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Entrevista a Miguel Ángel de la Rosa

P.- ¿Cuáles son, desde su punto de vista, las características que definen a un buen investigador?

R.- La característica esencial del investigador es la vocación. Sin ella no es posible el enorme sacrificio personal que requiere la carrera científica para estar en primera línea de batalla. Aparte, por supuesto, es necesario cierta capacidad y formación intelectual. Nunca mejor se aplica la conocida ecuación física «energía = potencia x tiempo». Es decir, una persona puede estar muy bien dotada mentalmente, poseer un elevado coeficiente de inteligencia, pero su rendimiento y producción no alcanzará el nivel de excelencia y reconocimiento internacional sin una dedicación que vaya mucho más allá de la jornada normal de trabajo.

P.- ¿Qué consejo daría a los que ahora inician su carrera científica?

R.- Mi respuesta va en consonancia con lo respondido a la pregunta anterior. Al joven becario le aconsejaría que elija cuidadosamente el laboratorio en el que iniciarse, que se preocupe de formarse en un grupo de primer nivel, y que se olvide del reloj antes de entrar en el laboratorio. Al mundo de la ciencia hay que llegar con una capacidad de entrega y dedicación absolutas, con el ánimo presto y dispuesto a la aventura, ilusionado por la emoción de descubrir, como decía Severo Ochoa. La clave es hacer de la ciencia forma de vida, del trabajo hobby, y de la investigación profesión.

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance científico del siglo XX?

R.- El siglo XX ha servido de escenario temporal para el desarrollo de la ciencia en dos vertientes bien diferentes, la física en la primera mitad y la biología en la segunda. La teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y la energía nuclear sentaron las bases para el rápido desarrollo del mundo moderno en las primeras décadas del siglo. Pero no cabe duda de que fue el descubrimiento de la estructura en doble hélice del DNA, base de la información genética, el que marcó el inicio de la moderna biología molecular allá por los años cincuenta. El desarrollo exponencial del mundo civilizado en los últimos decenios, con avances espectaculares e impredecibles en biomedicina y agricultura, no hubiera sido posible sin la genialidad de Watson y Crick al intuir la conformación helicoidal de la molécula clave de la vida.

P.- ¿Cuál es el avance científico que más le ha impresionado?

R.- El impacto de la noticia depende en gran medida de la disposición anímica del receptor en el momento en que la recibe, hasta el punto de que noticias de trascendencia relativa pueden llegar a dejar una huella imborrable. Quizá fuera por encontrarme en plena adolescencia, cuando la mente del joven rebulle de preguntas sobre la esencia del hombre y su propia existencia, el primer trasplante de corazón realizado a un ser humano por el sudafricano Christian Barnard me impresionó profundamente. Estaba próximo a terminar el año 1967 y la noticia recorrió todos los teletipos del mundo. La imagen de Louis Washkansky al despertarse de la anestesia, radiante de alegría, declarando que se sentía mucho mejor con «su» nuevo corazón, el corazón de una joven oficinista atropellada junto a su madre por un automóvil, me hizo plantearme miles de dudas sobre la identidad del ser humano y la relación entre el cuerpo y la mente.

P.- ¿Cuál es su opinión sobre cómo está articulada la carrera científica en España?

R.- En esencia, la carrera científica en nuestro país está articulada en una serie de etapas muy parecidas a las de otros países. En este sentido, la trayectoria escalonada del futuro investigador se puede decir que está bien diseñada y estructurada. No obstante, hay un factor crítico que dificulta el éxito del sistema en su tramo final, cuando el investigador ya formado busca consolidar su posición, definir su línea de investigación, crear su propio grupo y comenzar su carrera independiente. En nuestro país, el sistema de selección del científico como investigador «senior» peca con frecuencia de falta de objetividad en la valoración de méritos, falta que se agrava en demasía cuando se trata de la selección del profesorado en las Universidades. Todo ello se ve además peligrosamente agravado por la excesiva «funcionarización» del sistema, asegurando una posición de por vida al joven investigador que ha resultado exitoso en el concurso-oposición con independencia de cuál sea su rendimiento posterior.

P.- ¿Qué camino queda por recorrer en Ciencia e Innovación en nuestro país?

R.- Uno de nuestros déficits más importantes, en comparación con otros países, radica en la escasa percepción social de la Ciencia y, por ende, el reducido interés del mundo empresarial y del capital privado por la I+D+i. En España existe poca tradición científica, la sociedad recela de sus científicos y el empresario desconfía de la rentabilidad de sus inversiones en I+D+i. Tenemos, pues, una asignatura pendiente que difícilmente aprobaremos sin una política de futuro decidida. El Gobierno debe tomarse muy en serio la responsabilidad de plantear una estrategia educativa y formativa a largo plazo del conjunto de la sociedad y, muy en particular, de los niños en los colegios. Son muchos y variados los medios a emplear, pero no cabe duda de que uno de los más potentes -y, por desgracia, infrautilizado- es la televisión. Puede que sean necesarias una o dos generaciones, pero la confianza del empresario en la I+D+i vendrá por sí sola una vez que la sociedad «sienta» la ciencia como algo propio y el científico reciba el merecido reconocimiento de sus conciudadanos.