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Entrevista a Ricardo Flores Pedauyé

P.- ¿Le influyó alguien de forma especial? ¿Recibió de joven algún consejo al cuál siga siendo fiel?

R.- Me influyeron varios mentores, unos más próximos (V. Conejero) y otros más a distancia, unos nacionales y otros foráneos (J.S. Semancik). De alguien de ellos aprendí que una vez seleccionado un tema de investigación era necesario abordarlo en su conjunto y no desde la perspectiva particular en la que uno es especialista. Y como corolario de lo anterior, que era aconsejable colaborar con investigadores de un perfil complementario al propio más que con aquellos que se mueven en nuestras mismas coordenadas. Esta recomendación me ha sido muy útil a lo largo de mi carrera profesional y me permito brindársela a quienes se encuentran en etapas iniciales de la suya.

Otro consejo que me gustaría transmitir a jóvenes investigadores es la necesidad de adquirir una buena formación básica en su disciplina, tratando de entender el fundamento de lo que hacen cada día en el laboratorio y no siguiendo meramente las instrucciones de un estuche de reactivos (alguien ha dicho muy acertadamente que la actual es la generación-kit). Sin entender los fundamentos, aún teniendo una buena idea, no pueden introducirse los cambios necesarios para verificarla (o refutarla).

No hay dos sin tres. Mi tercer consejo lo tomo de N. Cozzarelli, que recomendaba a un científico en ciernes desarrollar sus habilidades comunicativas: «Si usted tiene éxito en ciencia, una parte muy importante de su tiempo la empleará escribiendo, leyendo, hablando, escuchando». Un artículo científico pertenece al género ensayo, y quien no lee ensayos en su propio idioma no puede pretender escribirlos en otro foráneo (inglés). La escritura de un artículo es la culminación de un trabajo experimental (y el único registro que finalmente queda del mismo), por lo que es crucial prestarle la debida atención y esfuerzo, y obtener el correspondiente goce como compensación (aunque en este último punto no coincidan algunos, que abordan la escritura como un auténtico suplicio). Dos citas a este respecto. La primera demanda claridad y fluidez: «No hay forma prosa más difícil de entender ni más tediosa de leer que la de un típico artículo científico» (F. Crick). La segunda además de claridad reclama honestidad y, por cierto, de una forma muy contundente: «Tras un párrafo opaco siempre se oculta un ignorante o un delincuente» (P. Medawar).

P.- ¿Podría resumirnos brevemente su trayectoria profesional?

R.- Escoger una línea de investigación es posiblemente la decisión más difícil de una carrera científica, que además se toma cuando aún se carece de madurez adecuada. Afortunadamente la mayoría de las líneas, abordadas con empeño y dedicación, proporcionan gratificaciones intelectuales más que suficientes. Yo creo que tuve particular suerte en mi elección inicial. Cuando terminé mi tesis doctoral sobre la purificación y caracterización de un virus de plantas, decidí hacer el posdoctorado en la Universidad de California, Riverside (con J.S. Semancik), sobre un tema entonces emergente, los viroides, a quienes me he mantenido «fiel» el resto de mi carrera. Aparte de su interés inicial como causantes de enfermedades en plantas, los viroides tienen propiedades únicas que los hacen extremadamente atractivos desde el punto de vista de la biología molecular del RNA y del origen de la vida en la Tierra (ver más abajo, así como el artículo de divulgación que acompaña a esta entrevista).

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador?

