Acércate a...

Entrevista a Oscar Fernández-Capetillo

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica? ¿Le influyó alguien de forma especial? ¿Recibió de joven algún consejo al cual siga siendo fiel?

R-.Ser científico es ser curioso por naturaleza, inquieto y con ganas de aprender. No tuve ninguna revelación particular, creo que simplemente nací así. Me hago tantas preguntas que muchas veces pierdo buenas ideas porque otras mucho peores ya han ocupado su lugar. Por suerte, aunque a trompicones, vamos avanzando. Redescubrir una buena idea siempre me hace reirme de mí mismo, tengo muchísimos defectos incluyendo una cabeza de lo más despistada y mis pobres estudiantes bien lo saben…

Si tengo que poner un referente lo tuve en un hermano de mi madre, mi tío Carlos Ruiz Amador. Carlos era como mi hermano mayor, nos parecíamos mucho aunque él siempre fue mucho más inteligente que yo, y tenía las ideas muy claras. Alguien que abandona las matemáticas con la carrera terminada para hacer psicología y ayudar a los niños con problemas de aprendizaje es uno en una generación. Su ejemplo me servía de estímulo, de rol, y su pérdida me ha dejado una herida que no va a cicatrizar jamás.
El mejor consejo que jamás he recibido es el de que siempre hay que tratar de estar en un sitio en donde uno se sienta el más tonto. Dicho de otra forma, siempre hay que estar en algún sitio dónde puedas aprender de tus colegas. En el momento en el que eso ya no sea cierto, es hora de partir.

 P.- ¿Podría resumirnos brevemente su trayectoria profesional? ¿La repetiría en su totalidad? 

R-.Mi trayectoria profesional ha sido un poco errática hasta encontrar un poco el rumbo. De hecho, quizás lo que acabo de decir sea un eufemismo. Mi carrera, y mi vida en general se han ido perfilando de manera bastante fortuita. Antes de empezar me gustaban más las matemáticas y la física que la biología. Sin embargo, el cáncer ya me había dado unos cuantos golpes y en el mismo momento de echar los papeles creí que merecía la pena intentar hacer algo en biomedicina. Después de estudiar Bioquímica en la UPV, tenía claro que quería conocer el mundo, marcharme a otro país. Así, se me ofreció la oportunidad de hacer la tesis en el EMBL con Wilhem Ansorge, que por aquel entonces diseñaba instrumentos para Biomedicina. Cómo me gustaba mucho la electrónica y cacharrear, algo que me venía de mi abuelo, lo tenía claro. Sin embargo, ese agosto recibí una carta del Gobierno Vasco por la que se me concedía una beca para hacer la tesis en la UPV. Curiosamente, los papeles de esa beca los había enviado sin yo saberlo la que hoy es mi mujer y colaboradora científica, Matilde Murga. Supongo que una tesis en el EMBL hubiese sido emocionante, pero lo que gané quedándome en la UPV lo llevaré conmigo para siempre.

En la Universidad hice la tesis con Ana Zubiaga, que acababa de llegar poco antes de hacer un postdoctoral en Harvard. Por aquellos años esto sonaba a música celestial en la Universidad, y además con Ana siempre hubo muy buen feeling personal. Con las dificultades propias de iniciar un laboratorio de modelos animales en la Universidad, esos años crecí muchísimo como investigador. Ana es una científica íntegra, y muy vocacional. Bajo su tutela aprendí a hacer ciencia rigurosa y de calidad, y creo que sentó las bases de lo que esencialmente hoy soy como científico. También he de reconocer que a veces la falta de medios hacía que me aburriese un poco científicamente, y esa época me derivó hacia otros derroteros que casi me alejan de la ciencia para siempre. Aprendí de bolsa en los inicios de internet, lo que me hizo convertirme en un asesor bursatil para una empresa de Zaragoza, y sé que Ana sufría al verme leer El Economist en vez de Nature. También empecé a estudiar Ingeniería Informática, simplemente quería entender cómo funcionaba un ordenador. Una vez lo entendí, me pareció aburrido y lo dejé. Acabada la tesis, quise dejar la ciencia y dedicarme a hacer dinero fácil de maneras varias. Pero Matilde insistió y me dijo que hiciese un postdoc. Sus palabras fueron: «si esto no te llena, lo dejas. Pero quiero que lo intentes una vez más».

