Acércate a...

Entrevista a Guillermo Velasco

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica?

R.- Lo cierto es que desde el colegio me gustaban mucho las ciencias naturales. Hubo desde luego algunos profesores que influyeron con su buen hacer docente y su dedicación en mi gusto por las ciencias naturales y la Biología. Particularmente recuerdo haber sentido entusiasmo a medida que iba conociendo con mayor detalle las bases de funcionamiento de un organismo a nivel celular y molecular. Esta querencia se fue acrecentando durante el bachillerato, de manera que cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria me decidí a solicitar como primera opción el ingreso en la Facultad de Biología (entonces aún no existía una titulación de Bioquímica, que era lo que verdaderamente me gustaba).

Por supuesto, en ese momento no era consciente de lo que significaba realmente ser un científico o de la clase de trabajo que con el tiempo acabaría desarrollando, pero creo que es ese entusiasmo sentido al comprender las bases de la estructura y del funcionamiento de la maquinaria de la vida el que me ha traído hasta aquí.

P.- ¿Podría resumirnos brevemente su trayectoria profesional?

R.- Mientas estudiaba el tercer curso de la licenciatura en Biología en la Universidad Complutense, Carmen Acebal y Mª Pilar Castrillón me ofrecieron la posibilidad de incorporarme como alumno colaborador en su laboratorio. Allí, en compañía de una de mis compañeras de clase (Teresa Zamarro) fue donde di mis primeros pasos en investigación echando una mano en un proyecto relacionado con la inmovilización de enzimas. Sin embargo, algo que siempre llamó mi atención fueron (y son) los mecanismos de señalización celular y su papel en el control del metabolismo y otros procesos fisiológicos, así que cuando me brindaron la oportunidad de entrar a trabajar con Manuel Guzmán para estudiar los mecanismos que participaban en el control de la oxidación de ácidos grasos no lo dudé. Bajo su dirección realicé la tesina de licenciatura y después la tesis doctoral, y, lo que es más importante, aprendí las bases de lo que es y debe ser esta profesión. Tras defender la tesis en Octubre de 1997, el propio Manuel Guzmán (Manolo) me animó a realizar una estancia postdoctoral en el laboratorio de Philip Cohen en la Universidad de Dundee, Escocia. Allí tuve la oportunidad de trabajar en un contexto de excelencia científica y – gracias a la ayuda de numerosos compañeros – entre los que me gustaría destacar por su inapreciable ayuda a Antonio Casamayor y Ana Cuenda – familiarizarme con las técnicas de Biología Molecular y con una serie de abordajes experimentales que luego me han sido de gran utilidad en mi carrera. Además, durante mi estancia en Dundee tuve la oportunidad de impregnarme de una filosofía científica que sin duda ha influido de manera importante en mi forma de concebir esta profesión. Tras un año en Escocia pude conseguir una plaza de profesor ayudante en el Departamento de Bioquímica y Biología Molecular I – lo que entonces a todos nos parecía una oportunidad que no se podía rechazar – así que regresé a Madrid para cumplir con las obligaciones docentes asociadas al puesto. Después regresé durante otros 6 meses a Dundee para tratar de concluir los proyectos que había empezado. Finalmente, en Enero de 2000 me reincorporé al Departamento donde he permanecido hasta el momento disfrutando sucesivamente de un contrato de profesor contratado doctor y – tras superar el concurso de habilitación en 2007 – de profesor Titular de Universidad. Durante este tiempo y gracias al apoyo, confianza y generosidad de Manolo y al esfuerzo de los investigadores predoctorales (Teresa Gómez del Pulgar, Arkaitz Carracedo, Sofía Torres, María Salazar, Fátima Rodríguez o Israel López Valero) y postdoctorales (Blanca Herrera, Mar Lorente, Iñigo Salanueva, Sonia Hernández, David Dávila) que he tenido la suerte de supervisar, así como de muchos colaboradores de dentro y de fuera del Departamento cuya lista es tan larga que no cabría en estas líneas, progresivamente fui pudiendo desarrollar mis propias ideas y proyectos y tomando cada vez más responsabilidad hasta poder desarrollar mi propia línea de investigación. 

P.- ¿La repetiría en su totalidad?

