Ciencia y política exterior: el despertar de la diplomacia científica en América Latina

La diplomacia científica comienza a ganar terreno en América Latina. Aunque todavía afronta importantes desafíos para integrar la ciencia en su política exterior, cada vez más países impulsan estrategias, redes e iniciativas que consolidan la diplomacia científica como una herramienta clave para afrontar retos globales y reforzar la cooperación regional.

A pesar de albergar algunos de los recursos naturales y científicos más valiosos del planeta, América Latina sigue teniendo una presencia limitada en los espacios donde se debaten y definen las grandes agendas internacionales de ciencia, tecnología e innovación. La región dispone de talento investigador, una biodiversidad excepcional y una creciente capacidad científica, pero todavía no ha conseguido transformar esas fortalezas en una influencia proporcional dentro de la gobernanza global del conocimiento.

Uno de los principales obstáculos es la falta de una estrategia regional compartida. Aunque existen múltiples mecanismos de cooperación e integración —la Organización de los Estados Americanos (OEA), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), Mercosur, la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) o el Sistema de Integración Centroamericana (SICA), por ejemplo—, la coordinación entre ellos continúa siendo algo limitada. Cada institución desarrolla programas y prioridades propias, lo que hace difícil la construcción de una agenda común en materia de ciencia y tecnología.

Esto se traduce en una cooperación que, aunque activa, suele desarrollarse de forma dispersa. Según diversos análisis impulsados por el Foro Abierto de Ciencias de América Latina y el Caribe (CILAC), la región aún no ha aprovechado plenamente el potencial de la diplomacia científica.

A ello se suma un problema estructural que condiciona buena parte del desarrollo científico regional: la escasa inversión en investigación y desarrollo. América Latina destina alrededor del 0,6 % de su PIB a actividades de I+D, una cifra muy inferior a la registrada en las principales economías innovadoras del mundo. Además, una parte significativa de esos recursos se concentra en Brasil, México y Argentina, lo que genera importantes desigualdades entre países.

Cuando faltan medios y sobra dependencia

Las consecuencias son visibles. Numerosos Estados carecen de los medios necesarios para desarrollar capacidades propias en ámbitos estratégicos como la inteligencia artificial o la biotecnología, por mencionar solo algunos. Esta situación aumenta la dependencia de financiación, tecnologías y conocimientos procedentes del exterior, lo que limita la autonomía regional y reduce la capacidad de generar soluciones adaptadas a las necesidades locales.

No resulta sorprendente, por tanto, que los países latinoamericanos que más han avanzado en diplomacia científica sean también aquellos que han realizado mayores esfuerzos de inversión en ciencia, tecnología e innovación. Brasil constituye el ejemplo más destacado. Su peso científico, sus capacidades institucionales y su apuesta por integrar la innovación dentro de la política exterior lo han convertido en uno de los referentes regionales en este ámbito.

No obstante, varios países latinoamericanos han comenzado a incorporar contenidos específicos sobre ciencia, tecnología e innovación en la formación de sus cuerpos diplomáticos. Chile fue uno de los pioneros al lanzar en 2019 un programa especializado en diplomacia científica dentro de la Academia Diplomática Andrés Bello. Posteriormente, Argentina, México y Panamá desarrollaron iniciativas similares orientadas a familiarizar a los futuros diplomáticos con cuestiones científicas y tecnológicas.

Las universidades también han comenzado a responder a esta demanda. En Brasil, la Universidad de São Paulo creó una escuela internacional dedicada a la diplomacia de la ciencia y la innovación. En Colombia, la Universidad Externado incorporó estos contenidos a sus estudios sobre nuevas diplomacias, mientras que la Universidad Nacional Autónoma de México abrió asignaturas específicas vinculadas a esta disciplina.

Estas iniciativas están contribuyendo a la aparición de una nueva generación de profesionales que combinan formación científica con capacidades de negociación, gestión internacional y análisis de políticas públicas. Durante los últimos años, además, numerosos investigadores y diplomáticos latinoamericanos se han formado en programas especializados desarrollados en Europa y Estados Unidos. El reto ahora consiste en trasladar esos conocimientos a las instituciones regionales y convertir experiencias individuales en capacidades permanentes.

