La ciencia se ha convertido en un activo geopolítico clave en un contexto de creciente competencia tecnológica y tensiones internacionales. En esta entrevista, el coordinador europeo de diplomacia científica, Jan Marco Müller, defiende que la Unión Europea debe reforzar su autonomía estratégica sin renunciar a la cooperación internacional y apostar por una diplomacia científica basada en la evidencia, la coordinación y las alianzas equitativas.
Durante años, la diplomacia científica ha sido considerada un ámbito casi invisible, reservado a un reducido grupo de investigadores, diplomáticos y responsables de política científica. Sin embargo, la creciente carrera tecnológica entre potencias, la pandemia de la Covid-19, la irrupción de la inteligencia artificial y la necesidad de afrontar desafíos globales como el cambio climático han situado la ciencia en el centro de la política internacional.
La investigación y la innovación se han convertido en activos geopolíticos
En este nuevo escenario, pocas personas han contribuido tanto a definir el papel que debe desempeñar Europa como Jan Marco Müller. Actualmente dirige el equipo de Enfoque Global, Diálogo Multilateral y Diplomacia Científica de la Dirección General de Investigación e Innovación de la Comisión Europea, desde donde coordina buena parte de la estrategia comunitaria para integrar la ciencia en la acción exterior de la Unión Europea.
Su trabajo consiste en tender puentes entre investigadores, diplomáticos e instituciones internacionales para que el conocimiento científico no solo genere innovación, sino que también contribuya a la seguridad, la cooperación y la estabilidad internacional.
Su trayectoria profesional le ha permitido conocer la diplomacia científica desde distintos ángulos. Antes de incorporarse a la Comisión Europea fue el primer asesor de Ciencia y Tecnología del Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), un cargo pionero que marcó un cambio de paradigma en la política exterior de Europa. Aquella experiencia le permitió comprobar que la ciencia ya no podía limitarse a asesorar sobre cuestiones técnicas, sino que debía convertirse en un elemento estratégico de la diplomacia europea.
Esa visión ha cobrado aún más fuerza en los últimos años. Para Müller, la investigación y la innovación se han transformado en auténticos activos geopolíticos. En un contexto de creciente rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China, la capacidad para generar conocimiento se ha convertido en una cuestión de poder, competitividad y autonomía estratégica. Sin embargo, insiste en que esta nueva realidad no debe interpretarse como el final de la cooperación científica internacional. Al contrario: considera que la ciencia sigue siendo uno de los pocos lenguajes comunes capaces de mantener abiertos canales de diálogo incluso cuando las relaciones políticas atraviesan momentos de tensión.
Buena parte de ese planteamiento ha quedado plasmado en Un marco europeo para la diplomacia científica (A European Framework for Science Diplomacy), el primer marco estratégico europeo que define una visión común sobre el papel de la diplomacia científica en la Unión Europea. Müller ha desempeñado un papel central en este proceso, coordinando un amplio trabajo colaborativo que reunió a científicos, diplomáticos y expertos de múltiples disciplinas y generaciones, tanto de dentro como de fuera de la Unión Europea. El resultado es una hoja de ruta que pretende convertir la diplomacia científica en una herramienta estable de la política exterior europea.

Su planteamiento parte de una idea sencilla: la diplomacia científica ya no consiste únicamente en «tender puentes». También debe servir para defender los intereses estratégicos, los valores democráticos y la autonomía tecnológica de Europa. Para lograrlo sostiene que es necesario crear espacios donde científicos y diplomáticos trabajen conjuntamente, reforzar las capacidades de asesoramiento científico en las instituciones y aprovechar mejor los recursos ya existentes, como la extensa red europea de agregados científicos desplegados por todo el mundo.
