Sembrando ciencia en tiempo hostiles: Científicas que abrieron camino
Con motivo del 8M, se organizó la actividad: "Mujeres, Ciencia y Cultura: Voces que transforman el saber", donde he participado hablando de tres científicas extraordinarias.

Por el 8 de marzo, quiero invitaros a recorrer conmigo un viaje por la historia de la ciencia en España a través de tres mujeres extraordinarias: Sara Borrell Ruiz, Gabriella Morreale de Castro y Margarita Salas Falgueras. Tres trayectorias distintas, pero un hilo común: la determinación de abrirse paso en un país y en un sistema científico que, durante décadas, no estaba pensado para ellas.

Cuando hablamos del 8M solemos pensar en reivindicación, en igualdad y en derechos. Pero también es un día para recordar historias, porque las historias nos ayudan a entender cómo hemos llegado hasta aquí. Hoy quiero recordar tres de esas historias. Tres historias de ciencia en España, protagonizadas por tres mujeres extraordinarias: Sara Borrell, Gabriella Morreale y Margarita Salas.

Tres científicas que trabajaron en campos cercanos —bioquímica, endocrinología, biología molecular— y que comparten algo más que una disciplina científica. Comparten contexto histórico muy similar: la construcción de la ciencia moderna en España durante el siglo XX, en un país marcado por una guerra civil, una dictadura y una lenta apertura internacional.

Estas tres mujeres no solo hicieron ciencia: ayudaron a crear el sistema científico español moderno.


1. Sara Borrell: hacer ciencia en la España de la posguerra

Empecemos con Sara Borrell Ruiz, nacida en Madrid en 1917.
Su vida está marcada por el contexto histórico de la España del primer tercio del siglo XX.

Sara creció en una familia liberal que apoyaba la educación de las mujeres, algo todavía poco frecuente en aquella época. Su abuela, Clementina Albéniz, había sido maestra en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, una institución que defendía el acceso femenino a la educación superior. Pero, cuando Sara quiso estudiar ingeniería agrónoma, se encontró con el primer obstaculo: las mujeres y la ingeniería no casaban bien en esa época, y no fue aceptada, lo que refleja claramente las limitaciones educativas que todavía existían en la España de los años treinta. Ante ese obstáculo decidió estudiar Farmacia en la Universidad de Madrid en 1933

Tres años después estalló la Guerra Civil española (1936-1939). Sus estudios se interrumpieron, y el final de la guerra trajo además represión política: su padre, que había pertenecido a Izquierda Republicana, fue encarcelado durante los primeros años de la dictadura franquista. A pesar de ese contexto extremadamente difícil, Sara Borrell se licenció en 1940 y obtuvo el doctorado en 1944, con una tesis sobre la composición de las aguas del río Tajo. Durante los años cuarenta comenzó su carrera científica en un país científicamente aislado. La dictadura franquista había provocado el exilio de muchos científicos y la investigación española atravesaba una etapa de reconstrucción.

Aun así, Sara Borrell logró abrirse camino. Trabajó como profesora en la Facultad de Farmacia y posteriormente ingresó como investigadora en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en 1949. Uno de los aspectos más interesantes de su carrera es su formación internacional, algo esencial para la modernización de la ciencia española.

Entre 1946 y 1953 trabajó en varios centros internacionales:

  • el Hanna Dairy Research Institute en Escocia
  • el Dunn Nutritional Laboratory de Cambridge
  • el Courtauld Institute for Chemistry en Londres
  • y el Worcester Foundation for Experimental Biology en Estados Unidos, donde trabajó con Gregory Pincus, uno de los futuros desarrolladores de la píldora anticonceptiva.

A su regreso a España, fue invitada por el médico y científico Gregorio Marañón a incorporarse al Instituto de Endocrinología Experimental.  Allí se especializó en el estudio bioquímico de las hormonas esteroideas, convirtiéndose en una de las primeras expertas españolas en este campo. En 1963 fue además miembro fundadora de la Sociedad Española de Bioquímica, que años más tarde pasó a incluir en su nombre la Biología Molecular, disciplina donde fue puntera la tercera científica de este artículo.

Su carrera muestra algo muy importante: aunque trabajó durante décadas en un entorno dominado por hombres, formó a nuevas generaciones de investigadores y ayudó a consolidar la bioquímica en España, pero no recibió en vida ningún reconocimiento por ello. Hoy su legado continúa en algo que muchos jóvenes investigadores conocen bien: los contratos posdoctorales Sara Borrell, que llevan su nombre en homenaje a toda la labor que no fue reconocida en su momento.