Los desafíos latinoamericanos en materia científica no son únicamente económicos o institucionales. Existe también una cuestión relacionada con la producción de conocimiento y la definición de las propias reglas del juego. Gran parte de los conceptos, marcos de actuación y debates internacionales sobre diplomacia científica han sido desarrollados desde países del norte global, especialmente del ámbito anglosajón. Como consecuencia, muchas de las propuestas existentes responden a prioridades y contextos diferentes de los latinoamericanos.

Entender las características específicas de la región es clave

Frente a este escenario, cada vez más especialistas defienden la necesidad de construir una visión latinoamericana propia de la diplomacia científica. Una aproximación que parta de las características específicas de la región —su biodiversidad, sus recursos naturales estratégicos, su experiencia en cooperación regional y sus capacidades científicas emergentes— para diseñar políticas alineadas con sus prioridades de desarrollo.

La pandemia de la Covid-19 reforzó aún más esta necesidad de dar protagonismo a la diplomacia científica. La crisis sanitaria puso de manifiesto la importancia de compartir datos, coordinar investigaciones y movilizar conocimiento científico a escala internacional. También evidenció que la ciencia se ha convertido en un componente central de la política global.

Para que América Latina pueda aprovechar esta oportunidad, diversos organismos regionales han planteado una serie de recomendaciones. Entre ellas destaca no solo la incorporación de la diplomacia científica a los programas universitarios, como ya hemos mencionado, sino también la formación de investigadores en competencias complementarias como la comunicación, el liderazgo o las relaciones internacionales. También se propone fortalecer las redes de colaboración, los programas de movilidad y los mecanismos de intercambio de conocimiento entre países.

Otra prioridad consiste en acercar la ciencia a los procesos de toma de decisiones. Esto implica incorporar asesores científicos en las embajadas y consulados, mejorar la formación tecnológica de los cuerpos diplomáticos y fomentar una colaboración más estrecha entre gobiernos, universidades, centros de investigación y empresas.

Uno de los grandes desafíos de la diplomacia científica en América Latina es construir espacios de cooperación capaces de responder a problemas que trascienden las fronteras nacionales. Cuestiones como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la transformación digital o la seguridad alimentaria requieren enfoques coordinados y mecanismos estables de colaboración entre gobiernos, universidades y centros de investigación.

Iniciativas regionales para fortalecer la cooperación

Pero los esfuerzos ya se están haciendo. Según recoge la experta en diplomacia científica Marga Gual Soler en el informe Diplomacia científica en América Latina y el Caribe. Estrategias, mecanismos y perspectivas para fortalecer la diplomacia de la ciencia, tecnología e innovación, publicado por la Oficina Regional (Montevideo) de Ciencias de la ONU para América Latina y el Caribe, y el Foro abierto de las Ciencias en Latinoamérica y Caribe (CILAC), durante las últimas décadas han surgido diversas iniciativas regionales que han contribuido a acercar la ciencia a los procesos de toma de decisiones y a fortalecer la cooperación entre países latinoamericanos.

Entre las experiencias más relevantes destacan el Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (CYTED) y el Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global (IAI). Aunque nacieron en contextos diferentes, ambas organizaciones han desempeñado un papel fundamental en la creación de redes científicas regionales y en la promoción del intercambio de conocimiento entre investigadores, instituciones públicas y responsables políticos.

Su evolución resulta especialmente significativa. Muchos de los primeros programas de cooperación científica en la región se estructuraron siguiendo modelos impulsados desde Europa o Estados Unidos. Con el paso del tiempo, sin embargo, estas iniciativas fueron adoptando esquemas más horizontales de colaboración, donde los países latinoamericanos comenzaron a desempeñar un papel más activo en la definición de prioridades y objetivos comunes.

El caso de CYTED ilustra bien esta transformación. La organización se ha consolidado como uno de los principales instrumentos de cooperación científica iberoamericana, facilitando proyectos conjuntos de investigación, innovación y transferencia tecnológica entre decenas de instituciones distribuidas a ambos lados del Atlántico. Más allá de los resultados científicos obtenidos, su principal aportación ha sido generar vínculos estables entre comunidades científicas que tradicionalmente trabajaban de forma aislada.

Por su parte, el Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global ha centrado buena parte de sus esfuerzos en fortalecer la conexión entre ciencia y política. En los últimos años ha impulsado programas de formación dirigidos tanto a investigadores como a responsables públicos, con el objetivo de mejorar la utilización de la evidencia científica en la toma de decisiones relacionadas con cuestiones ambientales y climáticas.