A pesar del creciente peso de la geopolítica, Müller rechaza una visión proteccionista de la ciencia. Defiende que la seguridad de la investigación no debe convertirse en una barrera para la colaboración internacional, sino en un conjunto de herramientas que permitan evaluar riesgos y tomar decisiones informadas. Del mismo modo, insiste en que los grandes programas europeos, como Horizonte Europa, demuestran que es posible combinar apertura científica con la defensa de los intereses estratégicos de la Unión Europea.
Debemos crear espacios donde científicos y diplomáticos puedan encontrarse, intercambiar ideas y debatir cuestiones de interés común
Su mirada también trasciende Europa. Considera que el futuro de la diplomacia científica dependerá en gran medida de la capacidad para construir asociaciones más equilibradas con el Sur Global. En ese sentido, destaca el dinamismo de América Latina, una región donde observa un creciente liderazgo en este ámbito y cuyo potencial científico puede desempeñar un papel mucho más relevante en la gobernanza internacional.
En esta entrevista, Jan Marco Müller analiza cómo la ciencia ha pasado de ser una herramienta de cooperación a convertirse también en un instrumento de política exterior, qué retos plantea el nuevo contexto geopolítico para Europa y por qué la diplomacia científica será una de las piezas fundamentales del orden internacional que está empezando a construirse.
España fue uno de los primeros países europeos en dotarse de una estrategia nacional de diplomacia científica. ¿Qué papel desempeña actualmente en este ámbito y cuáles considera que han sido sus principales contribuciones al desarrollo de la diplomacia científica en Europa?
Efectivamente, España ha sido uno de los países pioneros en diplomacia científica en toda Europa, prueba de ello es que ya en 2015 adoptó una estrategia nacional de diplomacia científica. A través de organizaciones como la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) y la Red de Asociaciones de Investigadores y Científicos Españoles en el Exterior (RAICEX), España ha realizado importantes contribuciones en este ámbito. Los hitos más destacados han sido la Declaración de Madrid sobre Diplomacia Científica (2018) y la celebración de la primera Conferencia Europea de Diplomacia Científica en Madrid (2023). El país también cuenta con numerosos académicos y profesionales de reconocido prestigio en este campo.
El informe de expertos Un marco europeo para la diplomacia científica. Recomendaciones de los Grupos de Trabajo de Diplomacia Científica de la Unión Europea, donde se establecen las recomendaciones para un marco europeo sobre este tema, se presentó el pasado año como el resultado de un amplio proceso participativo. ¿Qué perfiles y actores participaron en su elaboración y hasta qué punto se buscó incorporar perspectivas diversas dentro y fuera de la Unión Europea?
El informe Un marco europeo para la diplomacia científica es el resultado de un proceso inclusivo y participativo desarrollado desde la base, en el que participaron científicos y diplomáticos de toda Europa, representando disciplinas y grupos de edad muy diversos. Es muy importante destacar que también contó con la participación de expertos ajenos a la Unión Europea, entre ellos, por ejemplo, un investigador posdoctoral procedente de Ucrania.
Este marco se ha impulsado en un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas, competencia tecnológica y crisis globales. ¿Qué ha cambiado para que la ciencia haya pasado de ser un espacio de cooperación a convertirse también en una herramienta de soberanía y política exterior?
A medida que tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial están teniendo un impacto profundo en la vida de las personas, la investigación y la innovación se han convertido en activos geopolíticos. En el mundo actual, el liderazgo tecnológico se traduce en poder. La pandemia de la Covid-19 fue una llamada de atención para muchos: ¿qué habría ocurrido si China o Rusia hubieran desarrollado la única vacuna eficaz? Por supuesto, la cooperación sigue siendo fundamental; es el motor que da vida a la ciencia. Sin embargo, cuestiones como la seguridad de la investigación han adquirido una relevancia creciente y reflejan, entre otras cosas, la pérdida de confianza entre las naciones.
El informe subraya la necesidad de reforzar la autonomía estratégica europea en un contexto de creciente competencia tecnológica y geopolítica. ¿Existe el riesgo de que las preocupaciones relacionadas con la seguridad científica y tecnológica terminen limitando la cooperación internacional en investigación?