2. Gabriella Morreale: ciencia para mejorar la salud pública

La segunda historia comienza en Milán, en 1930.

Gabriella Morreale nació en una familia de científicos: su padre era biólogo y diplomático y su madre también trabajaba en biología y museología científica. Su infancia fue internacional —vivió en Viena y Baltimore— hasta que su familia se instaló en Málaga en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial y en la España de la posguerra.

Estudió Química en la Universidad de Granada, donde realizó su tesis doctoral sobre un problema sanitario muy grave en la España rural: el bocio endémico, causado por déficit de yodo. En su investigación demostró que la falta de yodo en determinadas regiones, como las Alpujarras, estaba directamente relacionada con la aparición de esta enfermedad.

Este trabajo sería el comienzo de una carrera dedicada a entender el papel de las hormonas tiroideas en la salud humana. Tras una estancia postdoctoral en Leiden, en los Países Bajos, se incorporó en 1958 al CSIC junto con su marido y colaborador científico Francisco Escobar del Rey. Desde entonces desarrollaron una carrera científica conjunta que transformó la endocrinología española.

Entre sus principales descubrimientos están:

  • Demostrar que la hormona tiroidea T4 se convierte en T3, la forma activa de la hormona.
  • Demostrar que las hormonas tiroideas maternas atraviesan la placenta y son esenciales para el desarrollo cerebral del feto

Pero quizá su contribución más conocida es una que millones de personas han experimentado sin saberlo. En los años 70 introdujo en España la llamada “prueba del talón”, una prueba neonatal que permite detectar precozmente el hipotiroidismo congénito. Gracias a esta prueba, miles de niños han podido recibir tratamiento temprano y evitar discapacidad intelectual grave. Esta prueba actualmente se realiza para detectar multiples enfermedades, pero, es importante destacar que no en todas las comunidades autónomas se estudian las mismas enfermedades. Por lo que, dependiendo donde nazcas, tu futuro puede ser muy diferente, creando desigualdades entre regiones.

Continuando con el trabajo de Morreale, después de este inciso reivindicativo, ella también contribuyó a promover el uso de sal yodada en España para prevenir enfermedades asociadas a la falta de yodo. Es decir, su investigación no solo fue relevante desde el punto de vista científico, sino que tuvo un impacto directo en la salud pública de todo un país.

A nivel institucional también fue una figura clave: fue jefa de la Sección de Estudios Tiroideos del Instituto Gregorio Marañón y participó en la creación del Instituto de Investigaciones Biomédicas Alberto Sols, y que actualmente recoge también su nombre como IIBM Sols-Morreale, lugar donde yo ahora realizo la tesis doctoral.

Y cuando en 1970 se creó la categoría de profesora de investigación del CSIC, ella era una de las cinco mujeres que ocupaban ese puesto en biomedicina, apenas un 8% del total. Un dato que nos recuerda cómo era la presencia femenina en la ciencia española en aquel momento, cómo hemos avanzado, pero donde todavía hay trabajo por hacer para mejorar los números y la presencia femenina en las categorías superiores.


3. Margarita Salas: la revolución de la biología molecular

La tercera historia pertenece a quizá una de las científicas más conocidas por la población general e internacionalmente.

Margarita Salas, nacida en 1938 en Asturias. Estudió Química, y en el verano entre tercero y cuarto asistió a una charla de Severo Ochoa. Momento que ella cuenta que significó un cambio en su perspectiva futura, ya que le abrió un camino nuevo la fusión de la Química con la Biología. Además, tras hablar con Ochoa, le recomendó que fuera al laboratorio de Alberto Sols. Ella feliz por fusionar dos de sus pasiones, se topó con una realidad dura: sus resultados y planteamientos eran invisibles a los ojos de Sols por el hecho de ser mujer, mientras prestaba atención a sus compañeros varonos. Allí, conoció a Eladio Viñuela, que después se convertiría en su marido.

Pero el momento decisivo de su carrera llegó cuando viajó a Estados Unidos para trabajar con  Severo Ochoa en la Universidad de Nueva York, junto con su marido. Allí, dejó de ser invisible y fue valorada. Se formó en un campo emergente: la biología molecular, campo que trajo a España en los años sesenta cuando volvió, ya que prácticamente no existía todavía en nuestro país.

