Acércate a...

Entrevista a Joaquín Ariño

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica?

R.- Recuerdo que ya de bastante pequeño me atraía, de una manera aún difusa, todo aquello que tenía que ver con la Ciencia y la Tecnología. Me atraía en particular la capacidad de la Química como herramienta para entender e incluso modificar los procesos vitales. Quizá por ello cursé primero la carrera de Farmacia y me especialicé durante la misma en Química Orgánica, desde donde di el salto a la Bioquímica.

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador?

R.- Mucha gente piensa que un investigador es una especie de genio y que si no eres genial no puedes hacer ciencia. Yo no estoy tan seguro. Por supuesto, una buena cabeza es un requisito muy apreciable en investigación. Sin embargo, claramente, no es suficiente. Yo valoro mucho la mezcla de capacidad de razonamiento lógico con algunas dosis de intuición. A mí me parecen también claves para configurar un buen científico la ilusión, la curiosidad y el tesón. Ilusión y tesón son, en realidad, dos facetas de la misma materia. Cuando se trabaja en la frontera del conocimiento en un área determinada, el avance es lento y penoso. Son muchos más los días en que parece que estamos inmovilizados en un punto, que aquellos en que somos conscientes de haber dado un paso adelante significativo. Sin ilusión es difícil volver cada mañana con ánimos al laboratorio y sin tesón no se consigue resolver los problemas.

P.- ¿Le influyó alguien de forma especial?

R.- Un primer impacto, muy notable, ocurrió ya antes de entrar en la universidad. En COU (Curso de Orientación Universitaria) tuve una profesora de Biología extraordinaria, Catalina Bosch, que marcó un antes y un después en mi interés por la Biología Celular y Molecular. Después, ya durante la carrera, en medio de una masa de profesorado más o menos mediocre, destacaban de manera brillante diversos profesores de Química Orgánica (como Joan Bosch), Fisiología o Bioquímica (muy en particular Joan J. Guinovart). Durante aquellos años estas áreas atrajeron en mi facultad a las mentes más inquietas.

P.- ¿Podría resumirnos brevemente su trayectoria profesional?

R.- Es relativamente simple. Me licencié en Farmacia por la Universidad de Barcelona en 1980, y defendí al año siguiente una Tesina basada en mi trabajo en el Departamento de Química Orgánica, sobre la síntesis de 7,8-benzomorfanos. De ahí salté al Departamento de Bioquímica, donde inicié mi Tesis Doctoral que finalicé en 1986 ya en la Facultad de Veterinaria de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). En mi tesis, dirigida por Joan Guinovart, empecé a familiarizarme con un aspecto de la regulación de la función de las proteínas cuyo estudio no he abandonado nunca: los procesos de fosfo-desfosforilación reversible. A los pocos meses marché al Departamento de Bioquímica de la University of Massachussets Medical School, para trabajar con Gary L. Johnson. Aunque este investigador era un especialista en proteínas G y rodopsina, yo desarrollé una línea un tanto heterodoxa: la identificación y clonación de Ser/Thr proteína fosfatasas. Fue un período relativamente corto, ya que en el ínterin conseguí una plaza de Profesor Titular en la UAB, lo que aceleró mi vuelta, que ocurrió en enero de 1988. Sin embargo tuve tiempo suficiente para aprender las técnicas de Biología Molecular, que ya entonces estaba adquiriendo una importancia extraordinaria, y conseguir clonar las primeras proteínas fosfatasas humanas, que publicamos en 1988.
De vuelta a la UAB, Joan Guinovart estaba interesado en caracterizar el metabolismo del glucógeno en levaduras, el cual presentaba algunas características particulares. A partir de ahí empecé a familiarizarme con este modelo experimental, en el que no tenía experiencia previa y, casi sin darme cuenta, me encontré clonando nuevas proteína fosfatasas de S. cerevisiae e intentando descifrar su función biológica. Mi primer artículo como investigador independiente en este campo fue publicado en 1992 y desde entonces he seguido esta línea de trabajo. Fue también relevante en aquella época el conseguir un equipo de secuenciación automática (de los primeros en España), que fue el germen del Servicio de Genómica de la UAB. La experiencia adquirida nos permitió intervenir en el proyecto de secuenciación del genoma de levadura, culminado en 1996, cuando ya había obtenido una plaza de Catedrático en la UAB. En Junio de 2010 el grupo se trasladó al Institut de Biotecnología i Biomedicina, dentro del mismo campus, después de casi 20 años de vida en la Facultad de Veterinaria en los que hemos producido casi 100 artículos de investigación, muchos de ellos relacionados con la fosforilación de proteínas y su impacto en el control celular.

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance del siglo XX?

R.- En el ámbito de la Biología creo que no estaríamos donde estamos sin un par de avances relacionados: 1) los diversos descubrimientos que definieron el DNA como el material de transmisión de información genética, y 2) el desarrollo, a mediados de 1970, de técnicas eficaces de secuenciación de DNA, que nos dieron acceso a esta información. A mí me sigue maravillando la simplicidad e ingenio del método de secuenciación basado en el uso de dideoxinucleótidos descrito por Sanger y colaboradores, si no recuerdo mal en 1977, y que ha aguantado el tipo como método de elección hasta hace muy pocos años..

P.- ¿Cuál ha sido su mayor sorpresa en el área de investigación en que trabaja?

R.- Seguramente descubrir que una proteína que considerábamos un regulador negativo de una proteína fosfatasa ha resultado ser, además, un componente de una enzima que es necesario para sintetizar el Coenzima A. Publicamos el descubrimiento hace casi dos años y todavía no nos hemos repuesto de la sorpresa.