En España la ciencia sigue avanzando pese a una financiación insuficiente y a la falta de una apuesta estratégica sostenida. En este contexto, el impulso privado gana protagonismo como complemento al esfuerzo público. José Antonio Sacristán, director de la Fundación Lilly desde 2012, y director médico de Lilly desde 2005, analiza el papel de las fundaciones en la dinamización de la investigación biomédica, el apoyo al talento joven y la necesidad urgente de reforzar la cultura científica.
¿Qué papel específico cree que desempeñan hoy las fundaciones en el ecosistema científico?
En España existe una gran cultura de fundaciones de empresas que han apostado por la ciencia. El objetivo común de todas ellas es elevar el nivel de la ciencia en nuestro país, hacer que la ciencia importe y todo lo que esto implica. Cada fundación tiene sus propias peculiaridades y pone el foco en distintas iniciativas, pero todas ellas tienen esa finalidad última, tan necesaria, de contribuir al avance de nuestro ecosistema científico. Esto puede lograrse poniendo el foco en actividades tan diferentes como la organización de foros de actualización sobre los últimos avances científicos, debates orientados a analizar cómo aumentar la competitividad de la ciencia española, publicando libros sobre ciencia, visibilizando y reconociendo la labor de nuestros científicos más destacados o apoyando proyectos concretos de investigación, aunque esto último es menos frecuente, ya que los presupuestos de las fundaciones suelen ser bastante modestos.

Creo que se trata de actividades muy necesarias y me alegra enormemente comprobar que, poco a poco, las fundaciones van dando mayor prioridad a iniciativas encaminadas a normalizar la presencia de la ciencia en la sociedad, a fomentar el pensamiento científico, a que la gente pierda miedo a la ciencia y que ésta forme parte de sus conversaciones cotidianas. El fomento de la cultura científica en la sociedad debería convertirse en un tema prioritario para las fundaciones. Una sociedad que no valora la ciencia es una sociedad sin futuro y, como tantas veces se ha repetido, para lograr que el montón de arena que representa la ciencia alcance una mayor altura, es preciso aumentar su base de sustentación. Y es justamente ahí donde todas las fundaciones pueden aportar mucho, sobre todo si trabajan en sintonía y plantean objetivos complementarios y bien coordinados. En ese sentido, es destacable la labor que realiza el Consejo de Fundaciones por la Ciencia, una iniciativa promovida por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), de la cual la Fundación Lilly forma parte desde hace doce años.
Las fundaciones van dando mayor prioridad a iniciativas encaminadas a normalizar la presencia de la ciencia en la sociedad, a fomentar el pensamiento científico y a que la gente pierda miedo a la ciencia
Desde su experiencia al frente de la Fundación Lilly, ¿cuáles diría que son las áreas donde una fundación puede generar mayor impacto real en la ciencia?
Para responder a esta pregunta es fundamental conocer bien cuál es el problema que pretendemos abordar. Nuestro gran científico Santiago Ramón y Cajal escribió un artículo en el que hablaba de «España y la media ciencia», afirmando que nuestro bajo nivel científico era una de las causas más poderosas de nuestra ruina. Aunque la situación actual ha mejorado, muchos de los problemas endémicos de la ciencia española aún persisten: falta de financiación y precariedad de nuestros jóvenes científicos, falta de políticas científicas bien planificadas y duraderas, escasez de tejido industrial y tecnológico que retroalimente nuestra ciencia, una universidad en la que la investigación brilla por su ausencia, falta de priorización, falta de interés de la sociedad por la ciencia que sigue sin entenderse como parte de la cultura, falta de vocaciones y, en fin, una serie de problemas muy bien diagnosticados desde hace mucho tiempo pero que, por desgracia, no ha habido el coraje de abordar con determinación.
Los problemas son de tal envergadura que se requerirá un enorme esfuerzo y mucho tiempo para que nuestra ciencia se ponga al nivel de la de los países de nuestro entorno. Soy consciente de que las fundaciones podemos hacer muy poco para solucionar la raíz de los problemas mencionados, pero creo que tenemos la obligación de contribuir, en la medida de nuestras posibilidades, para mejorar algunos de los temas identificados. Por citar los ejemplos de la Fundación Lilly, que este año celebra su XXV aniversario, y cuyas iniciativas se desarrollan alrededor de tres pilares, la ciencia, la medicina y el humanismo, en el campo de la ciencia quiero destacar los Premios Fundación Lilly de Investigación Biomédica, que desde el año 2001 distinguen anualmente, en las categorías de Investigación Preclínica e Investigación Clínica, las trayectorias de aquellos científicos que han contribuido de forma significativa al desarrollo de la Biomedicina y las Ciencias de la Salud en España.

