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Entrevista a Jorge Alegre-Cebollada

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica?

R.- Mi vocación científica surgió durante la educación secundaria, cuando aprendí unas primeras nociones de biología celular. Intuía que comprender cómo la materia orgánica se organiza para dar lugar a esas estructuras y comportamientos celulares aparentemente tan bien diseñados era un reto intelectual formidable. A la vez, pensaba muy inocentemente en que, si fuera científico, podría no sólo contribuir a entender la organización de la materia viva, sino también a “curar” enfermedades. A los 14 años, había decidido que para encauzar mi vocación científica estudiaría bioquímica. En esta narrativa hay mucho de candidez e inocencia, pero confieso que tampoco he evolucionado mucho al respecto en los últimos 25 años.

P.- ¿Podría resumirnos brevemente su trayectoria profesional?

R.- Hice mi tesis doctoral en el estudio de los mecanismos de formación de poros en membranas por toxinas de anémonas de mar, bajo la dirección de Álvaro Martínez del Pozo y Pepe Gavilanes en la Universidad Complutense de Madrid. Me formé en técnicas de ingeniería y caracterización estructural y funcional de proteínas. Durante mi tesis, me empecé a interesar por la biofísica y tuve la fortuna de ser aceptado para mi postdoc en el laboratorio de Julio Fernández en la Universidad de Columbia en Nueva York. Julio es uno de los pioneros en el uso de técnicas de molécula individual para caracterizar las propiedades mecánicas de proteínas. Durante mi etapa postdoctoral, me aproveché de mi formación como bioquímico de proteínas para realizar proyectos que, en general, trataban de entender cómo señales bioquímicas modulan la mecánica de proteínas, siempre empleando sistemas in vitro muy controlados. Por ejemplo, describimos que la modificación rédox de cisteínas es una manera muy eficiente de regular la nanomecánica de dominios tipo inmunoglobulina. Es buena idea el cambiar de campo durante el postdoc, pero siempre aportando algo de tu experiencia predoctoral. Ahora, en mi grupo del CNIC, estamos trabajando para comprender el papel de estas modificaciones activas mecánicamente en sistemas relevantes para la salud cardiovascular. El salto de escala es formidable, pero tenemos una experiencia única para afrontar esta aventura.

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador? 

R.- Son múltiples, y cada buen investigador se caracteriza por una combinación particular. Se me vienen a la cabeza algunas importantes: la honestidad, la perseverancia, la creatividad, el optimismo, la pasión, el espíritu de superación, la capacidad de trabajar en equipo, la pedagogía, la empatía y la capacidad de liderazgo.

P.- ¿Qué consejo daría a los que ahora inician su carrera científica? 

R.- Ahora mismo existen muchas oportunidades para hacer estancias de investigación en laboratorios nacionales e internacionales durante el grado, el máster y también durante el doctorado y mi consejo es que los estudiantes aprovechen estas oportunidades. Cuando van a iniciar la carrera investigadora, es importante conocer diferentes laboratorios, investigadores y temáticas, para encontrar el campo que les resulte más apasionante.

Dar rienda suelta a esa pasión, al comienzo de la carrera científica, es importante porque es el mejor momento para formarse. Es clave que el científico vocacional pueda realizar su tesis doctoral en un laboratorio en el que se sienta a gusto y motivado. En España no es infrecuente transmitir a los estudiantes nuestras propias frustraciones en relación a la falta de medios, la ineficacia del sistema, etc.

Es contraproducente porque además nos solemos olvidar de mencionar algo importante: si uno tiene vocación científica, dedicarse a la ciencia sigue siendo, pese a las dificultades, una manera muy efectiva de realizarse personalmente.

P.- ¿Cuál es su opinión sobre cómo está articulada la carrera científica en España? 

R.- Si uno echa la vista atrás unas décadas, vemos que la carrera científica en España ha mejorado enormemente. Aun así, queda mucho camino por recorrer y da la sensación de que en los últimos años nos estamos desviando de la trayectoria apropiada. Las recetas de éxito no hay que inventarlas; las tenemos en otros países cuyas aportaciones científicas han sido substanciales en el último siglo (EEUU, Reino Unido, Alemania, etc.), pero también en aquellos otros países que han imitado sus modelos de manera exitosa (Singapur, China). Una característica común de estos sistemas es que existen mecanismos que permiten apostar por líderes de grupo jóvenes, para que consoliden nuevas líneas de investigación independientes. Ahora mismo estas oportunidades son muy limitadas en España. En este sentido, me preocupa también la pérdida de competitividad investigadora de las universidades en España, sobre todo en áreas afines a la bioquímica. En los países punteros, las universidades contribuyen de manera decisiva a los resultados de la investigación y aquí no lo ponemos fácil y menos a los nuevos profesores.

P.- ¿Qué camino queda por recorrer en Ciencia e Innovación en nuestro país?

R.- El camino que queda por recorrer es largo, si queremos que la contribución española a la ciencia mundial sea significativa en los próximos años. Hay motivos para el optimismo, no obstante. Por ejemplo, muchos de los mejores estudiantes de sus promociones aspiran a realizar doctorados y tener carreras en ciencia. Además, la percepción de la ciencia en la sociedad es, en general, buena. Incluso los políticos de nuestro país, a los que tanto cuesta poner de acuerdo, parecen encontrar en la ciencia bastantes puntos en común. También hay amenazas obvias: dificultades en la promoción de científicos jóvenes, burocracia paralizante, pérdida de financiación durante la última década, y, por todo ello, desconfianza generalizada de los científicos hacia el sistema. Pero hay muchos actores trabajando por mejorar el sistema. ¿Una receta de éxito? Mezclar a partes iguales simplificación de burocracia, aumento de financiación y promoción de nuevos laboratorios.