En los laboratorios españoles, el futuro se mide en proyectos concedidos, convocatorias abiertas y presupuestos que, muchas veces, no llegan a ejecutarse. La ciencia avanza, pero lo hace sobre un terreno inestable, condicionado por ciclos económicos, decisiones políticas y, cada vez más, por fondos provenientes del exterior.
España ha vuelto a invertir en ciencia como no lo hacía desde antes de la crisis de 2008. Sin embargo, esa recuperación tiene un matiz importante: no responde tanto a una apuesta estructural del país como a la llegada de financiación europea extraordinaria.
El sistema científico español vive así una paradoja. Nunca había contado con tantos recursos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan evidente su fragilidad.
La ciencia que depende del presupuesto
La investigación en España sigue dependiendo en gran medida del dinero público. A diferencia de otros países donde el sector privado o la filantropía desempeñan un papel más relevante, aquí el Estado continúa siendo el principal sostén del sistema científico. Pongamos como ejemplo Estados Unidos, donde en áreas como la biomedicina, alrededor del 59 % de la inversión en I+D proviene del sector privado. O el Reino Unido, con un 58 % de financiación privada en investigación biomédica.
El informe más reciente de la Confederación de Sociedades Científicas de España (COSCE), titulado El análisis de la financiación pública de la I+D+I: Presupuestos Generales del Estado (PG-46) y financiación europea, evidencia que esta dependencia no es nueva, sino persistente. A lo largo de las últimas dos décadas, la inversión en I+D+I ha seguido un patrón reconocible: crece en momentos de bonanza, se desploma en las crisis y tarda años en recuperarse.
Tras el impulso de los años previos a 2008, la crisis financiera provocó un recorte abrupto que marcó a toda una generación de investigadores. Durante casi una década, el sistema permaneció en una especie de meseta, con recursos limitados y escasa capacidad de crecimiento.
Según el informe de COSCE, «los presupuestos de 2024 y 2025, y probablemente de 2026, vienen marcados por las prórrogas presupuestarias de los presupuestos de 2023. Los créditos iniciales ascienden a 19.023,15 millones de euros en 2025 frente a los 19.491,96 de 2024, lo que supone un descenso de 2,4 %. Desde 2023, el peso de los fondos europeos supone más del 50% de la PG46 (53,3 % en 2025). Sin la contribución de los fondos europeos, los fondos nacionales ascienden a 8.886,99 en 2025 y descienden un 3,71 % con respecto al 2024». Y añade: «Si se tiene en cuenta que los fondos nacionales crecieron sustancialmente en 2023 respecto a 2022 (10,32 %) y si, como parece probable, en 2026 se van a volver a prorrogar los presupuestos, cabe temer que los fondos presupuestarios para los proyectos de los programas con financiación nacional de nuevo se estanquen o, a lo peor, disminuyan siguiendo las tendencias de prórrogas anteriores».
España ha logrado aumentar considerablemente sus presupuestos en I+D+I por habitante entre 2014 y 2024. Sin embargo, este crecimiento del 47,5 % es muy inferior al de la media europea (57,5 % EU-27) y muy alejado del crecimiento de la inversión en EE. UU. (109 %) o Japón (145 %) en el mismo período.
La mejora existe, pero es mínima. Y eso plantea una duda incómoda: ¿hasta qué punto existe una apuesta estructural por la ciencia?
Ana Fernández Zubieta es autora del informe junto con Francisco Javier Braña Pino y José Molero Zayas. Es profesora del departamento de Sociología aplicada en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y pertenece, como sus compañeros, al Grupo de investigación en Economía y Política de la Innovación (GRINEI). Para ella, la respuesta a la pregunta anterior no es concluyente, pero apunta en una dirección clara: «Estamos ante una coyuntura de financiación extra. Parece que ha habido un cierto estancamiento o crecimiento leve de los fondos nacionales (sin los fondos europeos). Los presupuestos de I+D+I en España no presentan un comportamiento anticíclico. Eso puede interpretarse como una falta de una apuesta estratégica por la I+D+I», explica.
Europa como motor… y como riesgo
El verdadero cambio en la financiación científica española en los últimos años ha sido la apuesta del gobierno actual por basar su plan de recuperación en el impulso del sistema científico español. Por ese motivo, gran parte de los fondos NextGenerationEU recibidos para hacer frente a las consecuencias de la pandemia se han destinado a investigación, desarrollo e innovación en todos los sectores económicos españoles.