Llevamos un cuarto de siglo distinguiendo a los mejores científicos. No hay más que mirar la relación de los nombres galardonados para darse cuenta de que todos ellos están entre los mejores de nuestro país. El objetivo fundamental de estos premios es generar referentes en la sociedad, crear modelos para los más jóvenes.
Sin embargo, hace años nos dimos cuenta de que esta labor de reconocer a los mejores no era suficiente y decidimos poner en marcha varias iniciativas encaminadas a fomentar la ciencia y el pensamiento científico en la sociedad. Así nacieron, hace ya más de diez años, nuestras Citas con la Ciencia, un proyecto del que me siento muy orgulloso y que ha ido desarrollando temas tan relevantes como el fomento de las vocaciones científicas, la promoción de la lectura de libros de ciencia o la lucha contra la desinformación, entre otros. Merece la pena destacar también la iniciativa Ciencia con ciencia, que ha dado lugar a la publicación de tres libros, Enseñando ciencia con ciencia, Informando de ciencia con ciencia y Comunicando ciencia con ciencia, que son manuales prácticos, orientados a profesores de ciencias de primaria y secundaria, periodistas y divulgadores, respectivamente, con el objetivo de que su actividad esté basada en la mejor evidencia disponible y no solo en su buena voluntad, como suele ocurrir. Son manuales que, según sabemos, se están utilizando muchísimo en los colegios, en las facultades de ciencias de la información y por muchos divulgadores.
Los pilares de la Fundación Lilly son la ciencia, la medicina y el humanismo. ¿Cómo se articula esa triple misión y qué valor añadido aporta?
Desde el inicio de la Fundación Lilly fuimos conscientes de que estamos inmersos en un periodo de transformación que no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Los avances tecnológicos en áreas como la biomedicina, la bioinformática, la inteligencia artificial o la física son de tal calado que corremos el riesgo de generar una sociedad en la que solo prime lo tecnológico. Nos enfrentamos al riesgo de deshumanización de la ciencia y de la medicina, y por ello, en la Fundación Lilly intentamos que el enfoque humanista esté presente, de forma transversal, en todas nuestras actividades. Sin la visión humanista resultará imposible afrontar con éxito los retos que la sociedad tiene por delante. Creemos que deben eliminarse las fronteras artificiales que existen entre ciencias y humanidades, que la ciencia también es cultura, que las ciencias sociales merecen la misma consideración que las ciencias consideradas «duras» como la física, las matemáticas o las ciencias de la vida, y creemos también que el objetivo de entender el mundo solo puede lograrse con un enfoque integrado del conocimiento, donde las artes también deben tener un protagonismo esencial.
Sin la visión humanista resultará imposible afrontar con éxito los retos que la sociedad tiene por delante
Cuando estamos diseñando un nuevo proyecto, siempre intentamos que esté impregnado de humanismo. Por poner algunos ejemplos de dicha integración, uno de nuestros proyectos más importantes es el de Medicina Centrada en el Paciente, que trata de impulsar el humanismo médico en el mundo de la salud; o el ciclo Ciencia, Medicina y Humanismo, que organizamos desde hace tres años en colaboración con el Círculo de Bellas Artes y en el que, por poner el ejemplo de este año, hemos combinado conferencias sobre el cine y la ciencia, la ética de la inteligencia artificial o la ciencia del olfato. También tienen un claro componente humanista la Lección Magistral Andrés Laguna, en colaboración con la Universidad de Alcalá, en la que cada año reconocemos la labor de personalidades que se hayan caracterizado por su visión humanista de las ciencias. Y no quiero dejar de mencionar el número monográfico sobre ciencia que coordinamos desde hace ocho años en Revista de Occidente, un número que siempre incluye aspectos humanistas; o el libro Ciencia y filosofía, de José Manuel Sánchez Ron, que tuvo un enorme éxito.
¿Qué criterios guían la selección de iniciativas o proyectos que decide impulsar la Fundación Lilly?