No deberíamos considerar la seguridad de la investigación como un factor limitante, sino más bien como un conjunto de salvaguardas que deben implantarse precisamente para mantener abierto el sistema científico. Salvo en aquellos casos en los que decidamos colectivamente imponer sanciones, la decisión final sobre si establecer o no una colaboración debe recaer siempre en el investigador y en su institución. Lo que sí debemos hacer es proporcionarles herramientas para evaluar los riesgos de esa cooperación y que puedan, por lo tanto, tomar una decisión informada.

El informe propone una serie de medidas para integrar mejor la ciencia en la acción exterior y en la toma de decisiones. ¿Cuáles son las recomendaciones más relevantes que la Unión Europea dirige a los Estados miembros en materia de diplomacia científica?
Proponemos una combinación de acciones estratégicas, operativas y facilitadoras. Sin entrar en demasiados detalles, debemos tener claro para qué queremos utilizar la diplomacia científica. Sí, se trata de tender puentes y mantener abiertos los canales de diálogo, pero también de defender nuestros intereses, nuestros valores y nuestra soberanía. Para lograrlo necesitamos contar con las estructuras y procesos adecuados, empezando por conocer qué capacidades existen ya. También debemos crear espacios donde científicos y diplomáticos puedan encontrarse, intercambiar ideas y debatir cuestiones de interés común.
La ciencia ha sido tradicionalmente un espacio de colaboración internacional, incluso en momentos de tensión política. ¿Por qué sigue siendo importante que los países trabajen juntos y qué riesgos supone avanzar de forma aislada?
Como Unión Europea no podemos permitirnos avanzar en 27 direcciones distintas. Debemos actuar juntos si queremos competir con China y Estados Unidos. Además, somos más fuertes de lo que pensamos. Por ejemplo, si sumamos los 27 Estados miembros y la Comisión Europea, contamos con cientos de técnicos y diplomáticos científicos en embajadas de todo el mundo. Se trata de un recurso de gran magnitud. La pregunta que nos hacemos es: ¿lo estamos utilizando de manera verdaderamente coordinada y sinérgica?
Usted ha señalado en alguna ocasión que «la ciencia diplomática ya no consiste solo en tender puentes». ¿Cómo puede la Unión Europea equilibrar la defensa de sus intereses estratégicos con la necesidad de mantener la ciencia abierta y colaborativa a escala global?
Necesitamos identificar situaciones en las que todas las partes salgan ganando. Horizonte Europa es el ejemplo perfecto [se trata del programa marco de financiación de la Unión Europea para la investigación y la innovación (I+D+i) para el periodo 2021-2027. Con un presupuesto que supera los 95.500 millones de euros, su objetivo principal es impulsar la competitividad, abordar el cambio climático y lograr un impacto tecnológico, económico y social]. Es el mayor programa multilateral de investigación e innovación del mundo, fomenta la cooperación científica internacional y está abierto a investigadores de todo el planeta. Al mismo tiempo, es una herramienta de diplomacia científica. No ofrecemos la asociación al programa —la forma más estrecha de cooperación— a cualquier país. Potencias líderes en investigación e innovación como Canadá, Japón, Corea del Sur o India ya se han incorporado o desean incorporarse a Horizonte Europa. Esto sirve tanto a nuestros intereses científicos como a nuestros intereses geopolíticos.
Horizonte Europa es el mayor programa multilateral de investigación e innovación del mundo y está abierto a investigadores de todo el planeta
La desinformación y la erosión de la confianza pública en las instituciones también afecta a la ciencia. ¿Puede la diplomacia científica desempeñar un papel relevante en la defensa de la evidencia científica y la cultura democrática?
