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La hoja de ruta de los NIH perfilan el futuro en Biomedicina

Pocas instituciones en el mundo como los Institutos Nacionales de Salud (NIH) pueden vanagloriarse de marcar el camino a seguir en investigación biomédica. Sus programas activos, ejecutados a través de los 27 centros de los que se compone, no solo señalan las grandes tendencias en los laboratorios más avanzados, sino que se atreven con el futuro al indicar que va a tener sentido o no en investigación en salud y la política científica asociada

  • Xavier Pujol Gebelli

La hoja de ruta de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de Estados Unidos, el mayor organismo mundial dedicado a investigación biomédica, viene a ser algo así como la guía o la lista de objetivos que hay que acometer durante un periodo determinado de tiempo. Un tiempo que no suele limitarse a unos pocos años sino que, por el contrario, se prolonga hasta que se considera que el nivel de conocimiento adquirido y su traducción en benecios biomédicos en forma de nuevas terapias, fármacos o empresas vinculadas, han adquirido una madurez suciente.

 

La potencia del organismo, en el que se integran 27 institutos y centros del más alto nivel, podría resumirse en una sola frase. 149 de sus miembros han sido premiados a lo largo de la historia con el Premio Nobel, fundamentalmente de Medicina y Fisiología, pero también de Física, Química o Economía. La cifra da una idea clara de hasta que punto las líneas y programas de investigación influyen en el resto del mundo. Ello, por no hablar de los niveles de excelencia de sus centros, muchos de los cuales son referencia mundial en sus campos de trabajo, bien sea en investigación básica, translacional o clínica. La guinda del pastel es el rendimiento de su potente sistema de transferencia de tecnología.

 

La suma de todos sus componentes viene deniendo desde hace lustros un modelo de política cientíca al que otros muchos países, cada uno con sus matices, han tratado de emular con más o menos éxito. Pocos, sin embargo, pueden presumir de competir con el gigante estadounidense de la investigación biomédica. Tal vez Japón, Reino Unido y Alemania por la organización de sus sistemas de investigación o Europa en su conjunto a través de las organizaciones biomédicas supranacionales o la infraestructuras cientícas concebidas en el marco de la Unión Europea.

 

Poca competencia, sin duda, para quien marca el paso con sus políticas y su priorización temática. En este sentido, para países como España, dotado de un sistema apenas comparable, una opción política a considerar pudiera ser seguir la estela temática, una fórmula que permitiría al sistema español no quedarse rezagado con respecto a los campos en los que se adivina que habrá que meter más recursos humanos y económicos en un futuro próximo. Sin seguir la guía a pies juntillas, algo que por otra parte sería imposible, tener una idea de a qué van a dedicarse los NIH puede ser una herramienta de interés para los responsables de la política cientíca española.

 

CAMBIO DE CULTURA

El llamado NIH Roadmap for Medical Research, la guía de ruta de los NIH, fue presentado en público en septiembre de 2004. Su objetivo fundamental, que sigue vigente 12 años más tarde, es “transformar” la investigación biomédica y el modo en cómo se desarrolla. En pocas palabras, ponerlo todo patas arriba para rescatar lo esencial del sistema estadounidense de investigación, organización y nanciación y plantear retos estratégicos de futuro “en todas las áreas de la salud y la investigación de enfermedades”.

 

El planteamiento significaba, y sigue significando, una apuesta decidida por la investigación de riesgo, habilitar el desarrollo de herramientas y metodologías disruptivas, rellenar huecos de conocimiento esencial y lo que a priori parecía más difícil, cambiar la cultura académica para potenciar la colaboración. En el fondo de este último objetivo subyacía la idea de afrontar programas de investigación que difícilmente podían ser abordados por uno solo de los centros de los NIH. 

 

Dicho de otro modo, se imponía la voluntad de trabajar colaborativamente y multidisciplinarmente.

 

 

De acuerdo con Elias Zerhouni, director de los NIH en aquel momento, se trataba de “cambiar, adaptar e innovar” la forma de hacer ante “las múltiples oportunidades” que se estaban abriendo en investigación biomédica. El ejemplo más socorrido para ilustrar el pretendido golpe de timón es la epigenética. En muy pocos círculos cientícos se conocían las implicaciones de esta rama emergente una decena de años atrás. Transcurrido el tiempo, hoy nadie duda de que el desarrollo de conocimientos en epigenética puede contribuir de forma notable a una mejor comprensión de enfermedades graves y a la puesta en marcha de nuevas terapias. El impulso necesario para su eclosión fue a través del Programa de Epigenómica impulsado desde varios centros de los NIH de forma colaborativa.

