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El ranking de universidades

Como todos los años, las reacciones en los medios de comunicación no se hicieron esperar tras la publicación del ranking de Shanghai 2016 con la clasificación mundial de universidades

  • Miguel Ángel de la Rosa

  • Editor de SEBBM

Como todos los años, las reacciones en los medios de comunicación no se hicieron esperar tras la publicación del ranking de Shanghai 2016 con la clasificación mundial de universidades, en el que España ocupa el puesto vigésimo tercero y su primera universidad aparece en el grupo entre las 150 y 200 mejor evaluadas. El titular de uno de los periódicos nacionales de mayor tirada resume el sentir generalizado: “España pierde posiciones en el índice Shanghai de universidades”. Y como cada año, el propósito de mejora resume la tónica común de los gestores de las instituciones españolas al comprobar la colocación de sus universidades respectivas. El panorama no es mejor en los estudios de otras fuentes, quizá menos conocidos pero tan reputados o más que el de los analistas chinos. 

 

El hecho cierto es que la clasificación universitaria no se corresponde con el peso general de España como país en el concierto económico internacional, en el que se consolida en la posición duodécima a pesar de haber caído dos puestos en los últimos años. Al igual que tampoco se corresponde con la presencia española en el terreno deportivo, como acredita la posición decimocuarta conseguida por nuestros atletas en el medallero olímpico de Río. Partiendo de la base de que las capacidades físicas e intelectuales innatas de los individuos son ajenas al lugar de nacimiento, es obvio que las razones para tales diferencias deben encontrarse en el ambiente que propicia el desarrollo desigual de tales capacidades. Y es obvio asimismo que el ambiente universitario, económico o deportivo no es igual en todos los países, sociedades y culturas.

 

La universidad de Harvard, en el primer puesto del ranking de Shanghai, debe su nombre a John Harvard de Charleston, quien fuera su principal benefactor. Por sus aulas han pasado personalidades como Roosevelt, Kennedy, Obama, Bill Gates, etcétera. La universidad de Stanford, en segundo lugar, se caracteriza por la dureza de sus pruebas de selección y el papel dinamizador clave que jugó en la creación y auge del Silicon Valley. En tercera posición se sitúa la Universidad de California-Berkeley, en cuyos laboratorios se han descubierto dieciséis elementos químicos, la bomba atómica, el traje de neopreno, etcétera. Y así continúa una larga serie de universidades anglosajonas, doce más estadounidenses y tres británicas, que de manera abrumadora y en exclusiva copan las dieciocho primeras posiciones del ranking.

 

Se podría argumentar el poderío económico de USA y Reino Unido para explicar sus liderazgos. De hecho, la universidad de Harvard, con un presupuesto de miles de millones de dólares, a años luz de las cifras que barajan las universidades españolas, es la más rica del mundo. Pero también destaca en el ranking la posición privilegiada de instituciones de países con economías mucho más reducidas que la española, como Suiza o Dinamarca, cuyo nivel de vida, sin embargo, se sitúa muy por encima de la media. Si ello obedece a una estrecha relación entre generación de conocimiento (resultante de la investigación científica realizada en institutos y centros de educación superior) y economía de vanguardia (resultante del aprovechamiento inteligente del nuevo conocimiento), es evidente que el modelo de desarrollo económico español está lejos de pivotar sobre los mismos pilares que aquellos de los más avanzados. 

 

En este contexto de competencia extrema, es de agradecer el esfuerzo de los gobernantes universitarios españoles por mejorar en los rankings, conscientes de su responsabilidad al frente de las instituciones que deben generar el conocimiento necesario para impulsar el cambio de modelo económico del país. Pero como decía Napoleón: “para ganar una guerra solo hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero”. Y aquí entran en juego los ciudadanos: todo esfuerzo será baldío si en la tarea no se consigue el apoyo unánime y decidido de la sociedad española, como así hacen desde hace siglos las sociedades anglosajona, suiza o danesa, entre otras. Lo que hace diferentes a los países de cabeza en el ranking de Shanghai es precisamente la fuerte implicación de la sociedad en su conjunto en el funcionamiento y gestión de sus instituciones de enseñanza superior, aportando apoyo financiero suficiente y colaborando en el diseño de sus políticas y estrategias de futuro. 


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