Absolutamente. En primer lugar, conviene recordar que son los diplomáticos, y no los científicos, quienes negocian los acuerdos internacionales. Pero dependen de los científicos para obtener la evidencia científica necesaria. Y aunque es cierto que la ciencia está bajo presión en muchas partes del mundo, la diplomacia también lo está. Tanto la ciencia como la diplomacia comparten un interés común: mantener un orden internacional basado en normas y reglas. Eso nos convierte en aliados en una causa común.
Uno de los retos actuales es incorporar al Sur Global en la gobernanza científica internacional en condiciones más equilibradas. ¿Qué cambios concretos necesita Europa para construir relaciones científicas menos jerárquicas y más horizontales?
La clave es construir asociaciones equitativas y en condiciones de igualdad. El Norte puede aprender tanto del Sur como el Sur del Norte. La Agenda de Innovación Unión Africana–Unión Europea es un excelente ejemplo de ello. Evidentemente, no partimos de las mismas posiciones, y por eso es tan importante reforzar las capacidades científicas en el Sur Global. Esta es también una de las razones por las que la iniciativa Global Gateway de la Unión Europea, que es la estrategia para impulsar inversiones globales en infraestructuras sostenibles y de alta calidad, incluye un pilar específico dedicado a la educación y la investigación.
Hablemos de América Latina. La región mantiene fuertes vínculos históricos, culturales y científicos con Europa, pero muchas veces queda fuera de los grandes debates geopolíticos sobre innovación. ¿Qué papel puede desempeñar en la nueva estrategia europea de diplomacia científica?
Están ocurriendo muchas cosas en diplomacia científica en toda América Latina. Y, de forma especialmente interesante, gran parte de este impulso está liderado por mujeres. Prácticamente en cualquier país que observemos, muchos de los principales expertos en diplomacia científica son mujeres. Es algo de lo que Europa puede aprender. Pero también es cierto que la diplomacia científica solo puede ser tan eficaz como el sistema científico que la respalda. Costa Rica demuestra cómo puede funcionar este modelo: el país es líder mundial en un área muy específica de investigación, el estudio de los venenos de serpiente. Y utiliza ese liderazgo para tener una influencia en diplomacia científica muy superior a la que correspondería por su tamaño.
En cualquier país latinoamericano que observemos, muchos de los principales expertos en diplomacia científica son mujeres
La Amazonía, la biodiversidad, las enfermedades emergentes o la transición energética convierten a América Latina en un territorio clave para la ciencia global. ¿Cree que la diplomacia científica puede convertirse en una herramienta para evitar nuevas formas de extractivismo científico y promover una cooperación más justa?
Sí, sin duda. Necesitamos asociaciones equitativas en diplomacia científica y por eso debemos reunir a científicos y diplomáticos de ambos lados del Atlántico. Solo mediante un diálogo honesto y abierto podremos construir un futuro común. Al fin y al cabo, si la selva amazónica desapareciera, no sería un problema local, sino que tendría consecuencias directas para Europa y para todo el planeta. Todos tenemos intereses en juego en esta cuestión.
Usted trabajó como primer asesor de Ciencia y Tecnología del Servicio Europeo de Acción Exterior. Desde esa experiencia, ¿qué diferencias existen entre integrar evidencia científica en la diplomacia y conseguir que realmente influya en las decisiones políticas?
La diplomacia científica es transversal. No existe diplomacia climática, hídrica, sanitaria o energética sin ciencia. Por ello, los diplomáticos tienen un interés evidente en incorporar la evidencia científica a su trabajo. Sin embargo, cuando hablamos de política, intervienen muchos otros factores, como consideraciones económicas, sociales o incluso electorales. Puede resultar chocante, pero en una democracia los políticos tienen derecho a ignorar la evidencia científica. Ellos han sido elegidos por los ciudadanos; los científicos, no. Ahora bien, cuando eso ocurre, debemos exigir responsabilidades a los políticos y preguntarles por qué ignoran la evidencia. Solo así podremos mantener un debate honesto.