El resultado es que, desde 2023, más de la mitad del presupuesto público en I+D+I depende de esos recursos europeos. La cifra es contundente. Y también lo es su implicación.
«Hay una dependencia importante de unos fondos que son temporales», advierte Fernández Zubieta. «Si no se buscan fondos alternativos, hay un riesgo importante de desinversión en los próximos años».
La preocupación no es solo cuantitativa, sino sistémica. «Los cambios bruscos de financiación no son buenos», explica. «Las desinversiones se suelen aplicar donde resulta más fácil cortar y no por razones estratégicas». En otras palabras: cuando el dinero escasea, la ciencia suele ser uno de los primeros lugares donde se recorta.
Una recuperación con fecha de caducidad
La inversión en ciencia en España está hoy en niveles récord. Esa es la buena noticia. «Es una recuperación clara en los niveles presupuestarios», reconoce Fernández Zubieta. «No podemos convertir una buena noticia en una mala».
Pero la segunda parte de la frase introduce el matiz clave: «Este crecimiento es dependiente de unos fondos temporales y, por ello, hay que mantenerse alerta».
El sistema ha crecido, sí. Pero lo ha hecho apoyándose en una base que no es permanente. El reto, por tanto, no es solo mantener los niveles actuales, sino hacerlo cuando desaparezca ese impulso extraordinario.
A los problemas de financiación se suma otro menos visible, pero igualmente relevante: la ejecución del gasto. Durante años, una parte importante del dinero destinado a ciencia no llegó a utilizarse. El sistema presupuestaba más de lo que realmente ejecutaba.
El grado de ejecución llegó a caer por debajo del 60 % en algunos momentos de la última década. Pero, como matiza Fernández Zubieta, el problema no es tan simple como parece: «El dinero no se pierde, sino que no se demanda».
La clave está en cómo se diseñan los instrumentos de financiación. Durante mucho tiempo, una parte significativa de los recursos se canalizó a través de préstamos que ni empresas ni centros de investigación solicitaban. «Los préstamos no eran atractivos», explica. «Y cuando los intereses son bajos, las empresas prefieren acudir directamente a los bancos, donde se ahorran burocracia». El resultado fue un sistema que aparentaba invertir más de lo que realmente utilizaba.
España frente a Europa: una brecha persistente
Más allá de los datos nacionales, la comparación internacional permite situar mejor el problema. España sigue lejos de los países líderes en inversión científica. Según Eurostat, el gasto en I+D+I por habitante se sitúa en torno al 64 % de la media europea. La distancia es aún mayor si se compara con países como Alemania o Suecia.
Pero no se trata solo de cuánto se invierte, sino de cuándo. «Los países más competitivos utilizan la inversión en I+D+I como un mecanismo anticíclico», señala Fernández Zubieta. «Aumentan la inversión cuando hay crisis. En España no lo hacemos». Las consecuencias son claras: «Perdemos potencial de recuperación innovadora y aumenta la brecha de inversión». Y, en última instancia, algo más difícil de medir: «Nos convertimos en un país menos atractivo y competitivo».
El mecenazgo: una oportunidad aún por desarrollar
En este contexto, el mecenazgo aparece como una posible vía de diversificación. Sin embargo, su peso en España sigue siendo reducido. A diferencia de Estados Unidos, donde universidades y centros de investigación cuentan con grandes donaciones privadas, en España la financiación filantrópica es todavía incipiente.
Existen iniciativas relevantes —fundaciones como La Caixa o Fundación BBVA, aunque su impacto sigue siendo complementario. La primera, por ejemplo, ha invertido 100 millones de euros en la creación del CaixaResearch Institute, el primer centro de investigación especializado en inmunología de España y Portugal, inaugurado en Barcelona en abril de 2026. El nuevo centro cuenta con 20.000 m² dedicados a la investigación biomédica de vanguardia para enfrentar retos de salud global. La fundación Caixa mantiene un presupuesto histórico de 710 millones de euros para 2026 (un 8,4 % más que el año anterior) destinado a transformación social, donde la investigación científica es un pilar fundamental. El plan estratégico para el periodo 2025-2030 prevé una inversión acumulada superior a 4.000 millones de euros, reforzando su compromiso filantrópico con la ciencia europea.