En 2001 y con 0 euros en la cuenta marchamos para el NCI a hacer un postdoc. Mi elección de mentor fue lo más arbitraria y menos romántica que pueda existir. De las entrevistas que hice, André Nussenzweig simplemente me cayó muy bien, y creí que era un tipo muy inteligente del que seguramente -no sabía bien cómo- pero iba a aprender muchas cosas. No me equivoqué ni en una cosa ni en la otra. En tres años en el NCI aprendí mucho sobre los mecanismos de reparación del ADN. Me pareció fascinante que el daño en el ADN fuese fuente de cáncer y envejecimiento, y suficiente cómo para finalmente decidirme a que eso es lo que quería hacer. A finales de 2004 María Blasco me sugirió que aplicase a una plaza en el CNIO. Era un reto porque yo era un yogurín científico, pero tenía mucha ilusión por rodearme de científicos prestigiosos y ver qué podía aprender allí. Y allí sigo todavía, ¡lo que quiere decir que sigo aprendiendo mucho!

Si volviese a empezar, por supuesto no repetiría nada de lo que he hecho. Si me diesen 10 vidas, las viviría de 10 formas diferentes.

 P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador? ¿Qué consejo daría a los que ahora inician su carrera científica?

R-.La principal es la de tener claro que no tenemos ni idea de nada. Incluso los modelos más establecidos en cualquier campo, son susceptibles de estar mal. Y con esa mente abierta hay que ponerse a trabajar. Descubrir no es ir a donde nadie ha ido ya. Yo más bien creo que descubrir es ponerse a mirar el mismo cuadro en donde todos están mirando, y sacarle una nueva interpretación. Hay que dejar la mente en blanco y tratar de entender el problema desde fuera, desde cómo lo ve un niño. La sofisticación no vale más que para enmarañar problemas simples. Un buen científico debería de ser capaz de explicarle lo que hace a cualquier persona.

Otra característica que creo es esencial es que hay que apuntar al cielo, y que luego los experimentos te pongan en contexto. Quiero decir que siempre hay que tratar de hacerse preguntas ambiciosas, que respondan conceptos importantes. La ambición es lo que nos hace romper fronteras. Siempre hay que sentir que uno está un poco perdido en sus proyectos. Si no lo está y lo comprende todo, es que no está haciendo ciencia de frontera.

Finalmente, creo que es esencial entender que la investigación es algo errático. De cada 100 ideas que tenemos, 80 seguramente estarán mal, 10 no las podamos hacer, 5 no las podamos reproducir, y del 5% restante sólo el tiempo dirá si realmente son preguntas que merecieron la pena hacerse. Entender la ciencia como proyectos, que hay que completar por imperativo legal o por publicología me parece pervertir este trabajo.

A los que ahora inician su carrera científica les diría que se conviertan en científicos, y no en publicólogos. Existe una deriva peligrosa hacia dirigir a los estudiantes hacia cadenas de producción de artículos, y creo que eso les hace perder el foco de lo que realmente es ser genuinamente un investigador: un explorador.

P.- ¿Podría describirnos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia? ¿Cómo ve el futuro de esta área científica?

R-.Mi línea de trabajo se centra en tratar de entender cuál es el papel del daño en el ADN en procesos cómo el cáncer y el envejecimiento. En concreto, y de todas las fuentes de daño en el ADN que existen, nuestro laboratorio se centra en una fuente muy particular que se llama «estrés replicativo» y que es un tipo de daño genómico que se genera cada vez que una célula replica su genoma. A diferencia de otros tipos de daño más conocidos cómo el estrés oxidativo o los telómeros erosionados, esta fuente de daño es relativamente nueva, y creo firmemente que es potencialmente una de las fuentes endógenas de daño más relevantes para los organismos vivos. La trascendencia se la da el hecho de que, si pudiesemos entender y manipular cómo los animales respondemos a estrés replicativo, cabe la esperanza de que este conocimiento se pueda traducir en estrategias para el tratamiento del cáncer y/o la extensión de nuestra esperanza de vida.