R.- No tengo dudas al respecto: pasión y tenacidad. Ninguna labor creativa de cierto valor (ni en ciencia ni en arte) puede llevarse a cabo sin ellas. Con respecto a la primera, S. Ramón y Cajal dijo: «En la ciencia, como en la vida, el fruto viene siempre después del amor» (que me atrevo a apostillar, tiene un fuerte ingrediente de pasión). En este mismo contexto Darwin (creo que en su autobiografía) escribió que no se consideraba más dotado intelectualmente que la mayoría de sus colegas, pero que sí que sentía una particular pasión por su trabajo. Por otra parte, la tenacidad es necesaria para seguir investigando cuando las cosas no están claras. Un conocido virólogo (V. Racaniello) ha hecho propia una máxima de San Francisco, que la transcribo en su versión original italiana: «Tanto sa ciascuno quanto opera». A propósito, la fase de la investigación en que «las cosas no están claras» debe saborearse porque es quizás la más apasionante: esa etapa cuando se vislumbra la solución pero aún no se tiene la respuesta «definitiva» (que en ciencia no es tal sino, como bien sabemos, provisional y temporal; si algo enseña nuestra profesión es humildad). Una vez se alcanza dicha respuesta desaparece el hechizo y hay que buscar una nueva pregunta para reiniciar el ciclo. Todo esto no excluye disfrutar del hallazgo final: «No hay nada como el momento del eureka, de descubrir algo que nadie sabía antes; no lo compararé con el sexo, pero dura más» (S. Hawking).

En mi opinión un buen científico debe disfrutar del «día a día» de su laboratorio como el simple revelado de un gel que muestra unas bandas de proteínas o de productos de PCR bien resueltas y definidas. Si no se disfrutan los pequeños resultados diarios se pierde uno de los mayores placeres que proporciona esta profesión, lo que muy expresivamente se denomina en inglés to have fun.

P.- ¿Podría describirnos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia?

R.- El trabajo de mi laboratorio se ha centrado en la estructura, función y evolución de los viroides, que a pesar de su nombre, difieren en estos tres aspectos de los virus. Los viroides son el peldaño inferior de la escala biológica: pequeños RNA circulares de tan solo 250-400 nucleótidos, que aún careciendo de capacidad codificante (todos los virus dirigen la síntesis de una o más proteínas propias), infectan ciertas plantas. Además, algunos de estos RNAs muestran actividad catalítica, es decir, se pliegan (de manera similar a como las proteínas enzimáticas adoptan su estructura tridimensional catalíticamente activa) formando ribozimas que median su replicación. Esta propiedad de los viroides, junto a su simplicidad estructural y falta de capacidad codificante, ha conducido a considerarlos fósiles moleculares del «Mundo de RNA» que se presume precedió a nuestro mundo actual basado en el DNA y las proteínas.

Como puede intuirse, los viroides permiten adentrarse en varios campos de la Biología Molecular, y muy en particular, en el que se centra sobre el RNA, esa macromolécula que del modesto papel que inicialmente se le asignó de mero transmisor de la información genética entre el todopoderoso DNA (the almighty DNA, como muy acertadamente alguien lo ha calificado) y las versátiles proteínas, ha pasado a ocupar un papel regulador central en la expresión de dicha información. Por razones técnicas una parte muy importante de los estudios moleculares sobre el RNA se ha hecho (y aún se hace) con RNA renaturalizado después de un tratamiento térmico. Sin embargo, en la mayoría de los casos no sabemos si el RNA se renaturaliza adoptando una única conformación ni si esa conformación es la biológicamente relevante. Los plegamientos no nativos del RNA son frecuentemente muy estables y suponen una seria barrera cinética para muchos RNAs que han sido desnaturalizados. Incluso los transcritos in vitro no desnaturalizados, que se emplean con mucha frecuencia porque son fáciles de preparar, pueden no adoptar la conformación fisiológica. Todo esto sin contar que ciertos RNAs necesitan unirse a proteínas para mantener su conformación activa, que puede alterarse al eliminar dichas proteínas. Así pues son necesarias pruebas genéticas o filogenéticas que complementen los datos bioquímicos. Los RNAs viroidales, con una gran cantidad de información genética compactada en un pequeño tamaño, son sistemas modelos muy apropiados en este contexto. Es importante tener además en cuenta que la estructura del RNA no sólo está mantenida por interacciones canónicas (pares Watson-Crick) sino por muchas otras no canónicas.