Como puedes imaginar, son muchísimas las propuestas de colaboración que recibimos cada mes y no hay más remedio que priorizar. Uno de nuestros objetivos es que nuestros proyectos dejen huella en la sociedad y eso requiere que tengan continuidad. Nuestros grandes proyectos, como los Premios de Investigación; la iniciativa Medicina en Español (MEDES), que pretende impulsar nuestra lengua como vehículo de transmisión de la Medicina y de la Ciencia; la innovación en Educación Médica a través de una Cátedra con la Universidad Complutense de Madrid, o la Lección Magistral Andrés Laguna, llevan muchos años en marcha.
No somos una fundación cuyas actividades vayan adaptándose a las modas. Creemos que es preferible seguir profundizando en los temas mencionados. Por supuesto, también hacemos esfuerzos para modernizarnos e iniciar nuevos proyectos, pero esto último nos obliga a finalizar otros, ya que, como digo, la mayor parte de nuestro presupuesto está dedicado a los proyectos fundamentales.
En la selección de proyectos desempeñan un papel esencial nuestros órganos de gobierno, el patronato y el consejo científico. Tenemos la suerte de contar con patronos de un nivel intelectual y humano increíble, como Adela Cortina, Mariano Barbacid, Fernando Vallespín, Carmen Cafarell, Carlos Andradas, o Inés López Ibor, que reflejan esa visión integradora del conocimiento a la que me refería antes. Y el nivel de implicación de los miembros del consejo, todos ellos grandes científicos, es algo de lo que nos sentimos muy orgullosos. Hemos tenido la suerte de contar con Mariano Barbacid como presidente del consejo científico desde el inicio de la Fundación Lilly hasta hace dos años y actualmente el puesto lo ocupa Carlos López Otín, un sabio humanista que nos apoya generosamente y un maestro del que no dejamos de aprender.
Otra seña de identidad de la Fundación Lilly es la elección de buenos compañeros de viaje. Todas nuestras colaboraciones se llevan a cabo con instituciones muy prestigiosas en los campos en los que desarrollamos nuestras actividades. Por mencionar algunas de ellas, el CSIC, el Instituto Cervantes, la Fundación Ortega Marañón, FECYT, la Universidad de Alcalá, la Universidad Complutense, la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, el Ministerio de Ciencia, el Círculo de Bellas Artes, The Conversation, la Asociación Española de Comunicación Científica, la Sociedad Española de Educación Médica y, por supuesto la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular.
Los Premios Fundación Lilly de Investigación Biomédica reconocen trayectorias científicas de excelencia desde 2001. ¿Qué papel cree que juegan este tipo de galardones en el desarrollo de la ciencia en España?
Estamos muy satisfechos porque se han consolidado como uno de los premios de referencia en el panorama español. Creo que cumplen varias funciones. Ya se ha mencionado la más importante, que es visibilizar y premiar la labor de nuestros mejores científicos y crear referentes para los más jóvenes. Pero, además, es una forma de demostrar que España puede competir sin complejos con los mejores científicos del mundo. Este año, por ejemplo, hemos recibido casi cien candidaturas, la mitad de preclínica y la otra mitad en la categoría clínica. La selección de los finalistas es una tarea extremadamente difícil, pues se trata de investigadores cuyos méritos resultan difíciles de imaginar. Estamos hablando de investigadores cuyo factor de impacto, en muchos casos, está por encima de cien, que son referencias mundiales en sus campos de trabajo, que han sido capaces de crear grupos de investigación, de dejar huella, de conseguir ayudas internacionales de primer nivel. En fin, unos candidatos que siempre nos hacen reflexionar sobre el nivel científico que España podría llegar a tener si contásemos con unas infraestructuras y unas políticas científicas a la altura de otros países.
En su opinión, ¿qué dice el nivel de las candidaturas sobre el estado actual de la investigación biomédica en España?
La pregunta está muy relacionada con lo que acabo de comentar. El nivel de las candidaturas refleja el nivel de los científicos que están en el vértice de la pirámide, pero no refleja el nivel general de la ciencia en España. Tenemos investigadores que están en la élite mundial. Son los que reciben las ayudas europeas, los que están en los centros más prestigiosos, los que han sido capaces de crear grupos de investigación de excelencia, sin apenas recursos, los que publican en las mejores revistas, como Science o Nature. Tenemos ejemplos como el de Joan Rodés que, aparte de gran investigador, sigue siendo una referencia obligada cuando se habla de gestión moderna de la ciencia. Y tenemos a ejemplos de genialidad como el de Francis Mojica, que sin financiación y con un solo becario (en la mejor época), publicó su trabajo pionero sobre CRISPR.
