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Entrevista a Juli Peretó

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica? ¿Le influyó alguien de forma especial? 

R.- No lo recuerdo con exactitud pero sí que puedo sugerir una diversidad de factores que influyeron en mi decisión de estudiar ciencias. La serie Cosmos de Carl Sagan me fascinó, un pequeño manual de química de Jorge Bozal atrapó mi curiosidad por esa ciencia, el ejemplo de unos profesores de física, química y matemáticas abnegados, apasionados por la enseñanza y, sin ninguna duda, la referencia de mi padre que enseñaba biología en bachillerato. En algún momento vi por la televisión o en alguna revista a Severo Ochoa y empecé a pensar en la bioquímica como profesión. Lo que siempre tuve claro es que quería dedicarme a la docencia, a estudiar y aprender para transmitir ese conocimiento a los demás. No me arrepiento de mi decisión de estudiar Ciencias Químicas y después seguir la especialidad de Bioquímica. Me sigue pareciendo importante adquirir una base científica sólida antes de especializarse. Desde luego, algunos profesores de la Facultad, que suplían las carencias materiales con un entusiasmo envidiable, ayudaron a afirmar mi decisión.

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador?

R.- La buena investigación se nutre de una curiosidad insaciable. Sin ganas de aprender y dejarse sorprender por la naturaleza, no hay verdadera investigación. Por supuesto, ha de haber espíritu de sacrificio, el no importarte los horarios o los fines de semana si se trata de avanzar en un experimento o en un estudio. Y, de vez en cuando, cambiar de tema. Esto es algo que Sydney Brenner recomienda, él lo hizo varias veces a lo largo de su vida científica, aunque realmente muy poca gente esté dispuesta a hacerlo. Uno empieza con un sistema experimental o un determinado problema y lo exprime hasta el agotamiento. Pero hay momentos en que un conocimiento excesivo de un tema inhibe la creatividad, que también es importante en la investigación. Por eso puede ser muy saludable atreverse a buscar sendas nuevas. Un joven expuesto a los rigores de un sistema que prima mucho la cantidad de publicaciones (a veces más que la calidad) seguramente se va a guiar por la productividad del grupo en el que se quiera incorporar. Pero yo diría que uno debería procurar siempre pasárselo bien aprendiendo e investigando. Esto es el colmo del investigador: disfrutar con lo que hace y no ver la investigación como una obligación a la que dedicarse con un horario definido o como una actividad cuya única finalidad es publicar en una revista con un cierto índice de impacto. Por tanto, hay también que dejarse guiar por el gusto y las ganas de aprender cosas nuevas que nos emocionen. 

P.- ¿Podría describirnos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia? ¿Cómo ve el futuro de este área científica?

R.- Yo soy muy disperso y quizá me interesan demasiados temas para lo que se nos suele demandar. Como profesor universitario la mayoría de las veces no distingo mis intereses docentes y de investigación. Metabolismo y evolución podrían ser dos palabras clave de mis ocupaciones actuales. Estoy integrado en el grupo de Genética Evolutiva del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva de la Universitat de València. La línea principal de trabajo es el estudio de las interacciones entre los insectos y sus simbiontes bacterianos, tanto intracelulares como las microbiotas intestinales. Como bioquímico estoy en la interfase de las aproximaciones «ómicas» y la modelización metabólica, en un territorio que algunos denominan biología de sistemas. Mis años de estudio de metabolismo para mis clases (a ser posible con pizarra) me ayudan mucho a la hora de colaborar, por ejemplo, con bioinformáticos y establecer una simbiosis intelectualmente fructífera. Por otro lado, las investigaciones sobre los genomas mínimos me han acercado también a la biología sintética y de aquí al concurso iGEM organizado por el MIT que me permite conocer a estudiantes muy brillantes más allá del aula. Aunque nunca me han obsesionado las aplicaciones de las investigaciones que llevamos a cabo -creo que todo conocimiento es útil por sí mismo-, puede ser que aspectos fundamentales de la complementación metabólica entre hospedadores y simbiontes nos lleve a informaciones muy útiles en el ámbito de la biotecnología. De hecho, el estudio de los consorcios metabólicos es un área emergente que nos traerá muchas sorpresas. Además, por deformación docente, he dedicado mucho tiempo al estudio del origen de la vida y a la emergencia evolutiva de las funciones bioquímicas. Esto me ha llevado a considerar el enfoque evolutivo como una herramienta para el aprendizaje del metabolismo. También me ha interesado mucho la historia de las ideas científicas sobre origen de la vida así como la historia de la bioquímica. Todos esos intereses tan amplios y extendidos en el tiempo me han permitido relacionarme con colegas (muchos de ellos, sin embargo, amigos) muy diversos: filósofos e historiadores de la ciencia, bioquímicos, biofísicos, genetistas, microbiólogos, entomólogos, biotecnólogos de empresa… y con un gran número de estudiantes de mente fresca y despierta. He tenido el privilegio de conocer a gente muy interesante y me considero muy afortunado de poder disfrutar conversando con ellos y aprendiendo sobre los problemas más variados. Respecto al futuro, estoy convencido de que la biología evolutiva y la bioquímica estarán cada vez más conectadas, a través de nuevos enfoques y aproximaciones que suministrarán informaciones muy valiosas. Hoy en día es factible resucitar proteínas extinguidas o seguir una trayectoria evolutiva en directo y en el futuro próximo no será descabellado considerar la síntesis de vidas artificiales en el laboratorio. Aunque los frutos biotecnológicos quizá no sean inmediatos, estoy seguro de que al menos nos servirán para aprender más biología.