La relevancia de estas iniciativas ha aumentado en paralelo al reconocimiento internacional de la diplomacia científica como herramienta estratégica. Este interés creciente también ha comenzado a reflejarse en los espacios políticos iberoamericanos. Un momento especialmente significativo se produjo en 2018, cuando la diplomacia científica fue incorporada a la agenda de la Reunión de Ministras, Ministros y Altas Autoridades de Ciencia, Tecnología e Innovación de Iberoamérica, celebrado en La Antigua Guatemala (Guatemala).

Desde entonces, el tema ha pasado a formar parte de los planes de acción impulsados por la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) dentro del Espacio Iberoamericano del Conocimiento. Este proceso dio un paso adicional en la XXVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en Andorra en 2021, donde se presentó una propuesta para avanzar hacia una futura Estrategia Iberoamericana de Diplomacia Científica.

Otro espacio clave para comprender esta evolución es el Foro abierto de Ciencias de América Latina y el Caribe (CILAC), promovido por la UNESCO. Desde su creación, este foro se ha convertido en uno de los principales puntos de encuentro para investigadores, responsables políticos, organismos internacionales y representantes del sector privado interesados en el futuro científico de la región.

Recomendaciones para estimular la diplomacia científica

Las reuniones presenciales que CILAC organiza cada dos años han servido para consolidar una comunidad regional interesada en fortalecer la relación entre conocimiento científico y políticas públicas. Precisamente ha sido CILAC el organismo encargado de publicar 10 recomendaciones para estimular la diplomacia científica en América Latina y el Caribe que van desde introducir la diplomacia científica en las universidades como materia de estudio, investigación y extensión, así como pilar fundamental de su proyección exterior; complementar la formación de los estudiantes de carreras científicas con herramientas de comunicación, negociación y liderazgo, habilidades interpersonales e interculturales, y conocimiento de asuntos globales o articular redes de científicos en el exterior para fortalecer los sistemas científicos nacionales y fomentar la «circulación de cerebros» hasta promover la entrada a la carrera diplomática y el servicio público de profesionales con formación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas o fortalecer el papel del sector privado y la industria científico-tecnológica en la diplomacia científica.

Países impulsores del cambio

Mientras algunos países han incorporado la ciencia como una herramienta estratégica de política exterior, otros apenas han comenzado a explorar su potencial. El resultado es un mosaico de experiencias nacionales en América Latina que refleja tanto las fortalezas como las limitaciones de la región para utilizar el conocimiento científico como instrumento de cooperación internacional, desarrollo económico e influencia global.

Brasil es, sin duda, el país que ha desarrollado la estructura más sólida de diplomacia científica. Cuenta con un Departamento de Ciencia y Tecnología dentro de su Ministerio de Relaciones Exteriores y ha impulsado un Programa de Diplomacia de la Innovación que opera tanto a nivel federal como desde el estado de São Paulo.

Entre sus iniciativas destacan la creación del primer laboratorio de bioseguridad de alta contención de la región, la participación en el Panel Científico para la Amazonía y el desarrollo de tecnologías espaciales destinadas a la vigilancia ambiental.

Por su parte, Chile ha construido una estrategia basada en una ventaja comparativa difícil de replicar: su geografía. La existencia de algunos de los mejores cielos del planeta para la observación astronómica y su posición estratégica de acceso a la Antártida han convertido al país en un polo internacional de investigación científica.

La diplomacia científica chilena se articula desde la Dirección de Energía, Ciencia, Tecnología e Innovación del Ministerio de Relaciones Exteriores y busca atraer grandes infraestructuras científicas internacionales.

Uno de los proyectos más ambiciosos es la propuesta de crear un laboratorio subterráneo binacional junto a Argentina para investigaciones de física básica, inspirado en el modelo del CERN europeo.

Precisamente Argentina ofrece uno de los ejemplos más interesantes de cómo la ciencia puede actuar como puente diplomático. Durante las últimas décadas ha mantenido una intensa cooperación científica con el Reino Unido a pesar de las tensiones derivadas de la cuestión de las Islas Malvinas.

En los últimos años, el país ha reforzado la formación de diplomáticos en temas científicos y tecnológicos, buscando aprovechar sectores como la bioeconomía para atraer inversiones y fortalecer sus vínculos internacionales.

