Cuando el Churchill College decidió construir una capilla, Francis Crick, uno de sus miembros más ilustres, escribió indignado a Winston Churchill para presentar su dimisión. Este adujo que «sería simplemente un servicio para cualquiera que quisiera utilizarlo» a lo que Crick replicó que, con la misma lógica, por qué no incluir también una casa de citas. La anécdota, recogida por Matthew Cobb en Crick: A mind in motion. From DNA to the brain, retrata el personaje: brillante, irreverente, provocador y materialista convencido de que las grandes preguntas sobre la vida debían responderse con experimentos, no con dogmas.
Todo el mundo asocia el nombre de Crick –junto a Watson– a la doble hélice del ADN. Sin embargo, la ambiciosa biografía de Cobb va más allá. No pretende únicamente narrar uno de los episodios científicos más célebres del siglo XX, sino reconstruir la trayectoria intelectual de alguien que traspasó los bordes de la vida y la mente.
Poseía un talento singular. Lawrence Bragg observó que era «el tipo de persona que siempre estaba haciendo el crucigrama de otro». Esta crítica envuelta en un elogio apunta a la extraordinaria capacidad de Crick para ver conexiones ocultas por debajo de fenómenos complejos, reformular problemas y construir modelos explicativos a partir de datos obtenidos por otros. Fue un teórico en el sentido más creativo del término.
Cobb muestra con detalle cómo esa habilidad resultó decisiva en la carrera que culminó con la doble hélice. La polémica sobre Rosalind Franklin ocupa un lugar destacado en el libro. Sin minimizar la existencia de comportamientos poco elegantes, ni el sexismo de la ciencia británica de la época, el autor rechaza las versiones simplistas que presentan el descubrimiento como una mera apropiación de resultados ajenos. La situación fue más compleja y también más interesante. Franklin emerge como una figura científica de primera magnitud cuya contribución tardó demasiado tiempo en recibir el reconocimiento merecido.
La parte más original de la biografía se sitúa después de 1953. Una vez resuelta la estructura del ADN, Crick participó en la construcción conceptual de la biología molecular. El dogma central (propagado urbi et orbi a través de la versión errónea del libro de texto de Watson), las anticipaciones teóricas sobre el código genético o de moléculas todavía por descubrir (los ARN de transferencia o los mensajeros) o su propuesta de que los genes son verdaderos documentos evolutivos, revelan una mente excepcional. A veces acertaba de manera espectacular; otras se equivocaba con igual rotundidad. Pero incluso sus errores fueron fecundos porque ayudaron a refinar las preguntas relevantes.
Sin embargo, la característica más llamativa de Crick fue su incapacidad para permanecer mucho tiempo en el mismo territorio. Era un explorador que, al alcanzar una costa largamente buscada, ya miraba hacia el horizonte siguiente. A mediados de los años setenta abandonó la biología molecular para adentrarse en un continente mucho más incierto: el cerebro y la conciencia. ¿Cómo surge la experiencia subjetiva a partir de la actividad de miles de millones de neuronas? La pregunta poseía una dimensión casi filosófica, pero Crick estaba convencido de que acabaría encontrando una respuesta materialista.
Cobb, autor de una excelente Historia de la idea del cerebro (Ediciones Godot, 2025), defiende la importancia de esta sorprendente transición. Aunque esto constituye uno de los mayores atractivos del libro, quizá no todos compartan el entusiasmo del autor. La influencia de Crick en la neurociencia resulta más difícil de valorar que sus contribuciones a la biología molecular. Pero incluso los más críticos reconocerán la audacia intelectual de aquel cambio de rumbo. Son pocos (Brenner, Szostak, …) los que deciden empezar prácticamente de cero cuando todavía disfrutan del prestigio de sus grandes descubrimientos.
Del libro destaco también el retrato humano sin sensacionalismos. Aparece el feliz y poco convencional matrimonio con Odile, el Crick ateo militante, el juerguista y mujeriego, el que coquetea con la eugenesia o la panspermia, el conversador inagotable –la tertulia con Brenner duró años–, el aficionado a las drogas psicodélicas o el apasionado de la poesía. En un fragmento del Poema Peyote de su admirado Mike McClure –un poeta beat que llegó a ser su amigo– Crick encontró la formulación exacta de su sentimiento hacia el estudio científico de la vida: «THIS IS THE POWERFUL KNOWLEDGE /we smile with it». Mientras revelaba los secretos de la vida, se recreaba en la ambigüedad de los versos.
Matthew Cobb nos ofrece una biografía excelente, bien narrada, rigurosamente documentada y absorbente – hacía tiempo que no me atrapaba un libro de 500 páginas. Crick se sentía «emocionalmente vinculado a su objeto de estudio» y se dedicó a perseguir dos enigmas fundamentales: qué distingue a la materia viva de la inerte y cómo emerge la mente del cerebro. Como Ulises, parecía más interesado por el viaje que por la llegada. Quizá por eso nos sigue pareciendo un científico tan fascinante como inclasificable.