 

En su momento, se definieron 28 iniciativas de este mismo estilo agrupadas en tres áreas principales que aún hoy algunos cualicarían más losócas que cientícas. La primera de ellas, toda una declaración de intenciones, repensar las vías que llevan al descubrimiento, algo así como sacudirse de ideas preconcebidas y protocolos que guían cualquier proyecto para atreverse con nuevos enfoques, algo imprescindible si se quiere ser disruptivo. 

 

La segunda, repensar los equipos de investigación del futuro, algo que, visto en perspectiva, numerosos centros de todo el mundo, especialmente aquellos que pueden cualicarse como de excelencia, ya vienen haciendo en esta última década. 

 

La tercera, y no por ello menos relevante, “reingenierizar” la investigación clínica. El objetivo de esta tercera pata no era otro que desarrollar nuevas formas de colaboración con las potentes asociaciones de pacientes de Estados Unidos, con los proveedores de su sistema de salud, fueran empresas de servicios, tecnológicas o farmacéuticas, y los investigadores propiamente dichos. En el reverso de la moneda se situaba el interés por la investigación traslacional, a la que se pretendía dar un fuerte impulso. La idea de redes colaborativas, el acceso al Big Data, y el desarrollo de plataformas informáticas avanzadas, ganaba peso.

 

En todas las áreas y programas que arrancaban ese septiembre de 2004 se integró desde el principio a personalidades científicas reconocidas internacionalmente, así como a representante de la industria biomédica, representantes políticos y miembros de lo que hoy llamamos sociedad civil. Al fin y al cabo, se estaban definiendo “las líneas estratégicas” de los NIH.

 

CONSTRUYENDO UNA ESTRATEGIA

Varios fueron los pasos que tuvieron que darse de forma simultánea para denir la estrategia futura de la investigación biomédica en Estados Unidos. De forma genérica, podría decirse que el primero de ellos tenía muy mucho que ver con la forma de abordar cualquier proyecto y la visión de la que tenían que dotarse los cientícos. Formar a los equipos en técnicas interdiciplinarias y colaborativas fue uno de esos pasos imprescindibles con el objetivo de abstraerse de resultados inmediatos y tener la vista puesta en el futuro.

 

Pese a las trabas, principalmente de orden burocrático, la colaboración intercentros en equipos multidisciplinarios es hoy moneda de uso común. Para facilitarlo se tomaron medidas que siguen hoy plenamente vigentes. Por ejemplo, considerar investigador principal (IP) a todos los efectos a cada uno de los líderes de los equipos participantes en un proyecto determinado, así como tener en cuenta su origen diverso en los programas de nanciación.

 

Solo desde esta perspectiva, se insistía, podrían abordarse problemas médicos de enorme complejidad como eventuales terapias contra el dolor o una mejor comprensión de la obesidad y sus mecanismos bioquímicos. Los resultados, en absoluto denitivos, de esta estrategia se están empezando a ver ahora, diez años después.

 

Lo mismo puede decirse de una iniciativa que ha resultado crucial con el paso del tiempo, la creación de grandes plataformas bioinformáticas para integrar información novedosa sobre los distintos campos estimulados. Las librerías públicas de datos volcados en Internet empezaba a ser una realidad que hoy ha cobrado sentido popular en lo que denominamos Big Data. La creación e interconexión de estas plataformas vino acompañada de capacitación específica para cientícos y tecnólogos dedicados a su manejo. Parte de la explosión literal de datos que hoy tenemos en investigación biomédica tiene sus raíces en aquella decisión.

 

¿Inspiración para España?

Las comparaciones son siempre odiosas y, en algunas ocasiones, poco afortunadas. Comparar el sistema español de Ciencia, Tecnología e Innovación con el de Estados Unidos es, además de temerario, algo así como pretender que una hormiga y un elefante compitan en algo. Simple y llanamente, no tiene sentido.