Tenemos que actuar juntos dentro de la UE si queremos competir con China y Estados Unidos
En un escenario internacional donde crecen los populismos, la polarización y el cuestionamiento de la evidencia, ¿puede la ciencia seguir funcionando como un lenguaje común entre países o estamos entrando en una etapa de «fragmentación científica» global?
Es muy preocupante cuando los países comienzan a retirarse de organizaciones científicas multilaterales como la UNESCO, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (Intergovernmental Panel on Climate Change, IPCC por sus siglas en inglés) o la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services, IPBES por sus siglas en inglés). Esto es problemático porque estas instituciones nos ayudan a construir una comprensión común de cuál es la evidencia disponible y cuáles son las incertidumbres existentes. Por eso es tan importante que todos salgamos al encuentro de la ciudadanía y participemos en el debate público. Y ese compromiso empieza por escuchar las preocupaciones de la sociedad.

La nueva estrategia europea de diplomacia científica habla de «valores compartidos», pero vivimos en un escenario internacional profundamente polarizado. ¿Cómo puede la ciencia actuar como espacio de diálogo cuando incluso los consensos científicos están siendo cuestionados políticamente?
Es un hecho que una parte creciente de la población percibe la ciencia como parte del problema y no como parte de la solución. La pandemia contribuyó a ello cuando los responsables políticos delegaron en los científicos decisiones impopulares, como los confinamientos, difuminando así las fronteras entre el papel de los científicos y el de los políticos. Nuestro trabajo consiste en asesorar, no en tomar decisiones. Como dice el conocido aforismo: uno tiene derecho a sus propias opiniones, pero no a sus propios hechos.
La diplomacia científica es transversal. No existe diplomacia climática, hídrica, sanitaria o energética sin ciencia
Europa quiere reforzar su liderazgo científico sin renunciar a la cooperación internacional. ¿Qué lecciones ha dejado la pandemia sobre los límites y fortalezas de la colaboración científica global?
Fuimos capaces de identificar el genoma del SARS-CoV-2 y desarrollar una vacuna eficaz en un tiempo récord gracias a la cooperación científica internacional y a décadas de inversión continuada en ciencia básica, que sentaron las bases para ello. La pandemia también demostró la importancia de invertir en las capacidades científicas del Sur Global: fueron científicos de Sudáfrica y Botsuana quienes identificaron primero la variante ómicron, no investigadores europeos. Eso nos proporcionó un valioso margen de tiempo para reaccionar. Resulta irónico que uno de los mayores triunfos de la historia de la ciencia se haya convertido también en una de sus mayores amenazas.
En los últimos años hemos visto cómo cuestiones científicas como el cambio climático, la inteligencia artificial o la salud pública se han convertido en asuntos centrales de la política exterior. ¿Está preparada la comunidad científica para asumir también un papel diplomático y geopolítico?
No nos queda otra opción que afrontar la situación de frente. La realidad geopolítica no va a desaparecer a corto plazo. Si no participamos en el debate público, no deberíamos quejarnos cuando otros tomen decisiones que vayan en contra de los intereses de la ciencia.
Muchos jóvenes investigadores ven la ciencia cada vez más condicionada por intereses estratégicos, tensiones internacionales y competencia tecnológica. ¿Qué mensaje trasladaría a las nuevas generaciones sobre el papel que puede desempeñar la ciencia en la construcción de sociedades más cooperativas y democráticas?
Mientras vemos cómo se derrumba el viejo orden mundial y entramos en una etapa de turbulencias internacionales, nadie ha escrito todavía cómo será el nuevo orden que surja de esta transformación. Depende de nosotros darle forma. Por eso, mi mensaje a los jóvenes científicos es claro: salid ahí fuera y participad en la construcción de ese nuevo mundo.
Mi mensaje a los jóvenes científicos es claro: salid ahí fuera y participad en la construcción de ese nuevo mundo