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Entrevista a Cristina Muñoz-Pinedo

P.- ¿Podría describrinos brevemente en qué consiste su línea de investigación actual y cuál es su trascendencia? ¿Cómo ve el futuro de este área científica?

R.- Intentamos averiguar cómo se mueren las células cuando les faltan nutrientes. Queremos aplicarlo en dos contextos: para matar a las células tumorales quitándoles los nutrientes que necesitan, y para prevenir que se mueran las neuronas después de episodios isquémicos como el infarto cerebral.
El campo de la muerte celular, después de dos décadas de trabajo intenso, se mueve más lentamente porque ya se han encontrado la mayoría de los mediadores importantes. De todas formas, es fundamental seguir investigando en este campo para encontrar formas de prevenir la muerte celular en muchas enfermedades degenerativas, y para inducir apoptosis en células tumorales y las que provocan enfermedades autoinmunes, por ejemplo.

Por otro lado, nuestro trabajo está directamente relacionado con el metabolismo del cáncer, ya que intentamos averiguar cómo reaccionan las células tumorales a la inhibición del metabolismo energético. El metabolismo del cáncer es un área en plena explosión y queda muchísimo por hacer. Algunos libros de texto de bioquímica que pensábamos que eran intocables van a tener que ser revisados a la vista de los descubrimientos de estos últimos años.

En cuanto al infarto cerebral, a pesar de tanto trabajo, prácticamente no se puede hacer nada por los pacientes, con lo cual hay que aplicar imaginación y trabajar mucho más.

P.- ¿Cuál consideraría que ha sido el principal avance científico del siglo XX? ¿Cuál ha sido su mayor sorpresa en el área científica en la que trabaja?

R.- El principal avance científico en el campo de la biología ha sido el descubrimiento de que el ADN es el material que codifica la información heredable. Aunque continuamente encontramos excepciones, la hipótesis «un gen=una enzima» es la base sobre la que la mayoría de los biólogos moleculares trabajamos. En los años 40, los experimentos de Beadle y Tatum, más los de Avery, MacLeod y McCarty demostraron que los genes contenían la información para hacer enzimas, y que el material genético era el ADN.

La mayor sorpresa en el campo de la apoptosis fue precisamente descubrir que existía. Darnos cuenta de que las células no se morían «porque sí», sino porque estaban genéticamente programadas para autodestruirse. 

P.- ¿Cuándo surgió su vocación científica?

R.- Mi vocación científica siempre ha estado ahí. Desde pequeña siempre quería saber más, y me pasaba horas «enganchada» a la enciclopedia; primero a la Larousse y luego a la Britannica. Siempre quise ser investigadora o profesora. Elegir una carrera fue tremendamente difícil, porque me atraen demasiados temas. Pero una profesora en el curso anterior a la universidad nos explicó cómo funcionaba la regulación génica en bacterias en respuesta a nutrientes. Me llamó tanto la atención que se pareciera a un programa informático que elegí estudiar biología en lugar de informática, psicología u otras opciones más relacionadas con el arte. Tuve magníficos profesores en la Universidad de Sevilla y gracias al «plan antiguo» pude estudiar asignaturas muy diversas e interesantes, con lo cual continuar investigando en biología fue inevitable.

P.- ¿Cuál es su opinión sobre cómo está articulada la carrera científica en España? ¿Qué camino queda por recorrer en Ciencia e Innovación en nuestro país?

R.- La carrera científica no está bien articulada; nunca lo ha estado y a estas alturas dudo de que nunca lo esté. En España la ciencia sobrevive gracias a mucha vocación y dedicación. Nos queda mucho por recorrer hasta que esto sea una auténtica profesión. La profesionalización de los científicos pasa, en mi opinión, por la eliminación tanto de las becas como de los puestos de trabajo intocables (o que jamás se evalúan). Es intolerable que los despidos de científicos se estén haciendo en muchos centros por motivos económicos, no con criterios científicos. Y tiene que haber investigadores estables aparte de predoctorales y jefes de grupo. Por supuesto lo fundamental es invertir más. Pero hay cambios que no cuestan dinero y que facilitarían enormemente el trabajo y la salud mental de los investigadores en todas las etapas. Por ejemplo, que la financiación sea más estable: proyectos más largos, y un mínimo de dinero flexible asignado a los grupos por sus instituciones. Es imprescindible que los grupos tengan financiación estable para poder planear a largo plazo y abordar proyectos arriesgados. Los proyectos deben llevar asociados personal y fungible que coincidan en el tiempo; ocurre con demasiada frecuencia tener un año mucho personal sin dinero para ejecutar un proyecto y el siguiente lo contrario. Que las solicitudes de contratos de personal no se hagan proponiendo un candidato concreto con un grupo concreto, sino que se asigne el dinero a proyectos, no a «personas+grupos» que esperan atados de pies y manos durante muchos meses a que se resuelvan las convocatorias. La incertidumbre sobre el futuro pesa mucho sobre la cabeza de los investigadores y los técnicos: deberíamos acabar con la inseguridad sobre si cobraremos dentro de tres meses o no. Los criterios para la concesión de subvenciones deberían estar claros y las convocatorias fijas cada año y publicadas mucho antes de su fecha de cierre. Parece muy complicado en España, pero es la norma en todos los países en que la ciencia funciona. Falta que las empresas entiendan que invertir en investigación puede ser rentable, y que la sociedad también lo crea. Pero que la sociedad y los políticos también entiendan que el avance del conocimiento, ligado a la enseñanza, es importante para el desarrollo de una sociedad. Creo que los científicos llevamos muchos años pidiendo lo mismo.