 

Pero sí lo tiene establecer líneas conceptuales o políticas científicas que tomen un punto de inspiración. Difícil es hacerlo, en este sentido, con respecto a dotación presupuestaria cuando en España sigue cayendo el gasto público dedicado a la ciencia; también cuando la organización sigue siendo renqueante y se muestra anquilosada; y menos aún cuando los estímulos a la innovación brillan por su ausencia. El exceso de burocracia y el diseño de una estrategia que no permite dar el salto de calidad necesario, son dos obstáculos más a añadir. Sin embargo, y salvando la enorme distancia, hay dos ejemplos que podrían considerarse inspiradores.

 

COMPARAR EL SISTEMA ESPAÑOL DE CIENCIA, TECNOLOGÍA E INNOVACIÓN CON EL DE ESTADOS UNIDOS ES, ADEMÁS DE TEMERARIO, ALGO QUE SIMPLE Y LLANAMENTE NO TIENE SENTIDO

 

Uno es la política de Centros de Excelencia. Con todos sus defectos, España ha logrado situar a algunos de sus centros entre la elite europea, lo cual no es poco. No es que cuenten con presupuestos disparatados y su inclusión como marca de Excelencia tiene más de simbólico que de efectivo, aunque como diría alguno de sus directores, se trata de hurgar hasta bajo las piedras para conseguir dinero para investigar. Lo que les diferencia, ante todo, es su organización y su filosofía estratégica que, en el ámbito biomédico, sigue líneas paralelas a las de los grandes centros estadounidenses. Sigue faltando dinero y masa crítica, pero la política a seguir está establecida.

 

Un segundo caso a considerar es el de las políticas científicas desarrolladas en Cataluña y País Vasco. Se ocupan de lo se pueden ocupar, pero pese a ello han logrado romper algunas barreras. Por ejemplo, con la línea seguida en el establecimiento de nuevos centros de investigación, la construcción de infraestructuras científicas y el reclutamiento de personal investigador, que ha permitido en ambos casos seleccionar y atraer talento.

 

No es que sea mucho, en especial el segundo caso, pero si representan una muestra de lo que se puede hacer con pocos recursos y algo de imaginación. Ni más ni menos que definir una estrategia, modesta, como no podía ser de otro modo, y defenderla con independencia de los vaivenes políticos, uno más de los grandes males en ciencia de este país.

 

DE AYER A HOY

Las áreas temáticas de partida de la hoja de ruta de los NIH fueron Biología Estructural, Bioinformática y Biología Computacional, Nanomedicina, Epigenómica, Genotipado y el lanzamiento del Proyecto Microbioma Humano. Cada uno de ellos se entendía que era transversal, de modo que sus partes podían ser abordadas y financiadas desde cualquier centro en colaboración con otros.

 

 

A estos grandes programas, con el tiempo y la obtención de resultados, se le fueron sumando lo que podríamos llamar líneas de trabajo mucho más concretas y definidas temáticamente en el conjunto de actuaciones de los NIH, de modo que hoy definen un portafolio que se impregna de la losofía descrita. En ella figuran la investigación básica, la traslacional preclínica, la investigación clínica y la traslacional post-clínica como una línea en la que no hay discontinuidades.

 

Los grandes capítulos de investigación son reconocibles de sobra. La investigación en cáncer sigue ocupando el primer puesto de la lista, entre otras razones, porque sigue siendo la segunda causa de muerte en Estados Unidos, tan solo por detrás de las enfermedades coronarias. La llamada medicina personalizada, posteriormente medicina de precisión, basada en la caracterización molecular individualizada, podría considerarse la mayor aportación conceptual en este campo. En esta fórmula se integran todas las ómicas desarrolladas estos últimos años, así como visiones globales surgidas de la Biología de Sistemas o mayor hincapié en el diagnóstico y el tratamiento fruto de la entrada en escena de la investigación traslacional.

 

Creciendo en importancia se sitúa la investigación en neurociencias. En particular, los conocidos como desórdenes neurológicos y las enfermedades mentales. Bajo estos capítulos se ha generado un fuerte impulso a la investigación de las enfermedades neurodegenerativas, con el Alzheimer y el Parkinson como estandarte, además del dolor crónico, la epilepsia y una larga lista que tienen el cerebro como denominador común. Un mayor esfuerzo en el estudio de la depresión y otras enfermedades mentales, completan el mapa.

 

Obviamente, las enfermedades cardiorrespiratorias siguen ocupando un lugar destacado, así como la obesidad, diabetes o las enfermedades infecciosas, en las que el virus del sida ocupa un papel relevante junto con las emergentes derivadas de los efectos del cambio climático.


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