En el caso de la Fundación BBVA, la entidad financia proyectos en diversas áreas del conocimiento con ayudas significativas, incluyendo cifras de 150.000, 100.000 y 50.000 euros. Estas ayudas buscan impulsar la investigación innovadora. Los Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento reconocen a autores de avances significativos en una amplia gama de disciplinas científicas, tecnológicas y en ciencias sociales, con un enfoque en problemas fundamentales del siglo XXI. Por otro lado, las Becas Leonardo a Investigadores y Creadores Culturales están diseñadas para apoyar directamente a investigadores y creadores culturales en una fase intermedia de su carrera, fomentando proyectos personales de alta innovación.
En 2025, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) entregó su Medalla a la Promoción de la Ciencia a la Fundación BBVA por su compromiso y colaboración con el Consejo para impulsar una investigación científica de excelencia.
La Fundación BBVA invierte millones de euros anualmente en ciencia. Destaca su «Programa Fundamentos» (proyectos de investigación en áreas de biomedicina, biología, ecología y economía), con una dotación de 3 millones de euros para investigación exploratoria. Además, en los últimos cinco años, el grupo BBVA ha destinado más de 370 millones de euros a inversiones sociales, incluyendo programas de investigación.
También la Fundación Botín es una entidad con una inversión significativa en el ámbito científico. En 2024 invirtió cerca de 16 millones de euros en sus diversas áreas de actividad, incluyendo la ciencia. Lleva más de 20 años proporcionando a los investigadores y a sus instituciones apoyo profesional en materia de transferencia tecnológica en el ámbito de la biomedicina y la biotecnología, y lo hace a través de su programa Mind the Gap con una inversión de hasta 500.000 euros por proyecto.
La Fundación Ramón Areces, otra de las entidades cuyo apoyo a la investigación es notable en España, centra el foco en el Alzheimer, la inteligencia artificial y su aplicación a la salud, el cambio climático y la seguridad alimentaria, y el apoyo al talento joven mediante becas y ayudas a tesis doctorales. Los datos más recientes sobre su mecenazgo indican que ha destinado más de dos millones de euros a tres proyectos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) centrados en el desarrollo de tecnologías innovadoras en el campo de la inteligencia artificial (IA) y la óptica cuántica.
Otras entidades como la Fundación Lilly centran sus esfuerzos en el fomento de la ciencia española con el objetivo de mejorar su nivel y potenciar el reconocimiento a la labor de los científicos. Impulsa la investigación biomédica, fomenta la cultura científica y reconoce la innovación médica desde 2001. Sus acciones clave incluyen el apoyo a la divulgación, la formación de profesionales, el fomento de vocaciones jóvenes y la promoción de la ciencia con humanismo.
Pero a pesar de todas estas cifras y proyectos, el sistema continúa dependiendo, fundamentalmente, del sector público.
El riesgo de repetir el pasado
La historia reciente ofrece una advertencia clara. Tras la crisis de 2008, la inversión en ciencia sufrió un recorte profundo del que tardó años en recuperarse. Muchos investigadores abandonaron el país y algunas infraestructuras quedaron debilitadas. Ese escenario podría repetirse.
«Espero que no se repita una gran desinversión», señala Fernández Zubieta. «Daría lugar a una fuga de talento y dañaría infraestructuras científicas que todavía no se han recuperado».
El riesgo no es inmediato, pero sí plausible si no se consolida una financiación estable.
A la incertidumbre se suma un problema estructural: la falta de planificación a medio plazo. Las prórrogas presupuestarias, cada vez más frecuentes, dificultan la gestión del sistema científico. «Las prórrogas estancan la inversión y se pierde flexibilidad», explica Fernández Zubieta. Y si esa dinámica continúa, el escenario es previsible: «Tendríamos un escenario continuista».
En definitiva, se trata de un sistema que no retrocede, pero tampoco avanza.
En el fondo, el debate sobre la financiación científica en España no es solo técnico o económico. Es político y estratégico. Es muy importante decidir qué papel quiere jugar el país en un mundo donde el conocimiento es un factor clave de poder.
Cuando se le pide una síntesis del problema, Fernández Zubieta no duda: «Falta de apuesta estratégica y de ambición». La frase resume décadas de diagnóstico.
Quién paga el futuro
La ciencia española se sostiene hoy sobre tres pilares: financiación pública, fondos europeos y, en menor medida, aportaciones privadas. El primero es estructural, el segundo es temporal y el tercero aún es incipiente. El reto es construir un sistema más equilibrado, capaz de sostenerse en el tiempo y de competir a nivel internacional.
Porque, al final, la cuestión no es solo quién paga la ciencia. Es quién decide el futuro.