Pero siempre me queda esa sensación un tanto agridulce de que, detrás de cada premio, hay un esfuerzo individual titánico, una persona excepcional que, a pesar de las circunstancias, fue capaz de llevar nuestra ciencia al máximo nivel. Y, desde luego, pienso que podríamos tener muchos más investigadores de este nivel si en España la ciencia importase más a nuestros políticos y gestores. Hay avances, pero no son suficientes. Tenemos más de 20.000 científicos españoles en el extranjero. Muchos porque quieren, pero otros muchos porque no pueden volver, porque nos faltan centros de investigación de nivel que puedan acogerles y garantizar un nivel de investigación como el que realizan fuera.
Pero no quiero caer en el pesimismo. Algo muy positivo que estoy viendo, cada vez con mayor frecuencia, es que hace dos décadas era fácil diferenciar los campos de trabajo de los candidatos. Estaba claro quién trabajaba en investigación preclínica y quién en clínica. Hoy en día, en muchos casos, la diferencia no es tan clara. Hay un predominio de investigación traslacional en la que los investigadores de preclínica tienen su punto de mira en una necesidad médica concreta; y grandes investigadores clínicos con un conocimiento profundo de la biología molecular. Parece que el famoso «valle de la muerte» de la investigación se va superando. Los premiados de este año son un buen ejemplo: la investigación de Ignacio Melero en el área de la inmunoterapia del cáncer es preclínica y clínica, y lo mismo puede decirse de María Victoria Mateos y su trabajo en el área del mieloma múltiple, reconocido en la categoría clínica, pero que no hubiera sido imposible sin su profundo conocimiento de los mecanismos moleculares de esa enfermedad.
La Fundación Lilly colabora con la SEBBM en el Premio a la Mejor Tesis Doctoral en Bioquímica y Biología Molecular. ¿Qué importancia tiene apoyar a los investigadores en las primeras etapas de su carrera?
Es fundamental apoyar a los jóvenes investigadores. Siempre se dice que son el futuro, pero yo creo que son el presente. La relación de la Fundación Lilly con la SEBBM viene de lejos. Se trata de la sociedad española más importante en el mundo de la investigación y la propuesta de crear un premio dirigido a jóvenes investigadores partió, hace casi veinte años, de Federico Mayor Menéndez, que es consejero de la Fundación Lilly desde su creación. Hace pocos años, bajo la presidencia de Isabel Varela, decidimos transformar el premio y otorgárselo a la mejor tesis doctoral. Creo que la decisión fue un acierto, pues para un investigador, la realización de la tesis es uno de los hitos principales de su carrera. Me consta que el jurado no lo tiene nada fácil por el gran nivel de los trabajos, pero con el premio pretendemos, sobre todo, reconocer y dar visibilidad al enorme esfuerzo que supone finalizar una tesis doctoral.
Este premio no es la única iniciativa de la Fundación Lilly destinada a jóvenes investigadores. Con el Premio Luis Felipe Torrente de Divulgación en Medicina y Salud, la Fundación Lilly-The Conversation quiere reconocer el trabajo de los jóvenes docentes o investigadores que dedican parte de su tiempo a divulgar el resultado de lo que hacen. Afortunadamente, los sistemas de evaluación de la ciencia empiezan a tener en cuenta esta importante labor. En ese sentido, la iniciativa de The Conversation es ejemplar. Su eslogan «rigor científico, oficio periodístico» resume a la perfección esa asignatura pendiente que aún tenemos en la comunicación de la ciencia.
La relación de la Fundación Lilly con la SEBBM viene de lejos. Se trata de la sociedad española más importante en el mundo de la investigación
¿Qué tipo de apoyo considera más transformador para una carrera científica, el reconocimiento, la financiación directa o la creación de redes?
Son tres aspectos complementarios. La financiación es la gran asignatura pendiente. Sin ella no se pueden crear redes ni llegar nunca el reconocimiento. Pero, nuevamente, no conviene simplificar y pensar que todo se arreglaría con financiación. La financiación sirve de poco si, en paralelo, no hay priorización, políticas científicas que creen más centros de referencia, planes de desarrollo de carrera, y si no hay políticos que entiendan que la ciencia y la tecnología son la base del progreso de las naciones, y no su consecuencia. Seguimos hablando de gasto en I+D y no de inversión en I+D+i. Sabemos lo que hay que hacer, pero no lo hacemos. Esa es nuestra tragedia y la causa de nuestra «media ciencia». Como decía el Premio Nobel Bernardo Houssay, «la ciencia no es cara. Lo caro es la ignorancia».

