Acércate a...

Entrevista a Carlos Briones

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica?

R.- Como se ha dicho en muchas ocasiones, todos los niños nacen científicos… aunque luego sólo algunos siguen dedicando su vida a hacerse preguntas. En mi caso, desde pequeño me sentí muy interesado por lo que ocurría a mi alrededor, por el funcionamiento de una naturaleza siempre sorprendente. Mantuve esa curiosidad durante mis años de colegio y la fui incrementando en la educación secundaria, cuando empecé a entender algunos conceptos científicos. Así, a pesar de que también me gustaban las asignaturas de humanidades –sobre todo la literatura y la filosofía– y que estudiaba música desde hacía años, me decanté por lo que en mi época se llamaban las «ciencias puras» ya que necesitaba aprender más matemáticas, física, química y biología. Seguí cultivando otras aficiones, pero durante mis últimos años de secundaria decidí que «de mayor», quería ser científico. En esa decisión influyeron algunos profesores que tuve, sobre todo en física y en química, cuyas enseñanzas y consejos me han acompañado siempre. Vivía en Burgos, y allí estudié el primer ciclo de Ciencias Químicas.

Aquellos fueron años muy intensos en todos los sentidos, mientras la carrera que había escogido me iba enseñando las leyes fundamentales que gobiernan la naturaleza y qué fuerzas se esconden detrás del comportamiento de la materia. Me parecía que con la física y la química se podía explicar casi todo lo que ocurría a mi alrededor, o en los confines del Universo. Pero, ¿y los seres vivos, esos complejos agregados de moléculas que tienen capacidad de evolucionar?

Esa era una cuestión que me hacía pasar buenos ratos pensando y leyendo. En clase solía escuchar que las leyes de la termodinámica y la cinética dictan todo lo que le ocurre a una molécula, y también condicionan su relación con otras moléculas. De acuerdo, pero ¿qué lleva a una población de moléculas a originar sistemas fuera del equilibrio que son capaces de replicarse… y de evolucionar? ¿Está ese comportamiento escrito de alguna forma en los orbitales de las moléculas del sistema? Con ello, en el fondo me estaba preguntando –como tantos otros antes que yo– qué es la vida, y cómo se pudo pasar de la química a la biología en nuestro planeta… y quizá en muchos otros. Para intentar responder a esas preguntas me pareció que necesitaba aprender mucho más sobre los seres vivos, porque sólo me había aproximado en serio a ellos en primero de carrera, gracias a las clases que recibí de un estupendo profesor en la asignatura de Bioquímica. Por tanto, al terminar mi tercer curso decidí que la especialidad que debía cursar era Bioquímica y Biología Molecular.

Para ello me matriculé en la Universidad Autónoma de Madrid, y allí entré en contacto con grandes profesores, motivadores pero a la vez exigentes, que me enseñaron mucho y me hicieron seguir planteándome preguntas todos los días. Además, como decía quien luego fue mi director de Tesis en el Centro de Biología Molecular «Severo Ochoa»: «durante la carrera lo que mejor se debe aprender es el camino a la biblioteca». Un camino hacia delante, pero basado en lo que otros han descubierto y publicado en el pasado, que intento seguir recorriendo desde entonces.

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador?

R.- En mi opinión, un buen investigador tiene que seguir siendo ese niño del que hablábamos antes, en el sentido de no dejar de sorprenderse cada día al analizar la naturaleza. La curiosidad es el primer color que debe tener la paleta de cualquier científico. Pero además debe poseer otras características, entre las que destacaría la creatividad, capacidad de trabajo, constancia, visión interdisciplinar y facilidad para el trabajo en equipo. La creatividad es fundamental para ser capaz de plantearse preguntas diferentes a los demás, o para plantearlas de forma distinta a como lo hacen otros colegas. Y también lo es para intentar encontrar respuestas imaginativas o para combinar evidencias aparentemente inconexas pero que apuntan hacia un mismo lugar.