El futuro de esta área científica lo veo muy prometedor, creo que puede revelarnos conceptos fundamentales que van más allá del individuo, llegando incluso a explicar conceptos claves de evolución. Sin embargo, no estoy seguro que yo siga muchos años trabajando en estrés replicativo. La razón, pues que creo que me gustaría cambiarme a estudiar regeneración o yo que sé que… Aunque llevo diciéndolo años, y sigo trabajando en lo mismo…! 

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance científico del siglo XX? ¿Cuál es el avance científico que más le ha impresionado? ¿Cuál ha sido su mayor sorpresa en el área de investigación en que trabaja?

R-.Categorizar la ciencia no me gusta, no creo en los rankings. Supongo que el hecho de que nuestra esperanza de vida haya pasado de ser de más de 80 años (no con mis genes, me temo…) es ciertamente algo que ha cambiado por completo la experiencia vital. Que con 36 años, una calva que se me quema todavía por la falta de práctica y habiendo perdido la mayoría de mis dotes deportivas se me siga llamando científico «joven», creo que es el mejor ejemplo de lo mucho que ha cambiado el mundo en unas pocas generaciones. Pero otras revoluciones como internet también han cambiado para siempre la forma en la que vamos a interactuar con el mundo en nuestro paso.

El trabajo científico que más me ha impresionado lo hizo Jack Szostack, reciente premio Nobel y uno de los genios genuinos que nos ha dado esta generación. Entre otras muchas cosas pioneras, Jack diseñó un método para poder hacer «evolución» de moléculas de ARN en un tubo de ensayo. Con este método se podrían «seleccionar» enzimas replicando el proceso de la evolución in vitro. Me pareció fascinante, ingenioso y brutalmente creativo. Y esto no es por lo que le han dado el premio Nobel…

Mi mayor sopresa en el área en la que yo trabajo… Sinceramente no hay demasiadas cosas que me hayan soprendido, de momento. Estamos ahora mismo en un momento de descubrimientos que se acumulan, todos ellos muy interesantes. Pero sigo creyendo que las grandes sorpresas están por llegar.

P.- ¿Cuál es su opinión sobre cómo está articulada la carrera científica en España? ¿Qué camino queda por recorrer en Ciencia e Innovación en nuestro país?

R-.La ciencia en España peca de una visión muy de «Ramón y Cajal». Con todo mi respeto y admiración por Don Santiago, no comparto con él su visión de que la ciencia es un ejercicio espiritual al que hay que dedicar nuestra vida y sin la que no existe nada más. Reniego de esta visión. Es cierto que la mayoría de nosotros le dedicamos muchísimo esfuerzo, incluso con decisiones que comprometen nuestra vida más allá del laboratorio, pero yo no creo que la ciencia sea una experiencia quasi-religiosa por la que haya que dar la vida. La ciencia en mi caso coge sentido dentro de una vida plena en la que uno encuentre su karma siendo feliz en el resto de los componentes.

Esta visión monacal del científico español ha hecho que siempre se haya maltratado al investigador en este país. Al fin y al cabo, ¡tendríamos que estar agradecidos porque se nos permita vivir nuestra pasión con fondos del estado! Desgraciadamente, esto es una visión clásica pero que aún persiste en varios Ministros de Economía. Así, la carrera científica en España ha sido contínuamente maltratada, principalmente porque no hay una inversión real. Podemos especular sobre si la Universidad, si el CSIC, si los CNIOs y CRGs, etc, etc… pero realmente el único problema real es que la inversión en ciencia en este país es muy pobre y además mal canalizada. Y, con la que está cayendo, ¡a ver quién convence a un político de carrera (toma oxímoron) a invertir en ciencia en proyectos de más de una legistatura!

El camino más importante que queda por recorrer en España es aprender a valorar a las PERSONAS, y no a los edificios. Con nuestro afán constructor, no ha habido problema en llenar España de Edificios Científicos con presupuestos que llenan titulares. Eso sí, si hay que pagar dinero por traer personas, eso es otra cosa. Pues señores, el talento se paga. ¡¡¡A ver si se creen que los científicos se van a Singapur por sus vinos y folklore!!! Si yo tuviese 10M de euros para montar un centro, lo tendría claro. Contrataría a los mejores científicos que pudiese a golpe de talonario y los metería en una lonja. El talento se autogestiona y seguro que en unos años han hecho algo importante. Pero aquí se estila más lo de abrir centros y cortar cintas.