a cambios de prioridades gubernamentales | Sin conectividad hacia impacto político directo |
| Ejemplos | Benjamín Franklin en Francia, Departamento de Estado, Embajada | NASEM: según contexto, SESAME, Pugwash como individuos. Protocolo de Montreal como proceso | Pugwash como institución, redes científicas en contextos de conflicto |
La fragilidad estructural de la diplomacia científica
La taxonomía de tres tracks no es solo una herramienta descriptiva, es una herramienta para entender la fragilidad de las iniciativas de diplomacia científica. Conviene reconocer que la ciencia no es un instrumento neutral: está atravesada por intereses, asimetrías de capacidad, competencia tecnológica y prioridades nacionales que influyen en qué se investiga, quién financia la investigación, y qué evidencia llega a las mesas de negociación internacional. Esto no invalida el poder de la ciencia como instrumento diplomático, pero exige que quienes la practican mantengan una vigilancia crítica sobre los intereses que la ciencia puede estar sirviendo en cada contexto.
Las modalidades de diplomacia científica vinculadas al Estado, por más institucionalizadas que estén, permanecen vulnerables a la subordinación por las prioridades de política exterior de quien ostenta el poder. Es una condición estructural que vale la pena entender: en la organización actual del Estado, la ciencia es solo una variable en una ecuación de extraordinaria complejidad. Cuando las prioridades gubernamentales se alinean con los desafíos compartidos, las iniciativas Track 1.5 florecen. Cuando divergen, se ven forzadas a migrar hacia Track 2, preservando relaciones y conocimiento hasta que las condiciones políticas cambien. Estamos viviendo este fenómeno en tiempo real: el retraimiento de actores dominantes en marcos científicos y de desarrollo internacionales está forzando a que iniciativas que habían alcanzado estabilidad institucional redefinan sus bases de apoyo y sus vectores de impacto. Lo que es nuevo no es el fenómeno sino su simultaneidad y velocidad en múltiples marcos institucionales a la vez, precisamente cuando los desafíos compartidos, el cambio climático, las pandemias, la regulación de la inteligencia artificial, la seguridad alimentaria, son más urgentes y transfronterizos que nunca.
La profesionalización y consolidación del campo: el científico diplomático y el diplomático científico
Una de las consecuencias más importantes del desarrollo del campo es la articulación de una profesión en la interfaz, y es necesario distinguir dos figuras que frecuentemente se confunden. El científico diplomático es el profesional con formación científica sólida que ha adquirido competencias diplomáticas y de política exterior. Su activo principal es la credibilidad científica y la capacidad de razonamiento epistémico: Benjamín Franklin era un científico diplomático en el sentido más pleno del término. El diplomático científico es el profesional con formación diplomática que ha adquirido suficiente competencia científica para navegar y evaluar los contenidos técnicos de su trabajo. Ambas figuras son necesarias, y ambas requieren formación específica en la interfaz. El científico sin competencias diplomáticas tiene un activo valioso pero incompleto. El diplomático sin formación científica corre el riesgo de convertirse en un transmisor de posiciones sin capacidad de evaluar su robustez.
La profesionalización implica construir trayectorias formativas que desarrollen ambas competencias de manera integrada: programas de formación en diplomacia científica, pasantías en la interfaz ciencia-política-diplomacia, y el reconocimiento institucional de esta figura como categoría profesional legítima en cancillerías, agencias de financiamiento científico, academias de ciencias y organizaciones internacionales. Para América Latina y el Sur Global esta profesionalización tiene una dimensión adicional: no se trata solo de formar profesionales en la interfaz, sino de construir capacidades propias, definir agendas situadas en las realidades regionales, y desarrollar formas de cooperación que amplíen genuinamente la participación de estas comunidades en las decisiones internacionales. La experiencia histórica del campo sugiere que los actores cuya conectividad depende de socios dominantes son particularmente vulnerables cuando esos socios se retiran. La verdadera profesionalización implica reducir esa dependencia estructural, no solo navegar dentro de ella.
La ciencia como argumento cuando la política no alcanza
Benjamín Franklin no necesitaba que le explicaran por qué la ciencia era un instrumento diplomático poderoso. Lo sabía porque lo vivía. Dos siglos y medio después, la complejidad del mundo ha multiplicado exponencialmente tanto los desafíos compartidos que requieren cooperación transfronteriza como los obstáculos políticos que dificultan esa cooperación. La diplomacia científica, en sus tres tracks, enfrenta hoy una demanda sin precedentes precisamente porque hay más momentos y más contextos donde la ciencia provee lo que la política sola no puede. Profesionalizar esa práctica no elimina su vulnerabilidad estructural, pero amplía la capacidad de adaptación y migración entre tracks cuando las condiciones políticas cambian, preservando relaciones y conocimiento hasta que sea posible recuperar el vector gubernamental. Darle nombre, darle formación, darle reconocimiento institucional, no es un ejercicio académico. Es una inversión en los instrumentos que las naciones, y la comunidad científica global, necesitarán para navegar en el siglo en curso.
Para leer más
- Benedick RE. Ozone Diplomacy: New Directions in Safeguarding the Planet. Harvard University Press (1991).
- Carrero-Martínez FA, Ohira M, Matsumoto CEH. Science Diplomacy in Latin America and the Caribbean: The Convergence of Science, Policy and Diplomacy to Solve Global Challenges. Science & Diplomacy (2024).
- Ferreira GGC, Alarcón López C. A New Science Diplomacy in Latin America Embeds Knowledge in Public Institutions. Issues in Science and Technology, vol. XLII, no. 3, Spring (2026).
- National Research Council, Engineering, and Medicine. The Pervasive Role of Science, Technology, and Health in Foreign Policy: Imperatives for the Department of State. Washington, DC: The National Academies Press (1999).
- The Royal Society & AAAS. New Frontiers in Science Diplomacy. Londres (2010).
- Ruffini PB. Science and Diplomacy. Springer (2017).
- The Royal Society & AAAS. Science Diplomacy in an Era of Disruption. Londres/Washington DC (2025).
*Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo son exclusivamente del autor y no deben interpretarse como representativo de las posiciones oficiales, políticas o decisiones de su institución de afiliación, empleador o entidades colaboradoras.