La capacidad de trabajo y la constancia son también imprescindibles, ya que por lo general no resulta fácil encontrar soluciones a los problemas que nos planteamos y se requieren muchas horas con la pipeta en la mano o tecleando en el ordenador para llegar al final del camino. Desde mi punto de vista también es importante enfrentarse a las preguntas relevantes utilizando una cierta dosis de interdisciplinariedad, que será mayor o menor en función del ámbito concreto en el que trabajemos. Así, es frecuente poder llegar más lejos –y hacerlo más rápido– si combinamos campos que pueden parecernos inconexos, como por ejemplo la biología molecular y la física de sistemas complejos, o la bioquímica y la ciencia de materiales. Esto requiere, lógicamente, colaborar con otros científicos formados en ámbitos diferentes y ser capaz de interaccionar fluidamente con ellos. Porque hoy en día todo trabajo científico es trabajo en equipo, y resulta imprescindible tener capacidad para integrarse en un grupo, aportando cada uno su visión y su esfuerzo.

Por tanto, si me pidieran algún consejo para un recién graduado que inicia ahora su carrera científica, le diría que intente desarrollar estas características… y todas las demás que le parezcan necesarias durante su vida científica. Que estudie y trabaje, y que disfrute con lo que hace. Además le recomendaría que tenga mucha paciencia, porque la vida de un científico no es fácil y además el día a día de cualquier investigador no siempre es tan sugerente como puede parecer antes de iniciarse en esta profesión.

P.- ¿Podría describirnos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia?

R.- Desde el año 2001 formo parte del Centro de Astrobiología (CAB), un centro mixto del CSIC y el INTA que está asociado al NASA Astrobiology Institute. Se trata de un centro de investigación muy interdisciplinar, en el que trabajamos juntos químicos, biólogos, geólogos, físicos, matemáticos e ingenieros. Dentro del CAB formo parte del Departamento de Evolución Molecular, donde dirijo el grupo de investigación llamado «Evolución Molecular, Mundo RNA y Biosensores». En ese nombre se resumen los intereses de mi línea de trabajo, derivada de la trayectoria científica que he seguido desde que realicé mi Tesis Doctoral y apoyada por las colaboraciones que mantenemos con otros grupos de investigación, tanto dentro como fuera del ámbito de la bioquímica y la biología molecular.

Así, uno de los temas en los que trabajamos es el del origen y la evolución temprana de la vida, en el contexto de la hipótesis conocida como «Mundo RNA». Nos interesa explorar las relaciones secuencia-estructura-función en el RNA y cómo las particularidades de este biopolímero le permitieron ser, muy probablemente, anterior a las proteínas y al DNA. Pero en esta aproximación no damos importancia únicamente a la replicación del material genético, sino que promovemos un planteamiento sobre el origen de la vida basado en la «química de sistemas prebiótica» en la que fueron también imprescindibles la formación de compartimentos proto-celulares y la aparición de las primeras vías metabólicas.

En cuanto a los sistemas actuales basados en RNA, hemos investigado sobre la dinámica replicativa de virus RNA que poseen estructura de cuasiespecie, entre ellos algunos de gran relevancia clínica como el virus de la inmunodeficiencia humana tipo 1 (HIV-1) o el virus de la hepatitis C (HCV), y otros de importancia en veterinaria como el virus de la fiebra aftosa (FMDV). En estos sistemas también estudiamos la estructura y función de determinados dominios de RNA presentes en los genomas virales, empleando metodologías bioquímicas y desde hace algunos años también la microscopía de fuerza atómica.

La investigación sobre las capacidades funcionales del RNA nos lleva a trabajar en el ámbito de la evolución in vitro de ácidos nucleicos, para desarrollar aptámeros con capacidad de unirse con alta afinidad y especificidad a diversos tipos de ligandos. Esto conduce a los aspectos más aplicados de nuestro trabajo, en los que desarrollamos aptámeros específicos frente a dianas moleculares de virus RNA–principalmente HIV-1 y HCV– con aplicabilidad en diagnóstico y terapia, así como frente a otras moléculas biomarcadoras de relevancia en biotecnología o astrobiología. Algunos de estos aptámeros son utilizables en sistemas biosensores alternativos a los tradicionales y con gran potencialidad de aplicación. Entre los biosensores con los que trabajamos destacan los microarrays, así como otros basados en desarrollos de la nanotecnología.

P.- ¿Cuál ha sido su mayor sorpresa en el área de investigación en que trabaja?