Adicionalmente a su interés académico, los viroides causan enfermedades en plantas de gran importancia económica (patata, tomate, cítricos, etc.), por lo que su estudio también tiene una vertiente aplicada. Descubrir un nuevo patógeno, un viroide en este caso, y confirmar para el mismo los postulados de Koch tiene un encanto especial, que se incrementa aún más si uno lo desentraña (lo secuencia) y lo bautiza, con lo que en cierto modo pasa a ser «suyo». A propósito, de forma paralela a como el primer ejemplo de virus -el causante del mosaico del tabaco- se describió en el mundo de las plantas (encontrándose posteriormente virus que infectan todo tipo de células, incluidas las más sencillas, los micoplasmas), el primer ejemplo de patógeno subviral con replicación autónoma -el viroide causante del tubérculo fusiforme de la patata- también se describió asociado al mundo de las plantas, que a lo largo de la historia de la Biología ha sido una fuente de nuevos conceptos (sin ir muy lejos, pensemos en la Genética). Este viroide fue el primer patógeno de eucariotas secuenciado, no vía cDNA sino por secuenciación directa (un auténtico rompecabezas que mereció la portada de Nature en 1978), abriendo en cierto modo la era genómica. No se han descrito por el momento viroides en animales (quién sabe si los estudios de metagenómica nos depararán alguna sorpresa), aunque el RNA del virus de la hepatitis delta humana muestra notables paralelismos con los viroides. Los descubridores de este agente, al constatar que sus propiedades tan peculiares no tenían parangón en el mundo animal, tornaron su mirada hacia las plantas y se dieron de bruces con los viroides. A partir de lo que se conocía sobre éstos, conjeturaron que el RNA del virus de la hepatitis humana podría replicarse de forma similar: por un mecanismo de círculo rodante que en algunos de los viroides está mediado por ribozimas. Acertaron de pleno y descubrieron una nueva clase de ribozimas muy importantes en Biotecnología. Otra reiteración de lo que decía más arriba: conceptos nuevos descritos en la Biología Vegetal han precedido e iluminado el camino a la Biología Animal. Sigue siendo importante financiar la investigación en plantas per se, además de por sus potenciales beneficios prácticos. 

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance científico del siglo XX?

R.- En Biología el descubrimiento del DNA como soporte de la información genética (por el grupo de O. Avery, un científico ejemplar no suficientemente reconocido) y la elucidación de su estructura (por J. Watson, F. Crick, R. Franklin and M. Wilkins). Más recientemente el descubrimiento de los priones (por S. Prusiner) ha proporcionado otra de esas grandes sorpresas que, dicho sea de paso, siempre acompañan a la buena ciencia. En palabras de R. Wickner (que descubrió los priones en levadura): «Así como ciertos RNAs funcionan como enzimas (las ribozimas), ciertas proteínas (los priones) funcionan como genes «codificando» la conversión de la isoforma normal en la patogénica». Puesto de otra manera, los priones «se replican» sin un soporte de ácido nucleico, un concepto aún más rompedor que el de las ribozimas, que arrumbaron el viejo dogma de la Bioquímica: todas las enzimas son proteínas.

Más allá de la Biología, los principales avances científicos del siglo XX han sido la Teoría Cuántica y la Cosmología en Física, y la Tectónica de Placas en Geología. En Química no me atrevo a concretar tanto, pero pensemos por un momento cómo podría alimentarse el mundo sin la fijación del nitrógeno atmosférico mediante la síntesis de Haber-Bosch.

Plinio escribió: «Después de observar la Naturaleza debo reconocer que nada increíble puede pensarse de ella». Es decir, que es capaz de todo, y que recompensa a quien la estudia con continuas nuevas sorpresas. Plinio también dejó escrita otra frase que a mí me gusta particularmente y que he citado en numerosas ocasiones. «En ningún lugar se encuentra la Naturaleza en toda su plenitud como en sus criaturas más pequeñas». Estoy convencido de que al gran naturalista romano le hubiera encantado saber de los viroides. Para redondear su vida de compromiso con la ciencia, Plinio murió víctima de su propia curiosidad observando «en directo» la erupción del Vesubio del 79 D.C. que lo enterró junto a Pompeya y Herculano. La mejor de las muertes imaginables para un científico.