Acércate a...

Entrevista a José Gavilanes

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica?

R.- No sé si hablar de vocación o simplemente de azar. «Azar y Necesidad», típico dilema bioquímico. En mis años mozos siempre estuve en contacto con el campo. Nací en Muelas de los Caballeros, una pequeña aldea de las montañas del noroeste de Zamora, donde pasaba los meses de verano, y en Madrid vivía en Canillejas, por aquel tiempo todavía un pueblo con trigales, olivares y rebaños de ovejas. Todo ello hizo que tuviera una visión de la vida diferente a la de los rapaces de ciudad, y que me gustaran las Ciencias Naturales. Los cuatro primeros años del Bachillerato los estudié en lo que entonces se decía una Academia -pues en el barrio no había colegios públicos- donde un matrimonio de maestros nos enseñaba todas las asignaturas, y, una vez al año, nos examinábamos de todas ellas, en sólo dos días, en el Instituto Ramiro de Maeztu. Los dos años del Bachillerato Superior los cursé en el Instituto Cardenal Cisneros, donde tuve la fortuna de tener como Profesor a Don Florencio Bustinza, un gran científico que había trabajado con Fleming. Por eso, al llegar a la Universidad estudié el primer curso selectivo de Ciencias. Ya en segundo curso había que decidirse por alguna de las cinco alternativas. Descarté la Biología y la Geología porque lo que me enseñaron entonces no era muy distinto de lo que yo ya conocía de mis andanzas campestres. También la Física, pues lo que había estudiado (Mecánica y Óptica) me parecía algo muy trillado. Un compañero de curso con marcado ascendente matemático me animaba a acompañarle, pues el Algebra y el Cálculo se me daban bien. Pero él decía que los matemáticos eran unos genios. Como sabía que yo no lo era, me decidí por la Química. Al acabar tercero había que escoger una especialidad, Química Fundamental, Ingeniería, Metalurgia o Bioquímica. Escogí esta última porque no había estudiado nada de esa materia, y lo que conocía de las otras me resultaba un tanto aburrido. Además, el Catedrático de Bioquímica, Don Ángel Martín Municio, producía pavor entre los estudiantes y ya se sabe la gran cantidad de adeptos que tienen las películas de miedo. Así que no sé si aquello fue vocación.

P.- ¿Podría resumirnos brevemente su trayectoria profesional? 

R.- En cuarto curso, Don Ángel me ofreció la posibilidad de entrar en el Departamento, lo que acepté sin dudar, pues, además de poder trabajar en un laboratorio, tenía un refugio ante las cargas de la policía, muy frecuentes en aquellos tiempos en la Complutense. Entré en un grupo dirigido por José M. Fernández-Sousa, que se estaba formando alrededor de la Tesis Doctoral de Agustín Pérez-Aranda y que secuenció la primera proteína en España. Y en el campo de la química de proteínas continuamos varios componentes del grupo. En esos años me enviaron a trabajar con Enrique Méndez, en el Instituto Roche, en New Jersey, según lo que hoy sería una estancia predoctoral, pero autofinanciada. Al poco de acabar la Tesis, Agustín y José M. dejaron la Facultad, y durante tres años fui a la Universidad Rockefeller en New York con Stanford Moore, que había recibido el Premio Nobel por sus trabajos con la Ribonucleasa A. Y así, en la Complutense comenzamos a trabajar con proteínas con actividad ribonucleolítica. Todas las personas que me han enseñado tenían en común una extraordinaria capacidad de trabajo y una gran meticulosidad en el laboratorio, y esa herencia he tratado siempre de mantenerla y transmitirla.

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador?

R.- No tengo muy claro qué es un buen investigador. Sí sé que para que las cosas vayan bien en un laboratorio es necesaria una buena dosis de trabajo meticulosamente realizado, de forma honesta, y siempre en equipo. Tener mucha curiosidad y no descartar a la ligera resultados aparentemente ilógicos también ayudan a que el trabajo en un laboratorio resulte apasionante.

P.- ¿Podría describirnos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia?

R.- Desde hace unos 20 años, el grupo del que formo parte trabaja con ribotoxinas, unas ribonucleasas que actúan de forma muy específica sobre los ribosomas, y con actinoporinas, proteínas que forman poros en las células. Todas ellas tienen en común el ser potentes proteínas citotóxicas y ser capaces de interaccionar con membranas. A mediados de los ochenta, David Vázquez se dirigió a Enrique Méndez y a mí para ver si unas proteínas fúngicas, que degradaban los ribosomas tenían algo en común. Resultaron ser los primeros miembros conocidos de la familia de las ribotoxinas, de las cuales la α-sarcina ha llegado a ser el ejemplar mejor estudiado. Unos años más tarde, y proveniente de Cuba, nos llegó la sticholisina II, que junto con la equinatoxina II son los elementos más representativos de las actinoporinas. Y aún hoy seguimos estudiando estas proteínas en lo referente a sus relaciones estructura-función. En cuanto a la trascendencia de este trabajo, sinceramente es algo que nunca me he preguntado. Sólo sé que me permite aprender muchas cosas y seguir transmitiéndolas todavía con ilusión.

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance científico del siglo XX?

R.- Supongo que habría de ser uno relacionado con la Biología Estructural, y, en ese sentido habría que destacar la elucidación de la doble hélice del DNA. Pero me voy a inclinar por el momento en el que se toma conciencia de lo que es una molécula de proteína, porque no es algo que se relacione con un hallazgo puntual y manifiesto sino que fue el resultado de una acumulación y evolución de conocimientos, que se confirmaría cuando Sanger determinó la estructura primaria de la insulina.

P.- ¿Cuál es su opinión sobre cómo está articulada la carrera científica en España?

R-. No creo que esté articulada, ni tan siquiera que se pueda considerar «carrera». Sí parece un concurso de obstáculos por los muchos que hay que salvar, pero nunca he tenido la sensación de que sea algo que interese socialmente tanto como para llegar a regularse. A los estudiantes les digo que tendrán que hacer una Tesis Doctoral, que después tendrán que irse varios años a un laboratorio extranjero para una larga etapa postdoctoral, y que a partir de entonces empieza a funcionar el Azar. Aun así, también les digo que la actividad científica es apasionante, y, no sé si afortunadamente, a algunos parece convencerles.