R.- En el ámbito de trabajo de la investigación sobre RNA, considero que la mayor sorpresa se produjo en 1982. Ese año el grupo de Thomas R Cech, trabajando con intrones presentes en genes del protista ciliado Tetrahymena thermophila, descubrió que algunos de ellos eran capaces de catalizar su propia escisión y la unión de los exones adyacentes, sin requerir ninguna actividad enzimática realizada por proteínas. Con ello se ponía de manifiesto algo totalmente inesperado: que el splicing puede ser auto-catalizado por el propio intrón. Dada su similitud con las enzimas proteicas, Cech acuñó el nombre de «ribozimas» para estos RNAs catalíticos. Pero la comunidad científica no estaba preparada para asumir que las funciones bioquímicas podían realizarse por otras moléculas además de las enzimas y –como suele suceder en casos similares– muchos investigadores desconfiaban de esos resultados tan revolucionarios.

Sin embargo, un año después el grupo de Sidney Altman descubrió que en la RNasa P de la bacteria E.coli –algo que posteriormente se demostraría para todos los organismos–, es la molécula de RNA y no la proteína de esta ribonucleoproteína la que realiza la función catalítica. A este segundo ejemplo de ribozimas naturales se irían sumando posteriormente otras seis familias, incluyendo el centro peptidil-transferasa de los ribosomas. Con ello, la capacidad catalítica del RNA se añadía a su función como archivo de información genética, evidente en los virus RNA y los viroides. Por tanto, quedaba demostrado que el RNA tiene la potencialidad para funcionar de forma similar a las proteínas y también al DNA: las evidencias experimentales para apoyar la hipótesis del «Mundo RNA» estaban servidas.

En aquellos primeros años 80 del siglo pasado yo aún estudiaba primaria, por lo que pasó mucho tiempo hasta que conocí estos descubrimientos y su relevancia. Ya en la época actual, otro avance que me parece muy importante en este campo se produjo en el año 2009, cuando el grupo de John D. Sutherland descubrió una nueva ruta para sintetizar ribonucleótidos de forma mucho más eficiente que las propuestas hasta esa fecha. Su hallazgo se basó en un planteamiento alternativo a los tradicionales y realmente original: no asumir que para originar ribonucleótidos sea necesario sintetizar primero sus componentes –base nucleotídica, ribosa y grupo fosfato–, sino imaginar rutas que parten de precursores moleculares muy simples y pueden generar el ribonucleótido de forma conjunta. Este descubrimiento permitió resolver uno de los principales problemas que tenía planteados el modelo del «Mundo RNA»: precisamente el origen de los monómeros de este biopolímero informativo y funcional. Con ello se ponía de manifiesto la importancia de la denominada «química de sistemas» en el ámbito del origen de la vida.

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance científico del siglo XX?

R.- Esta pregunta tiene muy difícil respuesta, ya que en cada campo que consideremos se podrían destacar dos o tres avances fundamentales realizados durante el siglo pasado, en el que se produjo un desarrollo científico y tecnológico espectacular. De hecho, escogiendo épocas consecutivas del siglo XX serían destacables grandes logros en la física, la química, la bioquímica y la biología molecular, la investigación espacial, o la ciencia de materiales y la nanotecnología.

Pero voy a escoger uno de tales avances, porque lo he conocido durante mi vida científica y me parece impresionante. Se trata de la convergencia que se ha producido a partir de 1990 entre dos campos desarrollados en paralelo desde dos décadas antes y que parecían inconexos: la nanotecnología y la biología molecular. Con ello, la capacidad de manipular la materia a escala nanométrica se ha combinado con el gran conocimiento acumulado sobre el funcionamiento de los seres vivos a nivel molecular, para originar un nuevo campo de investigación interdisciplinar que se conoce como «bionanotecnología».

Gracias a esta convergencia, hoy en día es posible visualizar, analizar, mover o hacer reaccionar entre sí biomoléculas individuales, mediante distintas variantes de tecnologías como la microscopía de fuerza atómica o las pinzas ópticas, entre otras. Así, por ejemplo, se está avanzando a gran velocidad en el uso del DNA como un bionanomaterial de propiedades sorprendentes, en la secuenciación de moléculas individuales de ácidos nucleicos, en el ensamblaje y manipulación de nanocontenedores para alojar fármacos u otras moléculas en su interior –lo que puede permitir algo tan deseado como la medicina personalizada–, o en el desarrollo de nanobiosensores con gran sensibilidad y especificidad.

