La ciencia siempre ha sido internacional, pero no siempre ha sido diplomática. La colaboración entre laboratorios, la movilidad o las grandes infraestructuras forman parte natural del avance del conocimiento. Hoy, sin embargo, esa misma ciencia se sitúa en el centro de la política exterior, la seguridad, la competitividad y los valores democráticos. Vacunas, clima, biodiversidad, inteligencia artificial o salud global recuerdan que las grandes preguntas científicas ya no se resuelven dentro de las fronteras nacionales, pero tampoco pueden separarse de las tensiones y responsabilidades de los Estados.
Por eso la diplomacia científica importa. Porque la evidencia es necesaria para negociar acuerdos internacionales, anticipar crisis y decidir mejor. Porque la cooperación científica abre canales de confianza allí donde la diplomacia tradicional encuentra límites. Y porque el conocimiento se ha convertido en un activo estratégico: genera progreso, pero también poder, influencia y dependencia. En un mundo fragmentado, la ciencia debe seguir siendo un espacio de encuentro, con reglas, reciprocidad y comprensión de los riesgos.
Este dosier llega en un momento especialmente oportuno. La reciente Recomendación del Consejo sobre un marco de la Unión Europea para la diplomacia de la ciencia marca un cambio de escala: deja de ser una suma de iniciativas valiosas para convertirse en una herramienta estratégica de la acción exterior europea. Su principio de una ciencia «tan abierta como sea posible y tan cerrada como sea necesario» atraviesa los textos que siguen: proteger el sistema científico no debe ser una excusa para cerrarlo, sino una condición para mantenerlo abierto e íntegro.
El dosier se abre con el artículo de Mercedes Moro, que ofrece una puerta de entrada clara al concepto. A partir de ejemplos históricos y actuales, distingue las tres dimensiones clásicas de la diplomacia científica: ciencia en la diplomacia, diplomacia para la ciencia y ciencia para la diplomacia. Su texto ayuda, además, a delimitar qué no es diplomacia científica: no toda colaboración internacional o divulgación exterior constituye por sí misma una estrategia diplomática.
A continuación, Leire Leguina sitúa el foco en España. Su contribución muestra cómo nuestro país ha pasado, en una década, de iniciativas pioneras a un modelo reconocido por su carácter colaborativo. La experiencia española se ha construido entre el sistema de ciencia, la acción exterior del Estado y la sociedad civil científica organizada, con hitos como el programa piloto de coordinadores científicos en embajadas, la Declaración de Madrid y la participación activa en el debate europeo.
El tercer artículo, firmado desde CERU por Sara Alvira, Igor Arrieta, Irene Echevarría-Altuna, Javier Pardo-Díaz y Carmen Sánchez-Cañizares, profundiza en uno de los rasgos más singulares de ese modelo: la diáspora científica organizada. Redes como RAICEX y sus asociaciones no son solo comunidades de apoyo profesional. Son antenas, puentes y espacios de mediación entre sistemas científicos, administraciones, embajadas e instituciones internacionales. En tiempos de competencia por el talento y necesidad de alianzas estables, esa mirada comparada es un activo diplomático de primer orden.
El recorrido se completa con la contribución de Franklin Carrero-Martínez, que invita a pensar la diplomacia científica no solo como concepto, sino como práctica y profesión. Su propuesta de distinguir entre Track 1, Track 1.5 y Track 2 desplaza la pregunta desde «quién hace ciencia» hacia «quién tiene autoridad para comprometer, influir o mantener abiertos espacios de diálogo». Esta perspectiva ayuda a comprender por qué actores muy distintos pueden desempeñar papeles complementarios.
Tras este dosier, la entrevista a Jan Marco Müller, coordinador del marco europeo para la diplomacia científica, cierra el dosier con una mirada desde las instituciones europeas. Sus respuestas subrayan que Europa no puede actuar de forma fragmentada; que Horizonte Europa es también una herramienta de diplomacia; que la seguridad de la investigación debe servir como barandilla para mantener abierto el sistema; y que los científicos no pueden permanecer al margen de los debates públicos si quieren que la evidencia informe decisiones democráticas.
Para quienes leen esta revista desde la bioquímica y la biología molecular, la diplomacia científica puede parecer un ámbito lejano. No lo es. Cada colaboración internacional, red europea, infraestructura compartida o asesoramiento sobre salud, biotecnología, datos, biodiversidad o clima forma parte de un ecosistema en el que la ciencia dialoga con la sociedad y con el mundo. La pregunta es cómo participar mejor: con formación, responsabilidad, independencia y voluntad de construir confianza.
España parte de una posición privilegiada: comunidad científica internacionalizada, diáspora organizada, instituciones con experiencia, vínculos con Europa, América Latina y el Mediterráneo, y una trayectoria reconocida en diplomacia científica europea. Para seguir a la vanguardia necesitamos consolidar capacidades profesionales, coordinar recursos, integrar la ciencia en la acción exterior de forma estable y ofrecer espacios donde investigadores, diplomáticos y responsables públicos trabajen juntos. Defender la ciencia abierta, la cooperación y la evidencia no es solo una tarea científica: es también una forma de estar en el mundo.