R.- No me arrepiento de los pasos que he dado en mi carrera profesional ya que me han permitido desarrollar un proyecto científico y alcanzar la estabilidad profesional. En todo caso siempre me quedará la espinita clavada de no haber prolongado mi estancia postdoctoral en Dundee al menos 1 o 2 años más. Creo que la experiencia de vivir y desarrollar una parte de la carrera científica en el extranjero es una de las más enriquecedoras a las que puede exponerse un investigador.

P.- ¿Cuáles son desde su punto de vista las características que definen a un buen investigador? ¿Qué consejo daría a los que ahora inician su carrera científica?

R.- Dar consejos siempre es arriesgado porque no todos pueden aplicarse o no son adecuados cuando se sacan de un determinado contexto. Digamos que tras estos años en investigación hay varias cosas que me parecen importantes y que de alguna manera me han marcado. Una de ellas es un consejo que una vez recibimos en un congreso de becarios de la EMBO y que siempre que puedo no dejo de repetir a mis alumnos: «¡Si quieres obtener buenas respuestas, hazte buenas preguntas!» Parece una obviedad, pero sólo si uno se plantea resolver cuestiones relevantes podrá obtener respuestas relevantes. Otra idea que me gustaría transmitir a los que empiezan en la carrera científica sería: colabora siempre que puedas y sé generoso con quien te ayuda en tu trabajo. Al final para alcanzar un objetivo científico complejo es necesaria la participación de muchas personas y reconocer su contribución es algo que sólo puede ayudar a que las cosas avancen mejor. Otra recomendación, aplicable incluso en estos tiempos de restricciones y de extrema competitividad, sería la de tener la paciencia suficiente como para dedicarle a una buena historia científica el tiempo necesario para que cuente con un apoyo experimental sólido. Por supuesto publicar es esencial, pero – aunque pueda sonar un poco idealista – no hay que olvidar que la idea de este oficio es descubrir cosas nuevas que contribuyan, aunque sea en pequeña medida, al avance del conocimiento en un determinado campo. 

P.- ¿Cuál es su opinión sobre cómo está articulada la carrera científica en España?

R.- Soy un gran defensor tanto de la Universidad como de la Investigación públicas pero es evidente que un sistema que permite que convivan personas con contratos poco estables, independientemente de su rendimiento y su dedicación, frente a otras con puestos de funcionario a prueba de bomba, produce situaciones injustas. Igualmente el hecho de que haya una fuerte endogamia dificulta mucho la movilidad de investigadores entre instituciones. El ejemplo de otros países donde las cosas funcionan de otra manera nos indica el camino a seguir: evaluaciones periódicas por parte de comités externos que permitan reasignar recursos o funciones con el fin de potenciar líneas de investigación, desarrollo de plazas de profesor universitario con labores prioritaria o exclusivamente investigadoras y accesibles a personas que hayan desarrollado su carrera científica fuera de la Universidad. Obligatoriedad de que transcurran un determinado número de años antes que un investigador pueda regresar a la Institución donde desarrolló su Tesis doctoral. En suma, el sistema debe estar orientado a reconocer el mérito y a estimular la excelencia investigadora en todos sus niveles y no sólo hasta que se alcance el estatus de Funcionario. 

P.- ¿Qué camino queda por recorrer en Ciencia e Innovación en nuestro país?

R.- La respuesta que los últimos gobiernos han dado a la presente situación de crisis económica lo resume todo: la ciencia es algo secundario en nuestro país. De otra manera no se pueden entender las drásticas reducciones presupuestarias en un área como es la Ciencia y la Innovación que debería ser la base del tan nombrado cambio de modelo productivo. Puede entenderse que en un periodo restrictivo no aumente el presupuesto dedicado a ciencia pero no que se contraiga. En todo caso no deja de ser un reflejo de la mentalidad imperante en este país donde – salvo honrosas excepciones – la innovación no se considera importante. El sistema debería orientarse, empezando por la fiscalidad a priorizar la innovación y no la especulación. La solución para aumentar la productividad no debería basarse en los recortes sino en la evaluación del sistema a todos los niveles para hacerlo más eficaz y orientado a la excelencia. El camino por recorrer es muy largo y – lo que es peor – las ideas de los responsables políticos de nuestro país no parecen ir en esa dirección.