De hecho, muchos científicos y tecnólogos trabajan ya en una extensión de esta convergencia de disciplinas, para englobar también las tecnologías de la información y la neurociencia. Con ello, la interacción»Nano+Bio+Info+Cogno», que se conoce como «Convergencia NBIC», permitirá a medio plazo avances sorprendentes en los ámbitos de la salud, el control medioambiental o los materiales inteligentes.

P.- ¿Qué camino queda por recorrer en Ciencia e Innovación en nuestro país?

R.- En España, el camino que se debe recorrer en el ámbito de la I+D+i es mucho más largo que en los países de nuestro entorno. En mi opinión, esto no se debe a que los científicos españoles sean menos creativos o trabajadores, sino a la falta de voluntad política para tomar las medidas necesarias. Considero que la base del problema está en que en nuestro país no se ha logrado un Pacto de Estado sobre dos aspectos fundamentales e interrelacionados: la educación y la investigación. Hasta ahora, los diferentes partidos políticos no han podido o no han querido llegar a acuerdos sobre estos temas, a pesar de que ambos son básicos para configurar nuestro presente y garantizar nuestro futuro. Así, tanto los sistemas educativos como las políticas en I+D+i han estado cambiando cada pocos años, con lo que antes de evaluar si funcionaban han sido sustituidos por otros.

Además, salvo algunos períodos en los que se ha incrementado la inversión en I+D+i, en general ésta ha sido muy escasa y hemos sufrido recortes de todo tipo. Como consecuencia, en la actualidad estamos muy lejos de dedicar a investigación el porcentaje del PIB que nos correspondería en función de los demás indicadores de desarrollo económico que definen a nuestro país. La peor consecuencia de esta política errónea ha sido –y sigue siendo– la constante salida de España de científicos jóvenes muy bien formados… no para hacer un buen postdoc en el extranjero y luego volver, sino para quedarse en el país de destino al resultar imposible regresar al nuestro para continuar aquí su carrera científica. Si el mayor capital que tiene un país es el humano, y ese capital es más valioso cuanto mejor están formadas las personas, algo debe de estar haciéndose muy mal para que España se descapitalice de una forma tan evidente.

De hecho, desde el Gobierno se ha llegado a decir recientemente que sólo los países ricos se pueden permitir gastar en ciencia… cuando los hechos demuestran que la realidad es precisamente la contraria: los países de nuestro entorno que son más ricos son aquéllos que más han invertido en ciencia durante las últimas décadas. Y ese es otro punto clave: la inversión en investigación ha de mantenerse durante décadas –y, en cualquier caso, durante más de los cuatro años que habitualmente dura una legislatura–para poder ver sus frutos científicos, que a su vez generarán productos tecnológicos con los que el país inversor recuperará –con creces– el dinero invertido. En la última frase he querido utilizar tres veces el verbo «invertir» y ninguna «gastar», por si algún futuro Ministro o Presidente leyera estas líneas, cosa improbable. En cualquier caso, la ecuación es sencilla: si en su primer término colocamos la inversión, al otro lado del signo de igualdad aparecerán conceptos como desarrollo económico, competitividad o empleo. Además, esta ecuación funcionaría igual de bien para nuestras administraciones públicas que para nuestras empresas privadas, también poco habituadas a la investigación.

Probablemente estas evidencias no han llegado lo suficiente a la opinión pública de nuestro país, que es la que en último término debe decidir el destino final de sus impuestos. Por ello considero fundamental que los investigadores participemos en actividades de divulgación de la ciencia: para que se asuma como una parte fundamental de la cultura –junto con las humanidades y las artes– y además para que se comprenda la relevancia práctica de nuestro trabajo. Si se hace buena divulgación el interés del público está garantizado, ya que en las encuestas suele manifestar su más alta valoración hacia los científicos…aunque quizá esto se deba a la simpatía y solidaridad que despiertan las especies en extinción.

En resumen, la ciencia no es sólo fascinante sino también muy útil, y la economía basada en el conocimiento funciona mucho mejor que la construida encadenando burbujas. A los científicos y tecnólogos que trabajamos en nuestro país –junto con gran parte de los que siguen expatriados– nos gustaría que nos dejaran demostrarlo.