Acércate a...

Entrevista a Liset Menéndez de la Prida

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica? ¿Le influyó alguien de forma especial?

R.- Siempre quise ser científico. Veía a mi padre trabajar en su tesis doctoral y me atrapaban los gráficos que hacía. Entonces los veía como algo estético, me gustaba la proporción, el orden que expresaban. Más adelante cuando ya estudiaba matemáticas y ciencias en el instituto empecé a entender que ese orden era mucho más profundo, que capturaba una fuerte relación entre cómo se expresa un fenómeno de la naturaleza y las leyes que formulamos para entenderlo. Mi mente era bastante cartesiana entonces.

P.- ¿Podría resumirnos brevemente su trayectoria profesional? ¿La repetiría en su totalidad?

R.- Cuando acabé la carrera de Físicas en la Universidad de La Habana tenía claro que quería dedicarme a las neurociencias. Ese convencimiento había llegado años antes, cuando todavía estudiando empecé a frecuentar el Centro de Neurociencias de Cuba trabajando con modelos matemáticos de redes simples de neuronas. En el año 1994 llegué a España. Primero a Barcelona donde trabajé con el grupo de Ricard Solé en teoría del caos aplicado a los circuitos neurales, luego en Alicante con Juan Vicente Sánchez-Andrés, que me permitió solicitar una beca doctoral de la Generalitat Valenciana para iberoamericanos. Allí empecé a meter mis manos en el experimento y me atrapó la complejidad de los circuitos neuronales reales. Comprendí que tenía que superar mi visión cartesiana de la ciencia para poder avanzar. Me había vuelto irremediablemente empirista. Cuando acabé el doctorado, aún sin la nacionalidad española, me trasladé a Madrid como postdoc para poner en marcha un proyecto de registro eléctrico en pacientes epilépticos en el Instituto Plurisdisciplinar de la UCM en colaboración con el grupo de Neurocirugía del Dr. García de Sola del Hospital de la Princesa. Luego vino una etapa postdoctoral intermitente en París en el laboratorio de Richard Miles, uno de mis referentes, y el contrato Ramón y Cajal en 2002 que me permitió montar mi laboratorio en el Hospital Ramón y Cajal gracias a la generosidad de Óscar Herreras. En el año 2008 me trasladé al Instituto Cajal ya como Científico Titular del CSIC. ¿Volvería a repetir? Esa pregunta carece de sentido para mí. Cada situación es única y cada momento te ofrece caminos y oportunidades diferentes. No creo en las fórmulas. Las elecciones en la vida no dependen solo de uno, nada se repite completamente. Hay que improvisar mientras se vive.

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador? ¿Qué consejo daría a los que ahora inician su carrera científica?

R.- Las que definen a una persona. Creo que la ciencia es una manifestación más del yo. Una forma de expresión. Cada cual debe encontrar su voz y hacerla suya. Creo en la honestidad y la libertad del pensamiento, en el trabajo continuo, en el rigor de la formación y en la belleza del conocimiento. Creo en la capacidad del hombre para entender lo complejo y en la humildad de reconocer que no podemos comprenderlo todo. En realidad soy una científica agnóstica. Creo que las reglas de la naturaleza operan a diferentes escalas, y que ese relativismo es la base de todo lo que se nos escapa. Mi único consejo para los jóvenes es que se construyan a sí mismos, que no sigan fórmulas, ni copien modelos. Lo único verdaderamente válido es encontrar tu propio camino y disfrutarlo mientras lo andas sin saber si es el bueno.

P.- ¿Podría describirnos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia? ¿Cómo ve el futuro de esta área científica?

R.- Mi trabajo se centra en comprender cómo los circuitos neuronales generan diferentes tipos de actividad eléctrica en forma de oscilaciones y cómo podemos leer esas reglas a partir del registro eléctrico. Utilizamos el hipocampo como modelo, una estructura que está involucrada en la memoria y el aprendizaje, y que sufre alteraciones específicas en algunos tipos de epilepsias refractarias y el Alzheimer. Me interesa entender cómo emergen formas complejas de actividad a partir de reglas simples: dos neuronas, una sinapsis. El circuito mínimo. Luego adicionamos capas de complejidad, diferentes tipos neuronales, diferentes reglas sinápticas, alteraciones de la conectividad. Nos inspiramos en los experimentos para proponer nuevos marcos de interpretación para entender la actividad eléctrica cerebral, cómo se distorsiona en casos de patología como la epilepsia y cómo todo ello impacta en la función cognitiva. Esto nos permite reinterpretar y repensar las herramientas diagnósticas mientras intentamos comprender los mecanismos básicos. Por ejemplo, estudiamos cómo los patrones eléctricos asociados a procesos de consolidación de la memoria durante el sueño pueden ser indicadores fiables de la distorsión del equilibrio entre la excitación y la inhibición en modelos experimentales de epilepsia. Es una especie de enfoque fisiológico de la función y disfunción de los circuitos. El futuro inmediato está en la intervención con herramientas muy precisas, una especie de híbrido entre la óptica, la genética y la microelectrónica, que nos permite perturbar aspectos concretos de los microcircuitos y evaluar sus consecuencias. Estamos entrando en el campo de lo que se viene a llamar la neurociencia causal, la posibilidad de intervenir y perturbar el sistema con un control espacio-temporal sin precedentes para comprender mejor su función y disfunción, y eventualmente repararla. Ahora podemos silenciar o activar tipos celulares concretos, o sinapsis concretas o microcircuitos concretos. El problema es que antes de usar las herramientas debemos aprender a manejarlas, y asegurarnos que no perturbamos al sistema más allá de la funcionalidad que queremos testar. Estamos viviendo una revolución de la técnica, pero queremos ir demasiado deprisa y eso está generando mucha confusión. Es un momento histórico para la neurociencia que hay que saber explotar.  

P.- ¿Cuál es el avance científico que más le ha influido?

R.- Me resulta imposible elegir solo un avance, pero puestos a ello diría que ha sido el descubrimiento de las células de lugar del hipocampo y su relación de disparo con las oscilaciones de la actividad eléctrica circundante. Lo elijo porque condensa en un solo descubrimiento todos aquellos otros hitos de finales del siglo pasado y principios de este que van a revolucionar aún más el estudio del cerebro en mi campo de investigación, la neurociencia de sistemas. Por un lado las oscilaciones cerebrales, que durante mucho tiempo fueron consideradas subproductos de la actividad eléctrica y que cada vez más vemos no solo como indicadores de la función cognitiva, sino como un signo de distinción de los procesos neuronales: sueño, vigilia activa, atención. Por otro lado, la necesidad de representar una información cada vez más compleja, ¿dónde estoy en el espacio?, con el disparo de potenciales de acción de neuronas específicas coordinado en el tiempo por las oscilaciones de la actividad que comparten varias neuronas. Esta es la esencia del procesamiento mental. Todos hablamos más o menos juntos mientras ejecutamos una tarea determinada, pero en el aparente ruido de fondo hay un orden especial escondido en cómo nos activábamos en el tiempo unos y otros, con reglas específicas que modifican la fortaleza y el sentido de esta actividad. Esa relación entre el disparo de miles de tipos diferentes de neuronas en un microcircuito y los cambios locales del nivel de activación es lo que conforma nuestra actividad mental y la capacidad de interaccionar, aprender y modificar el entorno.