Junto con su marido,  creó uno de los primeros grupos de investigación en este campo en el Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC. Pero, de nuevo en España se topó con el machismo, y el reconocimiento de los resultados era para su marido, y no para ella. Por ello, en un momento dado, Eladio decidió separarse de esa línea de investigación y empezar a estudiar otro virus, el de la peste porcina. Como comentario personal, a veces el «pequeño» acto de apartarse y dejar brillar, marca una gran diferencia.

Posteriormente continuó su carrera en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, donde continuó su investigación más famosa: el estudio del bacteriófago phi29. De ese trabajo surgió uno de los descubrimientos más importantes de la biotecnología española: la ADN polimerasa del virus phi29, una enzima capaz de amplificar pequeñas cantidades de ADN de forma rápida y fiable. Esta herramienta se utiliza hoy en día en genética, diagnóstico molecular y biotecnología. Y, de hecho, mientras estaba vigente fue la patente más rentable para el CSIC. 

Pero Margarita Salas no solo fue una investigadora brillante. También fue una líder científica. Dirigió más de 40 tesis doctorales, publicó más de 200 artículos científicos y presidió la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular entre 1988 y 1992. Fue además la primera mujer científica elegida miembro de la Real Academia Española, ocupando el sillón “i”.

Y siempre defendió una idea muy clara: “Un país sin ciencia es un país sin desarrollo”.

Frase que actualmente con el contexto nacional y, en especial, a nivel global toma, incluso, mayor importancia.


4. Un hilo común: construir la ciencia en España

Si miramos juntas las trayectorias de Sara Borrell, Gabriella Morreale y Margarita Salas vemos algo fascinante.

Son tres científicas que contribuyeron a construir la ciencia española moderna. Las tres trabajaron en contextos en los que las mujeres eran minoría en la ciencia, y aun así no solo hicieron investigación de primer nivel, sino que crearon escuelas científicas y formaron nuevas generaciones.

Como pequeño paréntesis, también me gustaría mencionar, aunque ya esbozado en cada una de las historias de estas mujeres, es el contexto socioecónomico del que provenían. Las tres tuvieron la suerte de nacer en familias cuyos padres poseían estudios, y apoyaban la educación en las mujeres. Hecho muy poco común en la época, y que afortunadamente ha cambiado drásticamente en los últimos años en España. Aquí se juntan dos factores, la economía: no solo las personas de familias acomodadas se pueden permitir ir a la Universidad, y lo social: las mujeres podemos y vamos a la Universidad, y, de hecho, en muchas carreras representamos el porcentaje mayor.


5. ¿Dónde estamos hoy?

En España hoy las mujeres representan aproximadamente la mitad del personal investigador en etapas iniciales de la carrera científica, especialmente en áreas como biomedicina o ciencias de la vida.

Como adelantaba, según el informe Científicas en cifras de 2025 del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, el 57 % del alumnado de grado y el 56.4 % del de máster corresponde a las mujeres. Esto no es igual en todas las disciplinas, por ejemplo, las relacionadas con la salud tienen incluso mayor presencia femenina, mientras que algunas ingenierías o arquitectura, la presencia es menor pero sigue creciendo. Recordemos que a Sara Borrell, no se le permitió estudiar Ingeniería Agrónoma, para poner en contexto estos datos.

Lamentablemente, aunque existe esa paridad al inicio, no se observa lo mismo según se avanza en la carrera investigadora, donde solo el 27 % de las cátedras y rectorados lo ocupan mujeres. Este fenómeno se conoce como “efecto tijera” en las carreras científicas. Según el informe, se estima que para llegar a esta paridad aún quedan 15 años… Y, lo que más me ha sorprendido, es que esta estimación para las que nos dedicamos a Ciencias Naturales tendremos que esperar 25 años, y si ya este dato es desgarrados, para el ámbito de Ciencias Médicas y de la Salud la espeluznante cantidad de 55 años. Y yo me pregunto, ¿por qué en estas ramas, donde las aulas de las facultades están llenas de rostros femeninos, son contra toda lógica en las que menos se progresa en la paridad en los puestos superiores?

Cuando hablamos de ciencia solemos pensar en descubrimientos, laboratorios o artículos científicos. Pero la ciencia también es una historia humana. Una historia que está hecho por mujeres también, y que gracias a grandes mujeres hemos avanzado enormemente. Hace un siglo la realidad era muy diferente a la de ahora, pero espero que no tengamos que esperar otro siglo para ver una igualdad real en todos los estamentos.