P.- ¿Cuál es su opinión sobre cómo está articulada la carrera científica en España?

R.- La historia reciente demuestra que no existe una carrera científica sólida y fiable en España. Cuando hace unos años empezaron programas como los contratos Ramón y Cajal, parecía que se sentaba las bases de un sistema capaz de reclutar mentes brillantes y científicos competentes. Para empezar, en muchos Departamentos universitarios se tomó a los cajales no como científicos independientes, sino como post-docs al servicio del profesorado. Después vino el fracaso de retener en condiciones profesionales dignas y aceptables todo el talento atraído. Por un lado las universidades no han hecho todo lo posible por corregir sus prácticas endogámicas. También viene a cuento preguntarse por qué la carrera científica en España está peor todavía en las empresas que en el ámbito público. Hay al menos dos razones. La primera porque las empresas de este país que podrían haberla generado no han puesto todo el esfuerzo necesario. La segunda porque no se han consolidado espacios de encuentro sino más bien de desacuerdos burocráticos (y ahora no toca hablar del fiasco de muchas OTRI). La verdad es que ningún gobierno español se ha tomado con seriedad establecer las bases de una Política de Estado (así, en mayúsculas) en materia científica en general y de una carrera profesional en particular. Tampoco la sociedad parece haberlo echado a faltar. La mediocridad de los políticos («pigmeos» los llamaba Tony Judt refiriéndose a toda la clase política europea) y los vaivenes partidistas han hecho el resto: entorpecer o dinamitar lo poco avanzado. Para acabarlo de estropear, la excusa de la crisis financiera ha consumado el espejismo de un sistema científico que podría haber sido y que jamás logró pasar de su infancia. Yo conozco de cerca una excepción a esta dolorosa regla: el modelo catalán de atracción y retención de talento a través de una red de centros de investigación liberados en buena medida del sistema funcionarial. La principal agencia «caza talentos» en Catalunya es ICREA (Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats). Por cada euro invertido en la plantilla de científicos reclutados, el sistema ingresa 3 euros de proyectos de fuera de Catalunya -por cierto, como agencia, ICREA es proporcionalmente el mayor receptor de proyectos ERC de Europa. Catalunya también se ha dotado, a través del programa ICREA-Academia, de un sistema que permite liberar parcialmente de docencia al profesorado más activo en investigación. La evaluación del programa demuestra que este profesorado universitario ha duplicado su capacidad de captación de recursos desde que disfruta de esa ayuda. Yo me pregunto, si se ha podido superar la sucesión de gobiernos de distinto color, y se ha mantenido a flote, pese a todo, lo esencial del sistema, ¿por qué no se puede extender ese modelo a escala estatal? No hay secretos: un proceso de selección independiente y riguroso de los mejores y evaluaciones periódicas implacables. Por cierto, ninguna de estas dos cosas se aplican ni en nuestras universidades ni en la ANECA.

P.- ¿Qué camino queda por recorrer en Ciencia e Innovación en nuestro país?

R.- Esta pregunta tendría diferente respuesta formulada en el pasado reciente, pues parecía que se había emprendido un camino hacia objetivos razonables de política científica en el contexto europeo. Sin embargo, respondo a esta pregunta en junio de 2014 y el recorte consumado en los últimos ejercicios presupuestarios confirma que deshacemos el camino hecho y retrocedemos al menos una década. No nos engañemos: en ciencia el tiempo perdido es irrecuperable, y al menos una generación entera, si no más, de jóvenes brillantes, quizá los mejor preparados de la historia, no podrán incorporarse al sistema. Yo lo veo en mi propio Departamento: la edad media del profesorado supera los 45 años y por debajo no hay casi capital humano que pueda, dentro de unos pocos años, suplir a todos los que nos incorporamos en el «boom» de la LRU y que nos jubilaremos en masa. No hemos tenido ninguna oportunidad de fichar a gente joven, en la edad de mayor creatividad y productividad. Será letal para las universidades públicas, pues un buen sistema educativo superior no se puede sostener con contratos precarios, ni con grupos de investigación infrafinanciados. Asistiríamos así a la demolición de uno de los pilares (otro más) de un estado moderno y del bienestar. A pesar de todo esto, todavía me queda la esperanza de que la gente reaccione y de que realmente puedan existir políticos honestos que se crean, de verdad, aquello de una sociedad del conocimiento cimentada sobre un sistema de investigación y desarrollo sólido y sostenido en el tiempo. Los científicos tenemos aquí y ahora una enorme responsabilidad que sería inmoral eludir: no podemos desfallecer y debemos seguir explicando, por activa y por pasiva, con emoción, para qué sirve la ciencia. No perdamos ninguna ocasión de proclamar el enorme valor cultural y económico de la ciencia: la búsqueda libre del conocimiento fue beneficiosa en el pasado y lo seguirá siendo en el futuro.