Más recientemente, la diplomacia científica argentina se ha orientado hacia áreas consideradas estratégicas para la soberanía nacional, como el espacio, la energía nuclear y la investigación marina. Un ejemplo es la iniciativa Pampa Azul, que coordina el trabajo de varios ministerios para promover el conocimiento y el desarrollo sostenible del Mar Argentino.

Mientras tanto, Colombia representa uno de los casos más dinámicos de los últimos años. Aunque sus antecedentes en internacionalización científica se remontan a comienzos de siglo, el impulso definitivo llegó con la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación y la denominada Misión Internacional de Sabios.

En Centroamérica, Costa Rica ha convertido la sostenibilidad ambiental en uno de los pilares de su proyección internacional. Su liderazgo en las negociaciones climáticas globales, especialmente durante el proceso que condujo al Acuerdo de París, ha contribuido a consolidar una imagen internacional estrechamente vinculada a la ciencia y la conservación.

El país ha impulsado iniciativas destacadas en biodiversidad, salud global y protección marina. También ha promovido alianzas científicas con Estados Unidos para proyectos relacionados con recursos hídricos, enfermedades tropicales y salud pública.

Pero ningún país latinoamericano ha utilizado la ciencia como instrumento de política exterior de forma tan visible como Cuba. Desde la década de 1960, la isla ha desplegado miles de profesionales sanitarios en numerosos países de África, Asia y América Latina, convirtiendo la cooperación médica en uno de los pilares de su presencia internacional.

Esta estrategia se reforzó durante crisis sanitarias como la epidemia de ébola y la pandemia de la Covid-19. Paralelamente, Cuba ha desarrollado una potente industria biotecnológica que le ha permitido proyectar capacidades científicas más allá de sus fronteras.

También en Centroamérica, Panamá fue el primer país latinoamericano en aprobar formalmente una estrategia nacional de diplomacia científica. Lanzada en 2018, esta iniciativa convirtió al país en una referencia regional en materia de institucionalización.

La estrategia contempla la formación científica del cuerpo diplomático, la creación de mecanismos permanentes de coordinación entre gobierno y comunidad científica y la incorporación de investigadores en el diseño de la política exterior.

Por último, México ha destacado especialmente por el desarrollo de mecanismos de asesoramiento científico para la toma de decisiones públicas. Organismos como el Consejo Consultivo de Ciencias de la Presidencia o la Oficina de Información Científica y Tecnológica para el Congreso han contribuido a acercar la evidencia científica a las instituciones políticas.

En los últimos años, el país también ha impulsado acuerdos entre universidades y el servicio exterior para fortalecer la formación en diplomacia científica y aprovechar el potencial de las nuevas tecnologías en la acción diplomática.

En conjunto, estas experiencias muestran que la diplomacia científica latinoamericana está avanzando por caminos diversos. Todas reflejan una tendencia común: la creciente convicción de que la ciencia se ha convertido en un activo estratégico para la política exterior del siglo XXI.

Una hoja de ruta para conseguir resultados

CILAC ha presentado una hoja de ruta para integrar los sistemas de ciencia, tecnología e innovación con la política exterior de los países de América Latina y el Caribe. Bajo el título  Diplomacia científica para un mundo en transformación tecnológica: Lineamientos para una hoja de ruta, los expertos panameños Mariabel Dutari y Franklin A. Morales C. ponen sobre la mesa una serie de condiciones institucionales, técnicas y estratégicas necesarias para que la diplomacia científica se traduzca en resultados concretos como la formación de capital humano (desarrollo de perfiles híbridos entre ciencia, tecnología y relaciones internacionales), la articulación de misiones claras (definición de objetivos estratégicos compartidos entre actores nacionales), los mecanismos de respuesta rápida (capacidad de movilizar evidencia científica en momentos críticos o de oportunidad) y la alineación de la agenda de investigación (coherencia entre prioridades científicas nacionales y políticas exteriores y anticipación estratégica y vigilancia tecnológica).

La diplomacia científica ya no es una opción complementaria para América Latina, sino una condición para participar en las decisiones que definirán el siglo XXI. Convertir conocimiento en influencia exigirá coordinación regional, inversión sostenida y liderazgo político. Solo así la región podrá transformar su potencial científico en protagonismo global duradero.