¿Qué campos de innovación en la investigación bioquímica prevé que se desarrollen más en los próximos cinco años?
Todo apunta a que los principales desarrollos estarán relacionados con un mejor conocimiento de la bioquímica y la biología molecular. Soy médico especialista en farmacología clínica, por lo que mi área de conocimiento está un tanto alejada de estos campos. Pero ya hemos comprobado a lo largo de la historia que los grandes avances médicos siempre han ido precedidos de saltos cualitativos muy importantes en campos básicos del conocimiento. Ha ocurrido en el área del cáncer, con la identificación de biomarcadores y el desarrollo de fármacos dirigidos frente a determinadas mutaciones, y estoy seguro de que ocurrirá con avances como la identificación de la estructura de las proteínas gracias a la inteligencia artificial (que fue considerado por la revista Science como el hito del año), las técnicas de edición genética o los enormes avances en el conocimiento de las tecnologías ARN.
El otro campo de avance es el de la inteligencia artificial. Estoy convencido de que, mucho antes de lo que pensamos, cambiará nuestra forma de vida. De momento solo estamos viendo una pequeña parte de su potencial. El último número de Revista de Occidente que tuve la oportunidad de coordinar trató precisamente sobre el tema de «Humanos mejorados». Los distintos expertos pusieron sobre la mesa las enormes oportunidades que tenemos por delante, pero también los retos, fundamentalmente éticos, que pueden derivarse de las nuevas tecnologías, tanto en los campos de la biología como en el de la inteligencia artificial. Lluis Montoliu, también consejero de la Fundación Lilly, un gran experto en bioética, en su libro No todo vale, desarrolla magníficamente este tema.
La financiación es la gran asignatura pendiente. Sin ella no se pueden crear redes ni llegará nunca el reconocimiento científico
¿Cómo cree que van a favorecer los avances de la IA a la investigación en general, y más en particular al campo de la bioquímica y la biología molecular?
La inteligencia artificial está impregnando todos los procesos de la investigación. Es una enorme oportunidad de mejorar nuestra eficiencia. Ya se utiliza sistemáticamente en muchos procesos de investigación, incluyendo la difusión de los resultados. Un alto porcentaje de los artículos científicos publicados hoy ya han utilizado la inteligencia artificial, lo que permite realizar en pocas horas el trabajo que hasta hace poco llevaba semanas o meses. Está claro que se ha convertido en una herramienta esencial para organizar la información existente, analizar grandes volúmenes de datos, desarrollar modelos y realizar predicciones. Pero tengo algunas dudas, quizás por desconocimiento, sobre su capacidad para innovar, para crear ideas radicalmente nuevas, que es donde empieza todo salto cualitativo en ciencia. Recientemente, la revista Nature publicó un artículo que ponía de manifiesto que los artículos que habían utilizado inteligencia artificial se publicaban en revistas con mayor factor de impacto, pero que el nivel de innovación era más bajo. Es decir, la IA parece una excelente herramienta para analizar y mejorar lo que ya hay, pero quizás no tan buena para «pensar». Y la ciencia es, sobre todo, pensamiento. Creo que ahí, la inteligencia humana aún está muy por delante. Pero quizás sea cuestión de tiempo que también nos adelanten en esto.
Mirando al futuro, ¿qué medidas considera prioritarias para garantizar que el talento joven en biomedicina pueda desarrollarse y consolidarse en España?
Las mismas medidas que para elevar el nivel de la ciencia en España. Poco después de su creación, la Fundación Lilly editó un libro sobre la ciencia en España donde se proponían soluciones concretas. En 2016 se publicó un segundo libro sobre el mismo tema titulado Reflexiones sobre la ciencia en España: cómo salir del atolladero. Los autores eran distintos de los del primer libro, pero las soluciones eran idénticas. Creo que no merece la pena seguir reflexionando ni publicando libros sobre este tema. Sabemos bien lo que hay que hacer, pero hay que hacerlo. Eso es todo.
¿Te gustaría añadir algún comentario final?
Quisiera finalizar agradeciendo a las personas que crearon la Fundación Lilly, a su equipo actual, formado por Cristina Rico, la actual gerente, y Paloma Bordona, coordinadora de proyectos, y al exgerente de la misma, Manuel Guzmán, por su excelente labor. Sin su trabajo diario, su enfoque en la excelencia y su ilusión, habría sido imposible tener una fundación como la que hoy tenemos.
