Acércate a...

Entrevista a Luis Franco

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica? ¿Le influyó alguien de forma especial?

R.- En mi familia no ha habido científicos; por parte de padre, abundaban los militares y por parte de madre, los funcionarios de Hacienda. Sin embargo, desde pequeño sentí atracción por las ciencias y mis padres supieron fomentarla adecuadamente. Me regalaron varios juguetes científicos. Me acuerdo especialmente de un equipo de «Cheminova», que me aficionó a la experimentación química, y de un microscopio, que aún conservo en mi despacho, con el que pasé muchas horas apasionantes, que despertaron mi capacidad de observación. En el antiguo 5º de bachillerato tuve en el colegio un excepcional profesor de Química, D. Patricio Astillero, cuyo modo atractivo de presentar la asignatura hizo que me inclinara por estudiar Ciencias Químicas. Mis padres también apoyaron esa decisión. Recuerdo que cuando tenía 15 años y acababa de decidirme por la Química, con ocasión de un viaje, y ante el asombro de otros familiares, mi padre me trajo como regalo un libro de análisis químico. Durante la carrera me gustaban la Química Analítica y la Química Orgánica, pero cuando descubrí la Bioquímica, que entonces era una asignatura optativa que explicaba el Prof. Ángel Martín Municio, me sentí tan atraído por ella que la balanza de mis ilusiones profesionales se comenzó a inclinar hacia las ciencias de la vida. 

P.- ¿Recibió de joven algún consejo al cual siga siendo fiel?

R.- Cuando estaba a punto de terminar la carrera, sentimentalmente me inclinaba hacia la Bioquímica, como decía antes, pero no se me ocultaban las dificultades que entonces tenía el emprender una carrera científica, sobre todo en el seno de una familia de economía media en la que mi padre había fallecido recientemente. Entonces, el Prof. Enrique Costa Novella, que había sido profesor mío en Ingeniería Química, me dijo más o menos: «Si usted trabaja en una industria y es un buen químico, hará que esa industria marche bien; si se dedica a la carrera universitaria y es un buen químico, formará a muchos buenos científicos y la repercusión de su trabajo será mucho mayor». Sin duda, es uno de los mejores consejos que he recibido en mi vida, y me alegro infinitamente de haberlo seguido. Durante mis años dedicados a investigar y a transmitir la ciencia siempre he tenido presente que lo que cada día hago en el laboratorio y en el aula puede tener una dimensión más trascendente que lo que se palpa inmediatamente. Ahora siento un sano orgullo de haber tenido muchos alumnos que han llegado más lejos que yo. 

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador? ¿Qué consejo daría a los que ahora inician su carrera científica?

R.- Pienso que para ser un buen investigador no es necesario ser un superdotado. Eso es preciso para ser un genio, de esos que aparecen dos o tres veces en cada siglo, pero no para hacer una buena y aún excelente investigación, que puede desarrollarse sin más que tener una mente ordenada y lógica. Pero lo que sí hace falta es una dedicación sacrificada, laboriosidad, mantener siempre una actitud observadora, ser perseverante para no desanimarse ante los reveses que tarde o temprano surgen. Hay que estudiar mucho para conocer el estado actual de la ciencia y ser capaz de trabajar en equipo, porque, cada vez más, la investigación es multidisciplinar. A los que empiezan ahora les aconsejaría que fueran pertrechándose de todas esas capacidades y, sobre todo, que tengan paciencia y perseverancia y que sepan arriesgarse en todos los sentidos. Para correr hay que tener en muchos momentos los dos pies en el aire y el investigador muchas veces tiene que sacrificar su seguridad -tanto en el terreno estrictamente científico, como en el de su estabilidad profesional- en aras de conseguir la meta, a veces incierta, que se propone.

P.- ¿Podría describirnos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia?

R.- Como consecuencia de mi estancia postdoctoral en el grupo del Dr. Ersnt W. Johns en el Chester Beatty Research Institute de Londres comencé a trabajar con histonas. Desde entonces he mantenido una línea de investigación sobre la cromatina que, en los últimos años, se ha centrado en las relaciones entre Epigenética y enfermedad. En mi grupo de investigación nos interesamos por las modificaciones epigenéticas de las histonas y por los cambios estructurales de la cromatina asociados a la transcripción de genes de interés biomédico. Me parece que hace tiempo que ese tema ha dejado de ser una cuestión de exclusivo interés académico y que hoy en día no es posible avanzar en el conocimiento de la enfermedad si se hace caso omiso de los factores epigenéticos asociados. En algunos casos, como el del cáncer, esa relación es especialmente patente. 

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance científico del siglo XX?

R.- Temo pecar de demasiado clásico, pero me sigue pareciendo que el principal avance científico del siglo XX en las ciencias de la vida fue el descubrimiento de la estructura en doble hélice del DNA. En primer lugar, a mi modo de ver, representa una cima en la aplicación del axioma de que estructura y función son dos caras de una misma moneda. Por otro lado, si nos paramos a pensar en todo lo que se ha derivado de ese descubrimiento, es imposible no sentir vértigo. 

P.- ¿Cuál es el avance científico que más le ha impresionado?

R.- Una de las consecuencias derivadas del hecho trascendental que acabo de mencionar ha sido el desentrañamiento de las complejas redes de regulación de la transcripción, que, sobre todo, en eucariotas, forman un ensamblaje complicado, pero apasionante. Menciono esto, en primer lugar, porque al tratarse de algo directamente relacionado con mi trabajo de investigación me impresiona. Pero me gusta considerar que la regulación de la transcripción forma parte de algo mucho más general y complejo, que podríamos llamar la regulación biológica. Aquí se dan de la mano cuestiones de regulación enzimática con todas las de regulación genética, compartiendo en muchos casos mecanismos que encajan entre sí de una forma admirable. Digo admirable a propósito, porque estoy convencido de que el científico no puede perder la capacidad de asombro y de admiración ante lo que observa. Es más, estoy convencido de que sólo desde esa perspectiva de admiración mezclada con el asombro es posible avanzar algo en la ciencia.